Dos activistas trans luchan en la Justicia por el derecho a sus nombres

Mariana Sepúlveda e Yren Rotela son activistas por los derechos humanos y referentes de Panambí, una asociación que defiende y promueve los derechos de personas trans. En Paraguay no existe una ley de identidad de género pero ellas lograron que una jueza les concediera cambiar el nombre. Pero la Fiscalía paraguaya apeló en ambos casos y ahora esperan una resolución. Aquí cuentan sus vidas, dos historias de lucha.

7 de junio de 2018

Por María Sanz, desde Asunción Fotos: Jess Insfrán Pérez y Mariluz Martín En diciembre de 2016, Mariana Sepúlveda e Yren Rotela presentaron ante un juzgado de Asunción el pedido de cambio de nombre en sus documentos. Lo hicieron apelando al Código Civil paraguayo, que en su artículo 42 especifica que son los jueces quienes deben autorizar los cambios o adiciones en el nombre o el apellido. En la práctica, el cambio de nombre es un trámite judicial rápido y relativamente sencillo. Pero Mariana e Yren eran las primeras personas trans que realizaban este pedido en Paraguay, y tuvieron que enfrentar demoras, exámenes psicológicos y trabas judiciales. En marzo de 2017, meses después de haber presentado el pedido, la jueza Julia Rosa Alonso falló a favor de cambiar el nombre civil de los documentos de Yren Rotela, para adecuarlos a ese nombre, con el que ella se identifica desde hace años. Se convirtió en la primera persona trans que accedía a este derecho en Paraguay. En abril de 2018, otra jueza, Karen Leticia González Orrego, resolvió que correspondía también el cambio de nombre que había solicitado Mariana Sepúlveda. Pero la Fiscalía paraguaya presentó apelación en ambos casos, y aún no han sido resueltas. Para Mariana e Yren, no se trata de un trámite administrativo más: usar su nombre significa acceder a su derecho a la identidad que, según recuerdan, está protegido por el artículo 25 de la Constitución paraguaya. Ambas activistas contaron a Presentes que lidiar a diario con un nombre que no las representa merma su autoestima y limita el ejercicio de otros derechos, como la salud o la educación.

Mariana Sepúlveda: dieciocho años siendo Mariana

Mariana Sepúlveda tiene 33 años, trabaja en Panambí y vive con sus padres en un barrio cercano al jardín Botánico de Asunción. A los 15, cuando asumió su identidad como mujer trans, tomó el nombre de Mariana, con el que se identifica desde entonces. “En esa época pasaban una novela por la tele, Mariana de la noche, y me empezaron a llamar así. Fue porque yo había empezado a salir por la noche para ejercer el trabajo sexual. Y quedé con ese nombre”, cuenta a Presentes. Al principio, solo la llamaban así sus amigas. En casa era “Manu”, diminutivo de Emanuel, su nombre civil. Casi dos años le llevó preparar a sus padres para que aceptasen su identidad de género. “Un día, estábamos en la casa, y mi mamá se dio vuelta y me dijo: ‘Mariana, vení’. Y no sé ni cuáles fueron mis sentimientos en ese momento: lagrimear, llorar… Me sentí tan feliz de que mi familia me dijera Mariana… Eso es sentirse aceptada”, recuerda. Con el tiempo, no solo su madre, sino también sus hermanos y su padre aceptaron su nombre y el hecho de que fuera una mujer trans. Pero, nada más asumir su identidad, Mariana fue expulsada del colegio público donde estudiaba el primer año de la enseñanza media, por la rama de Contabilidad. Y ella comenzó a salir a la calle para ejercer el trabajo sexual, debido a las dificultades económicas que atravesaba su familia. Siendo una adolescente trans, le fue imposible encontrar otro empleo.

Metamorfosis

Mariana comenzó a involucrarse en el activismo trans a través de la asociación Panambí. El nombre de esta asociación significa, en lengua guaraní, “mariposa”. Y, como las mariposas, Mariana cuenta que, en esta organización, pasó por una metamorfosis. Animada por sus compañeras de la asociación, que impulsaba cursos de capacitación y de alfabetización para personas trans, Mariana terminó la enseñanza media en un centro de formación para adultos. Aunque, también ahí, su nombre y su identidad no siempre fueron comprendidos. “Cuando entraba el profesor para pasar lista, yo tenía que correr a explicarle que me llamaba Mariana, o a pedirle que por favor me llamara por mi apellido. Con las profesoras, estaba todo bien. Pero en algunos casos, con los profesores varones, por más que les decía, me llamaban por mi nombre civil. Y mis compañeros, sobre todo los hombres, se reían ahí en el fondo”, explica. Pese a los obstáculos, Mariana completó la formación, y llegó el momento de la entrega del certificado. “Hablé con la directora para pedirle si, al momento de subir a retirar el diploma, no me podía llamar por mi nombre social. Y me dijo que no, que eso estaba prohibido por el Ministerio de Educación. Le pedí entonces que, al menos, me llamara por el apellido, y se negó. Entonces yo le dije que vendría a retirar mi diploma después de la celebración, porque no iba a prestarme a ese tipo de discriminación. Al final, me dijo que viniera, pero me puso condiciones: que no se me ocurriera irme con un vestido o una pollera de fiesta, ni con zapato alto”, relata la activista. Con el certificado en la mano, Mariana decidió seguir estudiando, y se matriculó para cursar la carrera de Comunicación para el Desarrollo en la Universidad Nacional de Pilar. Mariana dice que ahí el ambiente es mucho más abierto, y que, por primera vez en toda su vida académica, su identidad de género es aceptada por sus compañeros y profesores.

Yren Rotela: un nombre para un giro de 180 grados

El nombre de Yren Rotela, de 37 años y referenta de Panambí, aparece en varios documentos oficiales, tanto en Paraguay como a nivel internacional. Está escrito en el encabezado de las invitaciones que, como activista, le han cursado el Ministerio de Salud Pública o el Ministerio de la Mujer de Paraguay, para participar en talleres, presentaciones, reuniones o debates. Es el nombre que figuraba en la mesa cuando, en 2015, Yren presentó ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos los datos de una investigación sobre crímenes de odio contra las personas trans. Y es el nombre que utilizó la organización Amnistía Internacional para concederle, también en 2015, el premio Peter Benenson por su labor como defensora de derechos humanos. En su cédula de identidad, en su pasaporte, y hasta en su inscripción como candidata a suplente para el Senado en las pasadas elecciones generales en Paraguay, el nombre que figura es otro. “No es que me moleste el nombre que me dio mi familia, pero ya cumplió un período. No me ata. Y mis padres ya no me llaman así. Al mismo tiempo, no quería separarme del todo de ese nombre que ellos eligieron para mí. Entonces, le di la vuelta, y quedó Yren. Y eso cambió todo”, cuenta a Presentes.
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Antes de reconocerse como Yren, hace más de una década, la activista tuvo otros nombres. En su barrio fue Giselle, un nombre que ella asocia a las burlas por su identidad de género, y con el que nunca se identificó. “Cuando tenía catorce o quince años, en la televisión pasaban la novela “María la del barrio”, y había un personaje que era Soraya, una mujer que por dentro sufría, pero que por fuera parecía fuerte. Me puse ese nombre porque era como ponerse un traje para demostrar que era fuerte, ante tanta violencia como sufría”, recuerda.

Una nueva etapa

Pero el nombre de Yren simbolizó una nueva etapa en su vida, marcada por su activismo en defensa de los derechos de las personas trans. “Yo estaba en la puerta del cementerio, y es como que volví a nacer. Empezó mi trabajo con el tema policial, para defender mi territorio económico, donde yo podía subsistir como trabajadora sexual. Empecé mi militancia, y mi contacto con el feminismo. Conocí la lucha de Lohana Berkins, de Diana Sacayán, de Marcela Romero. Hasta entonces, mis referentes habían sido las misses, o las trans del mundo del espectáculo, como Florencia de la V. Hice mi terapia personal, sola. Y un día me miré al espejo y me tomé el tiempo de ver quién yo era, de aceptar mi cuerpo tal y como era.”.
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Yren defiende que su nombre es neutro, no binario, e insiste en que percibir un nombre como masculino o femenino es una cuestión social, cultural, arbitraria y subjetiva. Explica que la Fiscalía apeló la resolución para su cambio de nombre con el argumento de que tiende a “inducir error sobre su sexo”, algo que prohíbe el artículo 56 del Código del Registro Civil. Sin embargo, esta norma es válida solo para la inscripción de personas recién nacidas, no para las adultas. Además, la activista sostiene que no existe en el país ningún registro de otra persona que se llame Yren, y tampoco hay ningún listado oficial acerca de qué nombres son para mujeres, y cuáles son para hombres.

Burocracia y psicología

Con el patrocinio de Inecip (Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales), cinco activistas de Panambí iniciaron el trámite de cambio de nombre, pero hasta ahora solo Mariana e Yren lograron completar toda la documentación para continuar el proceso. “Te pedían muchísimos documentos: certificados, antecedentes penales, documentos y hasta fotos de tu cumpleaños de quince para demostrar que ya entonces usabas tu nombre, que ya asumías tu identidad.”, explica Mariana. Ella pudo probar que lleva más de dieciocho años usando el mismo nombre y apellido, pero dice que no es algo común entre las personas trans en Paraguay. Pero no bastaba con los documentos. Antes de emitir una resolución, la jueza quiso que Mariana se sometiera a un examen psicológico forense en la Fiscalía. El examen consistía en entrevistas, test con dibujos y cuestionarios de más de 500 preguntas, a los que la activista se estuvo sometiendo una vez por semana durante más de un mes.
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“Querían descartar que tuviera “disforia de género”, entre otras cosas. Me preguntaban si había tenido relaciones sexuales con mujeres, si las había tenido con hombres, si creía en el catolicismo, si ingería drogas, si fumaba, si tomaba alcohol, si amaba a mi papá, si quería a mi mamá, cómo era mi vida afectiva, cómo había sido mi niñez… Era como desnudar mi vida entera. Las preguntas se repetían, porque querían comprobar si mentía, o si había contradicciones”, cuenta Mariana. Finalmente, el examen del psicólogo forense de la Fiscalía fue favorable al cambio de nombre, y la jueza lo usó como un elemento más para resolver que correspondía hacer figurar el nombre de Mariana en sus documentos. Pero, tras el fallo, la misma Fiscalía presentó una apelación, que los jueces Eusebio Melgarejo Coronel, Raúl Alfredo Gómez Frutos y Giuseppe Fossati López, de la sala cuarta del Tribunal de Apelaciones en lo Civil y Comercial de Asunción, tendrán que resolver. Si le deniegan el cambio de nombre, Mariana está dispuesta a agotar todas las instancias nacionales y recurrir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El proceso pude durar años, un tiempo en el que ella siente que se le va cercenando su acceso a derechos. Situaciones cotidianas y resoluciones que no se cumplen El día de la entrevista con Presentes, Mariana llegó apurada a la oficina de Panambí. Venía de la consulta del odontólogo. “Me pasó lo que tanto me temía”, contó al llegar. “Me llamaron por mi nombre civil. Antes de pasar a consulta, hablé con el responsable de las fichas, y le dije que por favor, cuando tuviera que pasar, me llamaran por mi nombre social, que es Mariana. Pero cuando me tocó el turno, salió el hombre y dijo: Emanuel. Se quedó mirando a todos lados para ver si aparecía ese Emanuel. Yo me hice la ñembotavy (“ la desentendida”, en guaraní), estaba con mi teléfono, me acerqué despacito para que nadie se diera cuenta. Vos estás ahí, con una apariencia femenina, y te llaman por tu nombre civil. Te dan ganas de salir corriendo”, relata Mariana.
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Explica que, en Paraguay, rige desde el año 2016 la resolución 695 del Ministerio de Salud, que indica que en los servicios de salud públicos “podrá utilizarse el nombre de uso social de las personas trans, con el cual las mismas se identifican”. Mariana se encargó de recordar esta resolución al personal que la atendió en el centro de salud desde la primera vez que acudió a la consulta, pero una vez más encuentra que no se cumple. “No se ha hecho conocer la resolución en todos los entes del Ministerio de Salud, y ésa es una falencia grande del Estado. Te deja impotente. Los únicos servicios de salud donde se respeta nuestra identidad de género son los que trabajan el tema del VIH, donde te hacen el test y ya está… Pero si vas por otras dolencias, te van a llamar por un nombre con el que no te identificas”, dice.

Expuestas y violentadas

Por su lado, Yren cuenta que el hecho de que su nombre social no se reconozca a nivel legal la expone a otras violaciones de su derecho a la propia imagen, o a la intimidad. “Cuando vas a hacer cualquier trámite, ves cómo tu cédula pasa de mano en mano, y los funcionarios se ríen, hacen comentarios. A muchas compañeras trans, sobre todo adolescentes, las obligan a sacarse el maquillaje y estirarse el cabello hacia atrás para hacerse la foto de la cédula de identidad. Y una foto de mi propia cédula se filtró y circuló a través de las redes sociales, con mi nombre civil, mi foto y la parte donde señala ‘sexo masculino’, y fui objeto de burlas. En los medios de comunicación, también he sido portada varias veces, con mi nombre civil, y no me decían “ella”, sino “él”. Los periodistas no tienen idea del daño que eso puede causarme a mí. O a mi padre, que tiene que escuchar los comentarios de sus compañeros de trabajo cuando compran el diario”, revela Yren. Al igual que Mariana, la confusión que crean sus documentos ha provocado detenciones e interrogatorios en aeropuertos de Estados Unidos o Panamá, adonde ha acudido como referente de Panambí o de la Red de Personas Trans de Latinoamérica y el Caribe (Redlactrans). Y, al igual que Mariana, tiene un carnet de facilitadora judicial, expedido por el Poder Judicial de Paraguay, en el que figura con su nombre social, como Yren Rotela. Considera una contradicción que la misma institución que la reconoce como Yren sea la que busque ahora denegarle el cambio de nombre. “Desconfío de la justicia paraguaya, que ha sido corrupta y agresiva con nosotras. Ahí están las muertes impunes de mis compañeras (se registran 59 asesinatos trans no esclarecidos desde 1989). Ya presentamos varios urgimientos para que la Cámara de Apelaciones responda, y el plazo se está acabando. El cambio de nombre es por una causa justa, que quedó demostrada con testigos y documentos. Si lo conseguimos, será una batalla ganada, que marcará jurisprudencia, para que otras compañeras puedan dar el paso más rápido”, declara Yren.]]>

7 de junio de 2018

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