Natalia Lane y un juicio que puede cambiar la vida de las personas trans en México
Tras cuatro años buscando justicia, la mujer trans transita el juicio por el intento de feminicidio del que fue víctima. Cuenta cómo fueron estos años y qué espera de este proceso. Un momento histórico para la justicia de México.

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CIUDAD DE MÉXICO, México. El 16 de enero de 2022, Natalia Lane, mujer trans, trabajadora sexual, periodista y defensora de derechos humanos, sobrevivió a un intento de feminicidio mientras trabajaba en un hotel en la Ciudad de México. El Estado mexicano tardó cuatro años en procesar su caso. Finalmente, en enero de 2026 se inició el juicio contra Alejandro “N” por tentativa de feminicidio.
Es la primera vez que se judicializa un caso con esta tipificación, en agravio de una mujer trans trabajadora sexual en México. Natalia ha atravesado un proceso que describe como un “viaje de desgaste”, donde la justicia no es un derecho garantizado sino una labor de vigilancia permanente por parte de ella como sobreviviente.
En una entrevista con Presentes, Natalia Lane desglosa las implicaciones de habitar un sistema penal que revictimiza, la necesidad de una justicia testimonial que rompa con el extractivismo de las historias de las mujeres trans y trabajadoras sexuales, la urgencia de una reparación integral que reconozca el trauma complejo de sobrevivir a un intento de feminicidio. Y el reconocimiento de saberse acompañada.


Cuatro años de omisiones en la justicia y criminalización
Para Natalia el acceso al juicio oral no ha sido una voluntad plena del sistema de justicia de la Ciudad de México, sino el resultado de su insistencia. Y de no haber permitido que su carpeta de investigación fuera archivada por la burocracia.
Define este periodo de cuatro años como una “cadena de omisiones en las que parece que las sobrevivientes, las familias y las víctimas tenemos que estar de forma muy permanente en observancia. Pienso en que la justicia solamente aplica para quien puede pagarla. Y en el caso de la gente que no tiene acceso a estos contactos —no solo pienso en el dinero sino también en el capital social, político— pues parecería que la justicia se vuelve insostenible”.
Observó también que el sistema obliga a las víctimas a sacrificar su derecho al descanso para evitar el cierre de sus casos.
“El respiro, el descanso, el quererte alejar de un proceso penal implica el abandono y el olvido de tu caso. Se traduce a que haya acciones legales concretas como que casi le cambiaran la medida cautelar a mi agresor para que pudiera pasar el proceso en arraigo domiciliario. Los descuidos para las travestis, para las putas, para la gente empobrecida tienen costos muy distintos. El respiro implica que el sistema encargado de procurar justicia nos abandone”, comenta.
Natalia ha pasado de sobreviviente a ser señalada y criminalizada por el entorno de su agresor. El grupo de choque “no más presos inocentes”, un colectivo que reclama por la justicia de feminicidas fundado y dirigido por la abogada del agresor Alejandro ‘N’ denunció penalmente a Natalia. Son dos denuncias penales: una por amenazas y otra por tentativa de homicidio tras las protestas en el Poder Judicial en la Ciudad de México.
🇲🇽🏳️⚧️ El intento de feminicidio que sobrevivió @natalia_lane es el primer caso en ser judicializado para una mujer trans en México por tentativa de feminicidio.
— Presentes (@PresentesLatam) January 16, 2025
🧵📷 @MilenaPafundi @ginxglez pic.twitter.com/TB9Nd3og3q
“Pasé de ser una sobreviviente a ser acusada, por ejemplo, de tener una red de trata, de pertenecer al grupo delincuencial de las goteras. Si las cosas se hubieran hecho bien dentro del poder judicial y las fiscalías, yo hoy no tendría dos denuncias penales en mi contra”, explica.
La oportunidad de una “justicia testimonial”
Van más de diez audiencias del juicio oral. Natalia sale agotada emocionalmente de cada una de ellas, pero tiene una convicción presente: la recuperación de la palabra de las trabajoras sexuales y mujeres trans frente al extractivismo histórico de sus vidas, sus memorias y sus testimonios.
Para ella el testimonio involucra dimensiones que implican algo más que declarar ante un juez. “El testimonio implica dolor, herida, memoria, historicidad, archivo, archivar la propia memoria, los propios recuerdos”, explica.
Y agrega: “las primeras preguntas que me hice sobre la justicia testimonial versaban en mi propia experiencia: ¿qué validez puede tener lo que dice una puta como yo, una transexual? ¿Por qué a las putas y a las travestis no se nos creen? Y si se les cree, ¿a qué tipo de travestis o transexuales se les cree? Porque no es lo mismo el peso que tiene una figura académica al peso de quien está en la prostitución”.
En el sistema judicial, esta falta de credibilidad se manifiesta en el juicio oral como una exigencia desproporcionada de pruebas. Para Natalia es “un performance de revictimización que está legitimado por el Estado”.
“Hay una práctica del Estado de decir: ‘Tú me tienes que convencer de que lo que te pasó sí te pasó’. Y el agresor, me tiene que convencer de que no fue así’. Siento que está muy ligado con lo que ha sucedido históricamente con las prostitutas travestis en la calle, que es que nunca se nos ha creído”.
Por ello, una sentencia favorable en su caso tendría un peso simbólico sin precedentes en México.
“Si le dictan una sentencia a Alejandro, también va a ser un mensaje del Estado diciendo: ‘le creemos a las putas, le creemos a las travestis, a las transexuales’. Eso es muy fuerte”, dice Natalia.
¿Cómo se ve la reparación integral para Natalia?
Lo que Natalia exige no se limita a un cheque al final del juicio. Ella propone el concepto de “reparación en vida”, que debería haber comenzado el mismo día que sobrevivió el intento de feminicidio.
“La reparación no debería de pensarse como una parte final del proceso de justicia. Tendría que haber sido acompañada desde que casi me quitan la vida, hasta todo lo que ha implicado estos cuatro años”.
Parte del proceso en estos años es que a Natalia se le provee un espacio de acompañamiento de salud mental desde la Fiscalía. Pero para ella ha sido insuficiente. Critica la incapacidad del Estado para proveer salud mental adecuada para sobrevivientes de violencia feminicida extrema.


“Nuestros episodios de violencia están más asociados a lo que pudiera parecer un soldado en una guerra que pierde una extremidad, o un abuso sexual sistemático por parte de fuerzas armadas. El nivel de violencia y saña es la categoría que divide el tipo de acompañamiento… ¿cómo llevas eso al acompañamiento psicológico que brinda la Fiscalía si no están especializados ni enfocados en trauma complejo?”, comenta.
Además de la salud mental, la reparación debe contemplar el daño patrimonial. Natalia reporta una caída del 90% en sus ingresos, pues las amenazas de la familia del agresor y de grupos que controlan la zona de Chabacano, un punto de trabajo sexual en la ciudad, le impiden trabajar en la calle de forma segura desde hace cuatro años.
Para Natalia la reparación también implica una disculpa pública en donde se haga un reconocimiento explícito del Poder Judicial y la Fiscalía de la Ciudad de México sobre las omisiones y la tardanza en el proceso. Y políticas de prevención que impliquen acciones vinculadas a la seguridad social, vivienda y derechos laborales para trabajadoras sexuales y para frenar la violencia feminicida contra mujeres trans que ejercen este trabajo.


«Ninguna puta sobrevive sola. Ninguna trans sobrevive sola»
Natalia Lane no está sola. Sus vínculos cotidianos, su padre, su familia, sus amigas, su red, son quienes la acompañan desde el día del ataque y en cada una de las audiencias que casi siempre terminan en una comida, un café, una charla y risas entre amigas.
“Ninguna puta sobrevive sola, ninguna trans sobrevive sola. Esa red me parece hermosa porque siento que no la he construido desde el lugar de ‘tú me das, yo te doy’, sino que una acompaña a la gente en lo que puede y en lo que sostiene. Encontrar esa red y el afecto es una posibilidad, y el afecto no siempre es un abrazo, a veces es la complicidad de reírnos, de tirar veneno, de ir a comer comida corrida afuera de la audiencia”.
El viaje de la heroína
Para dimensionar el agotamiento de estos cuatro años, Natalia recurre a la épica de Tolkien. Uno de los regalos que se dio así misma luego de las audiencias que terminan siendo tan agotadoras para ella es haber ido al cine a ver la proyección de las versiones extendidas de una de sus historias favoritas, El Señor de los Anillos. Al verlas de nuevo encontró en la figura de Frodo Bolsón un espejo de su propio proceso.
“Me sentí como Frodo, o sea, ya al final en el monte del destino, ya con el pinche peso del anillo de que ya estoy hasta la madre de todo. Conecté con Frodo, pero también siento que todas ustedes han sido mi Sam, ¿no? Sam que ha estado ahí y que quizá no todo el tiempo estamos ahí, pero estamos y eso es invaluable”.
Al final de la entrevista Natalia recrea el diálogo entre los hobbits sobre a qué aferrarse en tiempos de oscuridad, y dice: “¿A qué nos estamos aferrando Sam? Y Sam se voltea y le dice: ‘a que existe bondad en este mundo y que vale la pena pelear por ella’. Eso es un poco el viaje de la heroína con el que me identifico”.
¿Natalia Lane siente esperanza?
A pesar de que el proceso ha sido «jodido» y «revictimizante», Natalia afirma que el juicio ha tenido una dimensión reparadora inesperada.
Ver a su agresor rendir cuentas le ha devuelto algo que no tiene palabra para definir. “Sería hipócrita decirte que no me da gusto verlo con la cabeza agachada, ver su cara descompuesta. Claro que me da gusto decir: ‘cabrón, todo el cagadero que hiciste’. Ha sido sanador”.
Su esperanza también es colectiva y regional. Es común que Natalia al hablar mire hacia el sur. Y en esta entrevista no fue la excepción. Para ella su caso también es una genealogía de la resistencia travesti que atraviesa a América Latina.
Su viaje por la justicia dialoga con los legados de figuras como Diana Sacayán, Lorena Borjas y Cecilia Gentili, quienes también enfrentaron la persecución y la criminalización estatal, para entender que su lucha es una disputa por la vida.
“Ya no me interesa narrarme en términos del transfeminicidio ni de la supervivencia solamente. Yo soy más que un feminicidio. Soy más que esa habitación del hotel ensangrentada. Soy más que estas cicatrices. Sí veo esto como una forma de esperanza para el colectivo travesti, para las poblaciones trans. Judicialmente es importante, pero el peso social y cultural es muy grande”.
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