Romina Villafañe: Ser docente, mapuche y mujer entre las aulas de la Patagonia y Naciones Unidas

La docente de Historia participó del programa de becas para representantes de pueblos Indígenas de la ONU. El intercambio con otras culturas y la diversidad cultural en el mundo. "Necesitamos pensar qué tipo de educación queremos".

Hace unas semanas Romina Villafañe tenía un QR en una tarjeta con el que abría las puertas de las oficinas del Alto Comisionado de las Naciones Unidas en Ginebra. Allí compartía las aulas como becaria del programa fellowship para representantes de pueblos indígenas junto a personas de 36 naciones originarias del mundo. Después de un mes, regresó a Esquel-Chubut, donde vive, y sigue procesando la intensidad de lo compartido y articulándolo con su trabajo como docente. En su mochila carga esas experiencias, aprendizajes, junto con un turrón o un chocolate que irá a parar a alguno de los estudiantes. Es profesora de Ciencias Sociales y de Historia en la escuela pública, y cada semana da clases a unos 200 adolescentes. 

Llegar a las Naciones Unidas siendo indígena, mapuche, mujer y profesora fue maravilloso”, dice Romina, 39 años, licenciada y profesora en Historia y especializada en estudios de genocidios con años de estudio en universidades nacionales, habiendo transitado también  una formación en España, en el año 2021. Suele compartir su conocimiento en círculos de mujeres. “Es distinto ser mujer, ser indígena y pobre o trabajadora. Es distinto el hacer comunitario, los vínculos que se establecen. Es parte de algunas discusiones que hemos tenido con el feminismo. Por eso el Encuentro de los feminismos comunitarios, campesinos y populares en Tilcara abordan otras discusiones”, parafraseando una nota de Orbita Stream, un programa de stream de Esquel, donde la entrevistaron, días antes de partir a Suiza.

El Encuentro también forma parte de su agenda desde hace varios años, como lo fueron y son también las marchas de No a la Mina en Esquel, una ciudad de 50 mil habitantes. 

Cuando Romina estudió Historia en Comodoro Rivadavia, estaba convencida de que La Historia, como decía un profesor chubutense, Roberto Vago, iba a cambiar el Mundo. “Pude recibirme gracias al apoyo de mis padres y de distintas becas nacionales: de alojamiento, de fotocopias, de financiamiento de estudios superiores. De otra manera no habría podido viajar a estudiar. En aquel momento había inversión en el acceso educativo de las clases populares. Gracias a eso empecé mi trayectoria académica”, dice. 

Desde chica supo que era mapuche, por su mamá Irma. Mientras que su papá, Segundo, venía de otro linaje. En la universidad, sus raíces se politizaron. Ahí empezó con el estudio del genocidio. Primero fue el armenio, considerado el primer gran genocidio del siglo XX, donde murieron un millón y medio de armenios. En la Cátedra Libre de Pueblos Originarios, supo que atravesaron un proceso similar en Patagonia, incluida su fase de negación, como la idea de que la “Campaña del desierto” “era necesaria”. 

Foto del taller de Genocidio coordinado por Romina Villafañe, se mostró durante el Encuentro de Feminismos en Tilcara.

De Esquel a la ONU

– ¿Cómo fue el proceso y qué te impulsó a llegar a la ONU?

-Había perdido la mitad de las horas de escuela y estaba en una transición laboral cuando en mayo de este año me llegó un correo para la postulación. Era un proceso complejo, debí aprobar diez módulos sobre diversos temas: discapacidad, género, situaciones de guerra, seguridad informática, entre otros vinculadas a los  derechos humanos, además de las especificidades del funcionamiento del organismo. Finalmente pude entrar como becaria de Argentina y compartir con 36 personas de pueblos indígenas que formaron parte de la cohorte. Muchos compañeros tenían una lengua materna indígena y además, la lengua colonial. 

Parte de los desafíos fue comunicarse en ese festival de fonéticas vinculadas a rincones muy distintos del mundo. Habla inglés, pero hacía años que no viajaba a un país en otra lengua. Cuando llegó al aeropuerto de Ginebra y recogió su valija, sintió por un instante una duda descomunal: ¿cómo iba a hacer para salir de ahí y llegar al hotel? Sabía que había un transporte gratuito. Le preguntó a una persona afrodescendiente dónde estaban los micros y minutos después ya estaba encaminada. A la mañana siguiente, muy temprano, en las oficinas de las Naciones Unidas le daban la bienvenida como becaria y un QR para entrar y salir.

“Era como un sueño. No podía creerlo. Cuando estudiaba pensaba que me hubiera gustado participar de una misión de paz. Ahora al menos pude llegar a la primera parte de esa tarea. Lo viví con mucha alegría y gratitud, más allá de los debates que puede generar el organismo”, dice a Presentes desde Esquel. 

En Suiza Romina pasó un mes aprendiendo con sus compañeres acerca de las herramientas y mecanismos de Naciones Unidas para los pueblos indígenas. Vale recordar que el gobierno de Javier Milei fue el único del mundo que votó en contra de una resolución de la Asamblea General de la ONU para la defensa de los derechos de los pueblos indígenas. 

El programa incluía un proceso de formación intensiva, de la mañana a la noche, con especialistas en Agroecología, Infancias, Género y diversidad, entre otras temáticas. Si bien había personas que oficiaban de traductoras, el inglés se transformó en el idioma genérico del grupo. “Al principio fue agotador cognitivamente y luego ya empezamos a hablar entre nosotros en francés, portugués y español”, recuerda. La mayoría de la cohorte eran educadores, lingüistas, trabajadores sociales, abogadas y abogados, trabajadorxs de educación comunitaria. 

Romina Villafañe en la sede de la OIT, 2026.

Ampliar el horizonte cultural

-¿Cuáles fueron tus aprendizajes y descubrimientos más significativos?

-Aprendizajes académicos hubo muchos, por ejemplo cómo generar documentos para Naciones Unidas y ver qué mecanismos podemos usar para hacer llegar un informe de un desalojo. Visitamos la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y ahí tuvimos una clase sobre Derecho indígena. Aprendimos cómo se crea el Convenio 169, conocimos herramientas que no sabíamos que existían. Y básicamente aprendimos sobre la diversidad cultural que hay en el mundo, el modelo de economía global y los problemas troncales que están arrasando con los mundos indígenas. 

-¿Cuáles serían algunos de esos problemas? 

-El extractivismo. Te sentás con un ruso y te dice “Putin las sacó a Daria y a Natalia del territorio por la defensa de los derechos de los pueblos indígenas”, hablando de dos mujeres que llevan casi un año detenidas en una cárcel rusa. Compañeros de África contaban que es común que los paramilitares entren a las comunidades y maten a las personas, por cuestiones territoriales. Los pueblos de Oceanía, de Samoa, de Papúa Nueva Guinea sufren el movimiento sísmico por las pruebas en el mar de elementos de bombas, problemáticas muy gruesas y difíciles. En un contexto tan lejano y diverso, tenemos lo mismo en común.

Y en ese marco de heterogeneidad, vas tendiendo redes. Pasas de ver el territorio patagónico como eje, a dimensionar una amplitud de otro tipo. Sigo en contacto con mis compañeros y cpmpañeras que están en América, Asia y África. Y si bien hubo rispideces dentro del programa, porque no todos pensábamos igual, ver cómo gestionar desde otra parte del mundo, te hace crecer. 

-¿Esas tensiones surgían en torno a qué temas?

– Al hablar del avance de la extrema derecha de América latina, salían discusiones y tensiones internas alrededor de temas como Venezuela. Pero también sobre el genocidio en Palestina. Si bien hay que aclarar que ONU tiene que garantizar los DDHH, puede hacer sugerencias o recomendaciones, pero no puede intervenir en los países. Más allá de esas tensiones, el extractivismo fue un factor común de preocupación y de búsqueda de respuestas, junto con la cuestión climática y la IA.

Otro tema en los pueblos indígenas que apareció fuerte es la negación de la identidad. En todos los países suele haber desprecio del mestizo al indígena. Por ejemplo: un compañero de Etiopía tiene una organización contra el racismo. Le pregunté ¿cómo contra el racismo en un país de personas negras? Y me explicó que los indígenas son más oscuros. En ese contexto, las personas marrones ejercen una presión y exclusión sobre la otra etnia. Hay un racismo estructural que se da en distintas sociedades y cuesta entender desde nuestra lógica. 

-¿En qué medida tuviste apoyo y estás pudiendo compartir esos aprendizajes en Chubut, donde diversas comunidades indígenas denuncian persecución y ha habido acciones violentas de parte del gobierno provincial y la Justicia? 

-Por un lado, esta provincia quiere “desaparecernos” a las personas indígenas. Sigue vendiendo nuestros territorios con la gente adentro, y despoja a otras. Hay un gobierno nacional que niega los derechos humanos en general, y en especial de las naciones originarias. Entre ambos lograron que exista hoy mucha fragmentación entre las comunidades indígenas. Hay personas indígenas aliadas al gobierno de Chubut y a la política nacional, y eso genera tensiones internas. Desde lo personal, tuve el acompañamiento de referentes indígenas, y amistades, de personas que me transmitieron su alegría de que participara en esta experiencia. Yo sigo promoviendo derechos, lo hago siempre, por ese fue mi labor antes y ahora con mayor seguridad y comprensión. Volví hace un mes, todavía no pude dar un taller, pero me queda mucho trabajo escolar y comunitario  por delante.  

-Como mujer indígena, ¿cómo te impactó ese mes en la ONU?

-Me sentí valorada. La participación tenía un sentido, un habitar el mundo en ese espacio con un nivel de respeto. A nivel global me parece interesante destacar que el pueblo mapuche es uno de los pueblos naciones más autónomos. Naciones Unidas tiene mucho trabajo por delante en nuestros territorios, las mapuche mantenemos una autonomía que trasciende al organismo. Fue muy valioso estar con líderes que dan luchas muy complejas, como las mujeres indígenas de Guatemala contra el agronegocio.  Se crean redes de mujeres en defensa de sus territorios, como las colombianas que están salvando la Amazonia. Conocí a una hermana protectora de la ayahuasca. Acá hablas de ayahuasca y es un viaje hippie. Ella lo explicaba desde la espiritualidad, muy alejada de lo que te vende el mercado del capitalismo. Toda sanación se hace con sanadores

«La educación sigue siendo mágica«

-¿Cómo vinculás esta formación en la ONU con tu trabajo como educadora?

–La educación es el único trabajo que conozco desde muy joven, me recibí pasados los 20 años. En la ONU hicimos actividades que si no hubiera sido educadora, no hubiera podido resolver. La educación te permite entender a las personas, convivir con la diversidad. Y me permitió esta experiencia. La educación está venida a menos por la política del gobierno actual. Con los adolescentes que trabajo diariamente tenemos buenos diálogos, el problema no son los chicos, es más el contexto social, las familias, las instituciones. Cuesta dar clase cuando los chicos tienen hambre, cuando llegan enojados, y más aún cuando no tenemos el equipamiento básico. 

-¿Tenés en el aula chicos con hambre?

Chicos y jóvenes que tienen hambre. En general llevo algo en la mochila para esas situaciones, no es una solución, pero un turrón, un chocolate…Los chicos son francos. Te dicen tengo hambre. O: nos cortaron la luz, y llegan con todos sus bártulos para cargar. Te ponés a pensar: ¿cómo se puede educar en un país que tiene hambre? Y no hay infraestructura acorde a quienes habitamos las escuelas. 

– ¿Y qué respuestas encontrás?

–Creo que la educación sigue siendo mágica: cuando un chico aprende estás en lo mejor de tu vida. Es increíble cuando evaluás en lecciones orales temas complejos como masacres en la Patagonia, Holocausto, Revolución rusa, y tus estudiantes pueden discutir esos temas con textos academicos. Hay momentos de gratitud y alegría dentro de la escuela: esos. Al volver, de algún modo, también me impactó el poder dimensionar desde otro enfoque cómo lidiar con determinados problemas que antes me angustiaban mucho. No es fácil la vida cotidiana. Ser  indígena o militante de ddhh te va dando herramientas para transitar de una mejor manera.

Cómo educar en diversidad

-¿El principal desafío hoy como docente?

–Afrontar de la mejor manera o resistir este periodo que estamos transitando. Se vive en el aula la crisis social: mucha falta de respeto y de cariño. Los chicos no solo tienen carencias materiales sino afectivas. Circulan discursos de odio permanentes en las redes, en la TV, que repercuten directamente en el hacer cotidiano. Es un momento bisagra. Es muy difícil ser docente hoy, leer y atender es difícil para los más chicos y también para los adultos.

-¿Cuáles son algunas de esas dificultades que ves como profesora?

-En los más chicos aparecen dificultades para interrelacionarse, están atomizados. Estamos perdiendo lo comunitario, el juego, el compartir. Los chicos crecen con pantallas, solos, son adultos con poca capacidad de resolución. Buscan la solución adentro de un teléfono,usando IA. En mi adolescencia, te peleabas y luego salías jugando. Hoy se profundiza mucho el conflicto. Se arman pequeñas islas. Me preocupa que no se pueda vivir lo comunitario dentro de las aulas. El otro día fuimos a un museo acá en Esquel, eso los despeja, el espacio no áulico genera un efecto diverso. Necesitamos pensar qué tipo de educación queremos enseñar, qué diversidad queremos a futuro. 

-Mencionaste los discursos de odio, ¿cómo estás viendo su circulación en la escuela?

–Los discursos de odio irrumpen dentro de una clase. Son pocos pero impactan. Tuve situaciones conflictivas en el aula a partir de esta idea de que “en el neoliberalismo todos somos libres y podemos hacer lo que querramos”, dando a entender que todos tenemos las mismas posibilidades, situacion que nos aleja de la realidad. Aparecen incluso en un escenario donde no estamos hablando de eso. Vos le podés dar las herramientas y la historicidad, pero no siempre lográs una reflexión.

También se dio una situación sobre el Sí o No a la mina. En esta zona de Esquel con los yacimientos en expansión pensábamos que todos decían “no a la mina” pero ahora el discurso es “la minería da trabajo”. Hay que volver a plantear qué significa generar empleo, que sucederia con nuestras montañas, qué se entiende por “desarrollo”. Y todo esto va en línea con la bajada nacional y provincial. Lo mismo con los Pueblos Indígenas, donde muchos discursos nos tildan de terroristas, ladrones, vagos, y otros terminos peyorativos. Eso cala. Me ha pasado tener que decir “Yo te estoy dando clase y no soy… tal o cual”.

La memoria como eje de la educación

-El tema del genocidio indígena fue históricamente invisibilizado, salvo excepciones, en la educación escolar. ¿Cómo ves este vínculo con la memoria hoy?

–Hay docentes que aún siguen esta ideología de la negación y también quienes no quieren abordarla por posibles complicaciones laborales. En mi área son temas complejos: tuvimos problemas con el negacionismo de los 30 mil desaparecidos de la última dictadura militar en Argentina, con la desmemoria. Si tenés miedo a las represalias, como educador tenés límites, es una fuente laboral. No todos pueden enfrentarse a lo que pueda suceder. Y hay avances de algunas personas que rechazan determinados temas, sin fundamentos. Quienes educamos tenemos un diseño curricular y una formación en las temáticas donde los derechos humanos aún son saberes transversales, pese a los discursos de desprecio y de negación del gobierno nacional.

Lo que si, estamos en un momento de olvidos de nuestra historia,  acá en Chubut se cumplió el aniversario de la Masacre de Trelew hace poco, y pasó como si nada, son temas que se van perdiendo en la construcción de esta nueva sociedad. 

– ¿Cómo afrontás eso?

Sostengo mis convicciones desde la práctica, y a veces implica cambiarla. Tuve adolescentes que negaban el genocidio indígena. Les enseño con otras fuentes:  tenemos documentos del Ejército Argentino que dan cuenta de lo ocurrido. “Si no querés leer al historiador, leé a los militares” está todo registrado. Pero es muy difícil. Es más fácil hablar de griegos y romanos que de estos temas. 

– ¿Cómo articulás esta experiencia con tu trabajo docente y tu propia memoria?

–A los más pequeños, les costaba pensar la dimensión del lugar donde estuve. Les explico y les cuento sobre los valores de las comunidades indígenas, mi modo de habitar el mundo, de habitar las comunidades. La ONU me dio una herramienta para documentar y trabajar una forma más de comunicación. Puede servirnos o no los mecanismos para la defensa del territorio, pero sabemos que existe y a partir de ahí podemos generar transformaciones.

Me sentí muy feliz de estar allá. También tenemos derecho a ser felices. Y hay todo un legado histórico atrás mío. Allá un señor filipino siempre nos recordaba el valor de las fiestas, del compartir y de tener presente que las personas que llegamos ahí lo hicimos gracias a nuestros ancestros. Hay un linaje que viene atrás tuyo. Siempre hay alguien que te acompaña. Hace un tiempo hice cumbre en el volcán Lanín y me quedé pensando en la metáfora de la montaña: hay que subir a la montaña y después tenés que bajar, volver a tu lugar. Y en este camino es que elijo seguir. 

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