Ser trans en los '90: postales e historias desde Uruguay

Los debates públicos sobre la Ley Integral para Personas Trans permitieron que emergiera en Uruguay una memoria centrada en la violencia estatal durante la dictadura y los primeros años de democracia. En segundo plano quedó otra historia, la de las estrategias de supervivencia, de militancia y de creación de redes y vínculos imprescindibles. Una serie…

27 de febrero de 2020
Los debates públicos sobre la Ley Integral para Personas Trans permitieron que emergiera en Uruguay una memoria centrada en la violencia estatal durante la dictadura y los primeros años de democracia. En segundo plano quedó otra historia, la de las estrategias de supervivencia, de militancia y de creación de redes y vínculos imprescindibles. Una serie de fotografías de Alessandro Maradei rescata parte de ese relato oculto y se suma al trabajo del investigador y activista Diego Sempol y de Karina Pankievich, presidenta de la Asociación Trans del Uruguay.

Nandi, Juan Carlos, Doriana, Marcela y Julia en la fiesta de cumpleaños de Dara.

Escriben: Diego Sempol y Karina Pankievich *

La década de 1990 fue marcada por el empuje neoliberal, que erosionó la centralidad que tenía la política partidaria en la vida cotidiana. Las formas tradicionales de militancia entraron en una fuerte crisis. Pese a este contexto, para la población trans uruguaya esos años fueron un momento de inflexión: se forjó por primera vez en Uruguay una política travesti, que politizó la identidad de género, creó sus propias organizaciones y exigió en el espacio público el fin de la represión policial y la generación de oportunidades laborales dignas.

Este activismo lidió con los estrechos márgenes impuestos por los gobiernos de Luis Alberto Lacalle y Julio María Sanguinetti, que promovieron un modelo de integración subordinante de la disidencia sexual anclado en la noción de tolerancia: el Estado estaba dispuesto a disminuir la violencia y la exclusión, mientras no se exigiera ni visibilidad normalizadora ni reclamos de igualdad en ningún terreno.

Angie y Julia en la fiesta de cumpleaños de Dara.

En esa escena, los reclamos de la Mesa Coordinadora Travesti primero y de la Asociación Trans del Uruguay después se centraron en la conquista de “derechos negativos”: el fin de la discriminación y la liberación de las formas de dominio y control policial. Estos objetivos se alcanzarían más tarde, a principios del siglo XXI, gracias a un sostenido esfuerzo. El parteaguas fue la aprobación, en 2002, de la ley sobre el trabajo sexual, que permitió legalizar la actividad y socavar las formas de vigilancia policial hacia las personas trans en las calles.

Marcha del Orgullo Gay 1998-1999.

Esta primera ola de derechos negativos permitió y habilitó un segundo momento, centrado, ahora sí, en derechos positivos, cuando el modelo de integración tolerante fue sustituido por otro, basado en la igualdad y los derechos ciudadanos. El cambio se produjo en forma progresiva a partir de la llegada al poder del Frente Amplio, en 2005. Durante el ciclo progresista se logró la aprobación de la ley que permite cambiar el género y el nombre en los documentos identificatorios, en 2009, y en 2018 se aprobó la Ley Integral para Personas Trans.

Los debates sobre la ley integral marcaron a fuego el imaginario social y formatearon en el ámbito público las memorias trans sobre el pasado reciente. La primera irrupción pública de estas memorias de violencia estatal durante la dictadura y los primeros años de democracia ocurrió el 20 de setiembre de 2017, durante la presentación del proyecto de ley en la sala Acuña de Figueroa del Palacio Legislativo. Cuando se le cedió la palabra, la activista Antonella Fialho se bajó del estrado, se acercó al público que presenciaba la sesión y dijo:

Ahora, más que nunca, no nos van a callar. Es hora de romper el silencio. Nos hicieron pichí encima, submarinos, nos hicieron limpiar calabozos… tantas atrocidades. Nosotras estamos politizadas. Por eso no más lágrimas, no más silencio, no más callar. ¡Sí a la ley integral! Señores legisladores, ya rompimos el silencio, ¿nos escuchan?

Y, agitando las manos con el puño cerrado, comenzó a corear, mientras invitaba a todos los asistentes a acompañarla: “¡Trans, conciencia, memoria y resistencia! ¡Trans, conciencia, memoria y resistencia!”. La sala se enardeció de golpe y todos los asistentes corearon la consigna al unísono justo antes de que Fialho cerrara su intervención con un apretado aplauso.

El episodio marcó la aparición de una serie de testimonios que rompieron un silencio prolongado y pusieron en discusión el pasado reciente uruguayo y los relatos oficiales sobre las violencias estatales de ese período. Pero el debate durante la aprobación de la ley y la posterior instancia de prerreferéndum redujo el espacio de enunciación público de las memorias trans, y volvió algunos de sus aspectos más visibles que otros.

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La acusación de algunos legisladores de que se estaba generando un privilegio al reparar a las víctimas de la violencia estatal terminó por reforzar en los testimonios la denuncia de las formas de violencia sufridas. Quedaron relegadas a un segundo plano las estrategias de las personas trans para enfrentar y sobrevivir la persecución, es decir, la resistencia a la que llamaban las palabras de Fialho.

De esta forma, desaparecieron de los testimonios públicos las redes formales e informales de apoyo, el rol del humor para enfrentar la adversidad, y los espacios de encuentro, de integración. Estos aspectos estuvieron muy presentes en los pocos testimonios públicos de travestis producidos en otras coyunturas, previas al debate de la ley integral, cuando todavía existía un silencio significativo sobre las violencias estatales. Un ejemplo puede ser el libro Recuerdos del travesti más viejo de América del Sur (1991), de NN Argañaraz y Antonio Ladra, con los testimonios de Gloria Meneses sobre el carnaval montevideano, sus amistades y novios, las fiestas y los templos afroumbandistas a los que se integró.

Fiestas prohibidas y cultura marica

No teníamos lugares para juntarnos. En los boliches muchas veces no te dejaban entrar y en la calle estabas trabajando, siempre en riesgo. Entonces, conseguir un lugar para reunirnos era clave. Hace 20 años era casi imposible acceder a alquilar un apartamento o una casa. Todas vivíamos en pensiones. Era muy difícil conseguir que alguien te saliera de garantía, o lograr —incluso teniendo todo en regla— que el dueño aceptara alquilarte. A veces los propietarios tenían miedo o querían evitarse problemas con los vecinos. En ese momento se pensaba que si eras “un travesti” —como se decía en esa época— necesariamente ibas a traer problemas con la Policía y a generar un entorno complicado, lleno de alcohol, drogas, violencia y robos.

Por eso cuando una lograba conseguir una casa todas aprovechábamos.

Me acuerdo de que en Paso Molino, la finada Alicia hacía sus fiestas e íbamos entre 30 y 40 chicas. La previa era con la familia y algunas conocidas, y después a la noche hacíamos gran-fiesta-gran con todas las chicas.

Eran fiestas prohibidas: era difícil conseguir un lugar, y después, además, había que tener cuidado para evitar las denuncias de los vecinos, la Policía… En esa época también hacíamos happenings todos los 29 en el apartamentito de Madame Lulú. Todas llevábamos buñuelos, tortas, y entre las cuatro paredes poníamos un tocadiscos y bailábamos entre nosotras. Esos eran nuestros lugares de encuentro.

Él era podólogo, pero en la noche se transformaba en Madame Lulú. Bromeando, le decíamos “la dama de los siete velos”, porque a cada rato iba y se ponía una tela. Agarraba una cortina y se hacía un turbante, agarraba una sábana e improvisaba un vestido. Pasábamos las noches así, riéndonos entre nosotras con esas tertulias. Nos encantaban porque era un lugar donde podíamos distendernos un poco y salir de esa represión que sufríamos a diario.

Además, en los 80 y 90 ir a bailar era complicado. Los dueños de los boliches te decían: “La casa se reserva el derecho de admisión”. Si te veían muy travestida, muy producida, no te dejaban entrar. A mí me pasó varias veces. “No, tú no puedes entrar, estás muy producida. Te van a llevar y no quiero problemas”. Te tenían que ver gay para dejarte pasar. Estaba aquello de que si eras trans te miraban mal. El circuito en los 90 era Ibiza, Arcoíris, Metrópolis y Spock. Después estaba Escorpio, donde éramos más aceptadas, y la tanguería Lo de Margot, que una vez a la semana era para las trans y podías entrar. Ahí fuimos varias veces, y la verdad es que el lugar era encantador.

Los cumpleaños eran uno de los pretextos más frecuentes para reunirnos. Me acuerdo de que Doriana había venido hacía poco de París, e hizo su cumpleaños en su casa. Ella fue una de las que se fueron en dictadura, en la peor época, y se quedó años en Europa. Incluso estuvo trabajando un tiempo como bailarina en el cabaret Le Carrousel. Pero a fines de los 80 volvió a Uruguay, y siempre nos invitaba a su cumpleaños. A sus fiestas iba todo el mundo.

En los 90 todavía subsistían algunas marcas de lo que supo ser la “cultura marica”. Durante buena parte del siglo XX existieron en Montevideo los conventillos, puntos de encuentro de afros, maricones y mujeres jefas de hogar. Muchas amistades se tejieron en torno a una pileta común mientras se lavaba ropa, o comiendo de una olla a la que cada una aportaba algo.

En “Memoria ‘marica’: un tiempo, una marca de identidad, de género y raza…”, Beatriz Ramírez retrata en forma muy elocuente estas redes y su impacto en la vida cotidiana de las personas. A veces la gente se conocía allí, a veces en el propio agite de la noche, a veces en la jefatura o en alguna comisaría durante largas horas de detención.

Antes no importaba si eras trans o no, te veían homosexual y te subían a la chanchita y después discutías si eras o no trans. No importaba. Y si veían que eras amanerado morías. Había como una suerte de continuo entre la travesti y lo marica, muchas conexiones y desplazamientos entre el que cosía para carnaval, los bailarines de alguna que otra comparsa y las travestis que trabajaban en un cabaret o en la noche. Martha Gularte y su hija Katy iban a algún que otro cumpleaños de amigas trans.

Esas redes aún subsistían en los 90, y permitían a las personas desplazarse por estos diferentes escenarios sin mayores inconvenientes. Por eso estas fiestas íntimas y populares en los márgenes de lo posible son casi un caleidoscopio de la discriminación y de viejos patrones de encuentro y reconocimiento, microespacios de resistencia en los que la interseccionalidad saca a lucir encuentros hoy bastante improbables. Entre todas confrontaban la exclusión y la violencia apostando a redes de apoyo e intercambiando trabajos y servicios. Construían así un espacio alternativo de sociabilidad, acceso a técnicas clandestinas de transformación corporal y un circuito comercial de objetos y productos específicos para esa microsociedad.

Este texto y fotos fueron publicados originalmente en la revista Lento.


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