Un sacerdote lavó los pies de una persona trans: de la inclusión a la polémica

En una ceremonia de Semana Santa, un sacerdote de Trelew lavó los pies de doce personas, entre ellos de una mujer trans. Brenda Manchot vive en esa ciudad, es una mujer trans y en esta nota de opinión cuestiona el acto realizado en nombre de la inclusión.

15 de abril de 2017

En una ceremonia de Semana Santa, un sacerdote de Trelew lavó los pies de doce personas, entre ellas los de una persona trans. Brenda Manchot vive en esa ciudad, es activista trans y en esta nota de opinión cuestiona el acto realizado en nombre de la inclusión. “Tiene la intención de sanear públicamente las humillaciones y el desamparo al que algunas instituciones sometieron y someten a minorías como a la que pertenezco”. Por Brenda Manchot* Ilustración: Florencia Capella Esta semana supe a través de los medios de comunicación que en la ciudad donde vivo, Trelew (Chubut) un sacerdote de la Iglesia María Auxiliadora, lavaría los pies de un grupo de personas. La ceremonia sería parte de la misa de Jueves Santo, en un gesto inspirado en el acto de Jesús de lavar los pies de sus discípulos en la Última cena. En Italia, el Papa Francisco lavó los pies de doce personas privadas de su libertad. En la iglesia de Trelew, el sacerdote de María Auxiliadora lavó los pies a doce personas. Entre ellas había un maestro, una enfermera, un bombero, una jueza, un policía, una persona privada de su libertad, y también una persona trans. “El mensaje es que debemos ser inclusivos”, dijo unos días antes el párraco a cargo de la ceremonia, Fabián García, a los medios locales.  Como integrante de la comunidad trans, más que como un acto de inclusión, lo percibo como un gesto de hipocresía social. No sólo porque ese gesto viene de una institución que a lo largo de la historia ha considerado a quienes integramos este colectivo poco menos que adefesios. Históricamente la Iglesia Católica nos ha colocado en un lugar marginal, sin darnos espacio ni considerarnos como personas capaces de desarrollarnos como parte de la sociedad. El lavado de pies en la Iglesia de Trelew -la más importante de la ciudad-  fue un acto público y muy bien promocionado. Es por lo menos curioso que la mujer trans a la que el cura le lavó los pies fue, por su parte, hace años un sacerdote,  pero no pudo ejercer más el sacerdocio  por razones ligadas con su identidad de género. Ella aún – y en este punto y desde lo personal comienzo a diferir con mi congénere, porque contradice el género- se refiere a sí misma como “sacerdote”.

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Volviendo a la Iglesia Católica: Si el lavado de pies es un acto de inclusión, amor y sincera aceptación, ese mismo párraco ¿estaría dispuesto a celebrar mi casamiento dentro de su Iglesia? Sé que no. De nosotras, esperan que seamos célibes, porque consideran una abominación nuestra sexualidad. Y porque han luchado y luchan contra nuestro derecho a formar familias y a adoptar niños. Si tengo el DNI y las leyes me consideran una mujer: ¿por qué puedo casarme con el hombre con el cual formo pareja ante un registro civil pero no en una iglesia? ¿Cuál es el problema? En algunas discusiones al respecto, me han dicho: “Esas son las leyes de los hombres, la ley de Dios es otra”. En mi experiencia personal respecto al tema, he recibido muchas respuestas negativas, excusas absurdas y evasiva, que dejan en mí una sensación de tristeza y discriminación. Pero también habría que mencionar que fue este mismo sacerdote quien en esa misma Iglesia Católica, durante la marcha de Ni Una Menos, se enfrentó con manifestantes que caminábamos frente al edificio religioso, porque portábamos algunas  consignas que no comparte. A raíz de esa situación, la Iglesia convocó a una pequeña reunión con un número mínimo de mujeres del colectivo trans y todos los medios posibles. Y las personas que marchamos esa tarde al grito de Ni Una Menos, reaccionamos con dolor e indignación al observar que nuevamente tratan de subestimarnos utilizándonos a modo de promoción para dar a entender que son inclusivos, tolerantes, capaces de contener y aceptar a minorías vulnerables como el colectivo trans. Respeto a toda persona e institución, ideología política y religiosa, pero también pongo en manifiesto mi desacuerdo con este tipo de actos al principio mencionados. Los considero una estrategia. Tiene la intención de sanear públicamente las humillaciones y el desamparo al que algunas instituciones sometieron y someten a minorías como a la que pertenezco. Con respecto a mi congénere, sólo digo que no me representa. No obstante, respeto su proceder e ideología, y espero no considere esto como algo personal. Simplemente, manifiesto mi forma de pensar en esta nota de opinión, que no pretende ofender a nadie ni herir susceptibilidades. Hablo desde mi experiencia personal y punto de vista. No hablo en representación de este medio. Hablo como mujer trans, hablo porque me siento humillada y nuevamente cosificada. Considero que por parte de la Iglesia, sería más cristiano -para usar sus mismos términos- ofrecer unas disculpas sinceras y públicas por las actitudes tomadas históricamente. Inclusión real sería abrirnos el espacio de participación en sus congregaciones y en sus discursos públicos, dando mensajes de amor, paz y empatía. Para que la opinión pública entienda que las trans somos personas con virtudes y defectos, como cualquiera, capaces también de amar y con la necesidad de pertenecer y asumir la responsabilidad de formar y sostener una sociedad inclusiva, con valores y justicia. *Brenda Manchot es una activista por los derechos LGBTI. Nacida en Puerto Madryn, vive en Trelew. Fue de las primeras personas trans de la Patagonia en tener un DNI que reconoce su identidad de género. Fue antes de la Ley, el 7 de diciembre de 2011, cuando el juez Alejandro Defranco hizo lugar al recurso de amparo y le dio al Estado 48 horas para corregir su DNI.  ]]>

15 de abril de 2017

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