El Brasil diverso que quiere construir Erika Hilton, diputada trans
Las elecciones de octubre en Brasil renuevan también el Congreso en un país donde los liderazgos de personas negras, trans y feministas como Erika Hilton siguen abriendo espacio frente a una derecha parlamentaria organizada.

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Erika Hilton lleva una prenda blanca, el pelo suelto en tonos caramelo y miel, y una mirada que sostiene la escena. Habla en una comisión especial del Congreso brasileño creada para debatir el fin de la escala laboral 6×1. En esa sesión defiende la propuesta de ley para terminar con una rutina extendida entre trabajadores y trabajadoras de sectores como comercio, supermercados, shoppings, restaurantes, bares, limpieza y transporte: seis días de trabajo por uno de descanso. Levanta la voz y atrae la atención de la sala: “Las personas no pueden vivir para trabajar, necesitan trabajar para poder vivir”. El proyecto fue aprobado por la Cámara de Diputados y espera su definición en el Senado.
Esta intervención de Hilton fue una de las más comprometidas en su trayectoria como diputada federal, sostenida en el activismo por los derechos humanos y por la comunidad LGBTIQ+. Mujer negra y trans, legisladora del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) desde 2023, busca su reelección en las próximas elecciones el día 4 de octubre. Y si ninguno de los candidatos presidenciales obtiene la mayoría absoluta -más de la mitad de los votos válidos- se iría a segundo turno el día 25 de octubre.
En la citada comisión parlamentaria, Hilton expone algo más que una disputa por derechos laborales: muestra el actual clima tenso de un Brasil que camina hacia las elecciones, con Lula buscando elegirse nuevamente y una derecha que se alista detrás de la figura de Flávio Bolsonaro por el Partido Liberal (PL), hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado y en prisión domiciliaria por intento de golpe de Estado en enero de 2023. Las encuestas, por ahora, favorecen a Lula, líder del Partido de los Trabajadores (PT), aunque por un margen ajustado que pisa su sombra.
Hilton empuja una agenda interseccional que cruza género, raza, clase, trabajo e identidad
Bajo las cúpulas modernistas del Congreso Nacional en el corazón de Brasilia, en la región Centro-Oeste del Brasil, Hilton empuja una agenda interseccional que cruza género, raza, clase, trabajo e identidad, y lo hace en un Parlamento donde la derecha ultraconservadora mantiene una fuerte presencia. Actualmente, sobre un total de 513 bancas en la Cámara y 81 en el Senado, hay dos diputadas trans, Erika Hilton y Duda Salabert, un total de nueve diputadas federales negras y una única senadora negra —en Brasil la categoría población negra reúne a quienes se autodeclaran pretas o pardas—. Su presencia es una forma de desafiar las jerarquías sobre las que se organiza buena parte de la política y la sociedad brasileña.


Un Parlamento que no se parece al país
El regreso de Lula al Planalto, la sede presidencial brasileña, a inicios de 2023 reabrió una agenda federal de políticas para las mujeres y de reconstrucción democrática posBolsonaro, pero ese impulso no se refleja de forma automática en el Congreso. Lo cierto es que la representación parlamentaria se organiza entre partidos fragmentados, alianzas, territorios, financiamiento electoral y fuerzas sociales que no siempre se mueven en la misma dirección que las propuestas del poder Ejecutivo. Y en ese sentido, la clase legislativa del Congreso sigue distante de un país donde las mujeres suman el 51,5 por ciento de la población total y las personas autodeclaradas como negras representan el 55,5 por ciento.
La representación de las mujeres en Brasil avanzó, como en buena parte de la región, más lentamente que las propias reglas electorales destinadas a promoverla. Desde 2018, los partidos deben destinar al menos el 30 por ciento de los recursos electorales y del tiempo de propaganda gratuita a las candidaturas femeninas, pero el acceso efectivo al poder sigue siendo limitado. Hasta las elecciones de 2022, las mujeres ocupaban menos del 20 por ciento de la Cámara de Diputados y, entre los principales partidos, la proporción de mujeres electas era relativamente semejante entre izquierda y derecha; según explica a Pikara Magazine Débora Thomé, doctora en Ciencias Políticas, ese patrón se rompió en 2022: “El PT tiene más mujeres proporcionalmente elegidas que el PL”.
Sin embargo, esa diferencia no altera la composición general del Congreso. La derecha cuenta con más diputados en términos absolutos y esa mayoría también se refleja entre las parlamentarias. “Cuando observamos el conjunto del Congreso, hay más mujeres de derecha”, advierte Thomé. En la Cámara de Diputados, el PT cuenta actualmente con 64 bancas; la federación integrada por el PT, el Partido Comunista do Brasil y el Partido Verde suma 81, frente a las 98 bancas del PL. A su vez, el gran bloque parlamentario que reúne a partidos de centro y centro-derecha concentra 273 de los 513 escaños.
«Las mujeres brasileñas están preocupadas en cómo defender sus cuerpos (…) en cómo llevar comida a sus casas, como va a denunciar a agresores sin que ellos vuelvan”
Pero la disputa no se mide solo por cuántas mujeres llegan a los escaños del Parlamento brasileño, sino por quiénes logran atravesar esa puerta y quiénes siguen quedando afuera de los espacios donde se decide el poder. Por eso, la presencia de una legisladora como Erika Hilton dialoga con una historia reciente aún escasa en términos de representatividad e interseccionalidad. En 1986, Benedita da Silva, del PT de Río de Janeiro, fue electa como la primera mujer negra diputada federal de Brasil y participó de la Asamblea Nacional Constituyente de 1987-1988. Su trayectoria abrió una grieta en un Congreso que tardó décadas en incorporar mujeres negras a la representación nacional. Años después, como relatora en la Cámara de la llamada PEC das Domésticas, Benedita da Silva volvió a marcar una disputa histórica: la equiparación de derechos laborales para trabajadoras domésticas, en un país donde ese trabajo sigue atravesado por la herencia de la esclavitud. Hoy, a los 84 años, es candidata al Senado por el estado de Río de Janeiro.
En marzo de 2026, Erika Hilton asumió la presidencia de la Comisión de las Mujeres de la Cámara de Diputados con un discurso en que resaltó la importancia de haber superado las barreras del odio y la discriminación para llegar a ese cargo: “Estamos comprometidas con las mujeres brasileñas. Para enfrentar la violencia patriarcal y misógina, porque las mujeres brasileñas están preocupadas en cómo defender sus cuerpos (…) en cómo llevar comida a sus casas, como va a denunciar a agresores sin que ellos vuelvan”. El nombramiento la colocó al frente de un espacio clave para el diseño de políticas de igualdad, luego de muchas resistencias internas de sectores conservadores que pusieron en escena el racismo y la transfobia.
Y desde que fue electa en 2023, Hilton registra más de un centenar de propuestas legislativas de su autoría. La cifra permite leer la intensidad de una agenda que va del trabajo digno a los derechos LGBTIQA+, de la violencia política a la población en situación de calle. Entre esas iniciativas, al menos 21 son proyectos de ley y 26 están vinculadas a los derechos de las mujeres.
En 2018, cuando hacía campaña por la Bancada Ativista, recibió amenazas de muerte. El País Brasil reconstruyó la pintada en un muro de la frase “Travesti eleita morta”, y también fue amenazada por correo electrónico con mensajes violentos. En ese contexto, su liderazgo desplaza el debate de género hacia una dimensión de respeto hacia la democracia y contra los discursos de odio. “Las mujeres están siempre limitadas, sea por el mismo partido, sea por la falta de presupuesto, sea por los temas, sea por los cargos que ellas ocupan”, concluye Thomé.
La violencia que rodea la representatividad
La reacción contra Erika Hilton no ocurre en el vacío. Brasil sigue siendo el país con mayor número de asesinatos de personas trans registrados en el mundo: según el Dossiê de ANTRA, en 2025 fueron asesinadas 80 personas trans en el país, la mayoría travestis y mujeres. Ese contexto ayuda a entender desde dónde habla Hilton cuando denuncia que Brasil todavía alimenta el odio hacia las personas trans.
“El Congreso Nacional todavía no soporta la llegada de quienes siempre estuvieron afuera y que ahora entran por la puerta principal»
Su presencia al frente de una comisión parlamentaria dedicada a los derechos de las mujeres no solo desafía una composición política históricamente masculina y conservadora. También enfrenta una violencia que intenta restringir quién puede ocupar, representar y decidir en nombre de la democracia brasileña.
Esa disputa apareció con claridad cuando Hilton fue elegida como la mejor diputada de la Cámara por votación del público en el Prêmio Congresso em Foco, en agosto de 2026. En su discurso, dijo que ese reconocimiento funcionaba como combustible para las “batallas duras y solitarias” que enfrenta en el Congreso. “El Congreso Nacional todavía no soporta la diversidad, la llegada de quienes siempre estuvieron afuera y que ahora entran por la puerta principal, nosotras: mujeres negras, personas LGBT; nosotras, travestis y transexuales, tenemos un proyecto para este país”, afirmó en septiembre de 2024.
La pregunta es por qué toda esa experiencia política encuentra tantas barreras para convertirse en representación institucional. Para Carolina Althier, del Instituto Update, las lideresas, mujeres negras ya existen y tienen trayectoria y experiencia en diferentes ámbitos de gestión, venidas muchas de ellas de la sociedad civil organizada y de movimientos sociales y antirracismo. “Ampliar la presencia de mujeres negras es reconocer que hay un enorme acúmulo de conocimiento político producido en los territorios y en los movimientos sociales que está subrepresentado en las instituciones democráticas”, afirma.
De cara a las elecciones del 4 de octubre, la continuidad política de figuras como Hilton está en el centro de la disputa democrática
En los años de avance de la derecha bolsonarista, las fuerzas antigénero, racistas y transfóbicas crecieron y siguen operando dentro y fuera del Congreso. Para Hilton, actuar políticamente en ese ambiente exige una forma cotidiana de resistencia que ella expresa todo el tiempo: “A veces tenemos que ignorar y tener sangre fría”, dijo recientemente en una audiencia pública.
De cara a las elecciones del 4 de octubre de 2026, la continuidad política de figuras como Hilton está en el centro de la disputa democrática. Se renovará toda la Cámara de Diputados y dos tercios del Senado, además de definir la presidencia. Por eso, la disputa legislativa será tan decisiva como la presidencial. La organización Mulheres Negras Decidem advierte que la renovación de dos tercios de las bancas del Senado abre una oportunidad histórica para ampliar la presencia de mujeres negras en un espacio clave de poder. Pero también señala un riesgo: el avance de sectores conservadores que buscan cerrar el paso a esas agendas.
La memoria de Marielle Franco
Defender proyectos para las mayorías trabajadoras con una perspectiva de género e interseccionalidad también es invocar una memoria que sigue presente: Marielle Franco, la concejala negra, lesbiana y feminista asesinada en Río de Janeiro en 2018. Ella había nombrado antes que muchas otras esa violenta disputa por acceder y permanecer en los espacios de toma de decisiones. “Van a tener que aguantar a mujeres negras, trans y lesbianas ocupando la diversidad de los espacios”, había sentenciado con firmeza en la Cámara Municipal de Río de Janeiro el 8 de marzo de 2018, en el marco del Día Internacional de las Mujeres, tan solo seis días antes de su asesinato.
Su memoria retorna en cada proceso electoral brasileño que insiste en disputar los lugares históricamente negados y en cada mujer negra que accede a una banca. En un Congreso donde presencias como la de Erika Hilton todavía incomodan, esa violencia no pertenece solo al pasado: en agosto, ya en campaña por la reelección, la Justicia Electoral de São Paulo ordenó retirar un video del candidato bolsonarista Lucas Pavanato que la atacaba por su identidad de género. La figura de Hilton se erige, así, como una voz que ocupa la tribuna para defender derechos fundamentales y recordar que la democracia brasileña también se mide por quiénes logran hablar, legislar y permanecer con vida en el intento.
Hilton proyecta esa agenda en medio de un tablero político altamente polarizado. Este fenómeno, lejos de ser un hito aislado, consolida un proceso histórico de resistencia e impugnación colectiva. Tal como recopila el informe ‘Electas’, la llegada de estas nuevas representaciones al poder institucional es la continuación directa del legado de Marielle Franco: “Es indiscutible que esta explosión de mujeres negras que ocupan la institucionalidad, a partir de 2018, es una respuesta también para quienes intentaron silenciar a las mujeres negras, para restringirlas”.
El mes pasado, al lanzar su campaña a la reelección, Hilton defendió una “refundación” del país que no se limite al Parlamento, sino que también se construya en las calles y en las redes. Dijo que jóvenes, poblaciones marginalizadas, grupos excluidos, minorías políticas y mayorías sociales “están esperando su turno”. En su voz, la reelección no aparece solo como la continuidad de un mandato, sino como parte de una disputa más amplia contra la extrema derecha y por abrir espacio a quienes históricamente quedaron fuera del poder. “Ese es el país que quiero construir. No solo en el Parlamento, sino en las calles, en las redes y en la construcción de algo mucho más grande que yo y que nosotras”.


Este artículo fue publicado originalmente en Pikara Magazine. Para saber más sobre nuestra alianza, clic acá.
Foto de apertura: Erika Hilton en el seminario de 2023 ‘Elas Querem Igualdade’. / Foto: Vinicius Loures/Câmara dos Deputados (Wikimedia Commons)
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