#ProtocoloLGBT: "Antes presa que heterosexual otra vez"

¿Cuál es el impacto de un protocolo que identifica a la comunidad LGBTIQ nuevamente como un sujeto peligroso, criminal? Este tipo de herramientas sin dudas forman parte de la batalla cultural. OPINA: LULI SÁNCHEZ

30 de octubre de 2017

Por Luli Sánchez* ¿Cuál es el impacto de un protocolo que identifica a la comunidad LGBTIQ nuevamente como un sujeto peligroso, criminal? Este tipo de herramientas sin dudas forman parte de la batalla cultural. En este caso, se trata de un dispositivo que apunta directamente a contrarrestar los efectos simbólicos, culturales, materiales, el imaginario social construido a partir de la sanción de las leyes de matrimonio igualitario, identidad de género, y la reforma del Código Civil y Comercial de la nación.

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Y por qué no, si Mauricio Macri estuvo en contra de tales reconocimientos. Recuerdo el afiche absurdo en color taxi empapelando las cuadras del Congreso, de dos espermatozoides chocando sus “cabezas”, expresando en nombre del PRO que el amor entre dos hombres “no es natural”.

Avalar la represión de la disidencia sexual

Este protocolo, que por más que repite fórmulas conocidas, está dirigido a avalar la represión de la disidencia sexual, a asimilarla de manera normativa al delito, reinstala además con fuerza hacia el interior de la comunidad LGBT el “algo habrán hecho”. No faltarán los referentes que aseveren que “si no cometés delitos, no hay nada que temer”. Pero ¿cuándo no estamos nosotres cometiendo un delito? Si alcanza con mirar la composición carcelaria y la estadística policial, junto con las noticias de los últimos meses, para que quede claro que para esta gestión el pueblo LGBTIQ somos el delito mismo.
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Son criminales todas nuestras formas de supervivencia. Son criminales nuestras formas de esparcimiento y sociabilidad. Son criminales nuestros besos, y son criminales nuestras resistencias. Señora, ¿dónde está su hijo gay ahora?

Lo público y lo privado

No ser heterosexual en privado no es lo mismo que no serlo en público. En ese sentido, la línea de represión que el protocolo más fuertemente habilita, es la represión de la visibilidad disidente sexual y sus expresiones. Esto queda expuesto cuando analizamos quiénes han sido reprimides en estos dos años, en qué circunstancias, y por qué. Es posible identificar tres escenas donde la represión policial ocurre con mayor frecuencia: supervivencia (criminalización de la prostitución y el consumo y el menudeo de estupefacientes), protesta (represión el 8M, los encuentros nacionales de mujeres, que preocupan de cara a las marchas LGBTIQ durante noviembre), sociabilidad (cierre de espacios LGBT, represión a expresiones públicas de afecto). Todas estas escenas ocurren en el espacio público.

Estado victimizado

Otro denominador común es que en los delitos imputados se trata de delitos cuya víctima es el Estado, y el bien jurídico afectado, es una entelequia: la “salud pública”, la “autoridad”, la “moral pública”. No se afectan con estos delitos los derechos humanos de personas en concreto, principio básico del derecho penal democrático.
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En cuanto a quienes han sido reprimides: travestis y mujeres trans, mayormente peruanas y ecuatorianas, lesbianas, en particular chongas y trans, varones trans, y personas no conformes con el binarismo de género. Sorprende la minuciosidad del protocolo respecto de este grupo, como particularmente sospechoso *Abogada y activista lesbiana feminista. Integrante de Colectivo Para la Diversidad (COPADI) ]]>

30 de octubre de 2017

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