Rocío Chiappe, brigadista: “Hoy nos sostiene la organización popular”

La brigadista fundó Brigada Andina. Hoy su casa es la única que quedó después de los incendios. "Está cambiando la forma en la que vamos a habitar estás tierras"

Rocío Chiappe nació en Epuyén, del otro lado del río, en una zona tranquila, rodeada de bosque, donde su familia construyó la chacra El Nagual. Es una de las fundadoras de la Brigada Andina e hija del reconocido ambientalista Lucas Chiappe y Jillian Webb. Su familia tiene experiencia en lidiar con el fuego, pero este año fue imposible: llegó por donde no lo esperaban y con una intensidad que no les quedó otra que salir corriendo, con lo puesto, y dejar atrás una historia de vida. Cuatro de las cinco casas de sus padres, primos y tíos se incendiaron. La de Rocío es la única que quedó en pie.

“El lugar ahora es como una especie de isla rodeada de cenizas y árboles quemados. Estar ahí hoy se siente muy diferente a lo que se sentía antes: los sonidos, el olor. Todo cambió a algo completamente nuevo y desconocido. Yo nunca tuve miedo viviendo en el bosque, siempre viví con la puerta abierta, volvía de noche en medio de la oscuridad. Ahora siento que estoy todo el tiempo con un miedo en el cuerpo. Cambió nuestra vida para siempre”, cuenta a Presentes Rocío, quien con 38 años vivió toda su vida en El Nagual.  

Los focos de incendios forestales permanecen activos desde hace dos meses en la provincia de Chubut, en la Patagonia argentina. El de Parque Nacional Los Alerces inició el 9 de diciembre y el de Puerto Patriada –que llegó tres días después a las casas de la familia de Rocío– el 5 de enero. Llevan arrasadas más de 45 mil hectáreas

“Nuestro lugar era en función del bosque. Y lo que más nos duele es que no quedó absolutamente nada del bosque al que íbamos todos los días, donde juntábamos hongos, al que le conocíamos cada plantita”. 

Una vida en Epuyén

Jillian y Lucas, sus padres, llegaron a Epuyén en 1976, cuando todavía esa zona no llevaba ese nombre. Se conocieron de muy jóvenes, a sus 15 años ella y 17 años él, en la localidad bonaerense de Acassuso. Tomaron contacto con el movimiento hippie y comenzaron a buscar alternativas de vida. Decidieron casarse para poder viajar con la plata que les regalaron. En una furgoneta conocieron India, Irán, Nepal y otros varios países, hasta que Jillian quedó embarazada y eligieron volver. 

“Había empezado la dictadura y al mes del nacimiento de mi hermana le dicen a mi papá que estaba en una lista, que mejor se vaya. Así que toman un vuelo a Perú, están ahí un tiempo hasta que se calman un poco las cosas y un amigo del sur les dice que se vayan para allá, que había una tierra hermosa. Ellos ya estaban con ganas de enraizar, de construir en un lugar y armar una familia. Cuando mi viejo llega a Epuyén se enamora y deciden instalarse. En ese momento no había luz ni caminos. Era lo que ellos querían: estar tranquilos y vivir en conexión con los ritmos de la tierra”.

Lucas Chiappe y Jillian Webb padre y madre de Rocío.

Presentes conversó con Rocío Chiappe para conocer su historia, cómo trabaja junto a vecines, amigues y familiares en la respuesta al fuego y cómo imagina un futuro para su pueblo y su hijo de cuatro años.

—¿Cómo fue tu infancia en El Nagual?

—Mis viejos construyeron la casa donde vivíamos con sus manos. Es del otro lado del río entonces todo lo cruzaban a mano, a caballo. Todo lo hicimos con nuestras manos y así fuimos aprendiendo a construir y vivir de la tierra. Siempre de forma artesanal. Mi vieja es artesana, hace canastas de mimbre. Así que todo tenía su proceso de recolección, de trabajo, de creación. Como no teníamos tele ni celulares y tampoco había mucha movida, yo participaba de las cuestiones de la chacra: la huerta, la cosecha, el acopio de la leña y la preparación durante el verano. En la misma chacra vivían mis primos y cada uno tenía sus hijos. Éramos una bandita de seis. Siempre íbamos al bosque, andábamos en bicicleta, jugábamos en el río haciendo barquitos de madera.

Mis viejos se enamoraron profundamente de este lugar y desde chiquitos nos transmitieron esa sensibilidad. Mi crianza, con una conexión tan cercana con el bosque, hizo que desarrollara muchos otros sentidos.

—¿Cómo viviste el activismo de tus padres?

—Siempre lo viví con mucha admiración. Escuchar a mi papá tan convencido, tan lúcido, siempre con ideas tan revolucionarias. Siento que vivirlo desde adentro fue increíble. Cuando salí afuera y vi lo que generaba me dio mucho respeto y ganas de luchar por la vida.

Pero todas las charlas y la construcción interna siempre fueron de a dos. Mi vieja es un perfil más bajo, mi viejo al ser leonino tiene mucha presencia (se ríe). Ella sostuvo esa militancia desde el cuidado de la familia, de la casa, con esa sensibilidad femenina. Mi viejo por ahí era más batallero y fuerte en su mensaje, y mi vieja siempre trató de llevarle esa sensibilidad y dulzura. Son un equipo: no funciona el uno sin el otro. 

—¿Cuándo comenzaron los incendios a ser un problema en sus vidas?

—Desde que tengo memoria los incendios son algo que sucede en nuestra comunidad. Mi viejo fue el primero en comprarse una motobomba acá hace 35 años más o menos. Porque es algo que nos atraviesa al estar metidos en el bosque. Pero antes tenían otra dimensión en cuanto a su desarrollo, su forma de actuar. Yo recuerdo ver durante días avanzar el incendio. Ahora en dos días avanza lo que antes avanzaba en un mes.

—¿Qué cambió?

—La complejidad climática y social porque ahora hay mucha más gente viviendo en zonas de interfase. La sequía es extrema. Lo vemos año a año. El río que yo cruzo todos los días para llegar a mi casa nunca creció este año. Está a un nivel bajísimo. Todos los que estamos acá notamos el cambio.

Ahora es alucinante ver la cantidad de personas que tienen un totem, una motobomba, una camioneta, pero esto comenzó a pasar desde hace tres años. No se hacía antes porque los incendios estaban en el bosque. Ahora, como se está metiendo en zonas de interfase, de viviendas, toma otra dimensión y todo el mundo se entera. 

Está cambiando la forma en la que vamos a tener que habitar estas tierras porque no hay mucha vuelta atrás. Es adaptarse, prepararse, estar un poco más inteligentes durante todo el año en prevención, equipamiento.

—El mal manejo del fuego también impacta en la memoria de un pueblo. La casa de tus padres era conocida como “El Santuario”, en este sentido…

—Era un lugar muy especial, tenía tanta historia, y pasaron por ahí muchas personas buscando inspiración y compartiendo charlas. Mi viejo es fotógrafo y llegó a Epuyén con una cámara analógica. Tenía un registro increíble de las personas que habitaban en ese momento acá, del crecimiento de las familias, las tareas manuales. Tenía miles de diapositivas de toda nuestra historia familiar y de la comunidad que formábamos. Es muy doloroso pensar en todo lo que había en esa casa y esa oficina en particular porque son años de esfuerzo, de pensar, escribir. A mi viejo le gustaba mucho escribir y tenía muchas notas periodísticas. Estaban también los proyectos de leyes. No llegamos a sacar nada. Se llevó su compu con su disco rígido, las pocas cosas que pudo digitaizar en su momento, y no dimos abasto. 

A salvar los bosques

—Hace unos años te hiciste brigadista voluntaria. ¿Cómo nació la Brigada Andina?

—Surgió hace unos cinco años en 2021 a raíz de unos incendios que tuvimos en la Cuesta del Ternero. Ese año se quemó todo Golondrinas en marzo. Somos amigos que amamos la montaña, el lugar donde vivimos y nos puede la impotencia de no poder accionar. Viendo cómo estaba la situación totalmente descontrolada dijimos: «vamos a salvar el bosque lo que podamos y como podamos». Vimos que era efectivo, que sumaba y era importante. 

Antes estaban prohibidas las brigadas no oficiales. No te dejaban participar porque era responsabilidad de las brigadas oficiales lo que te pudiera pasar. Pero el año pasado, cuando el fuego se descontroló a un nivel inmenso, sin las brigadas autoconvocadas miles y miles de casas más se hubieran quemado. Hay un reconocimiento, además, de lo que hace la comunidad. Empieza a articularse algo muy zarpado entre lo oficial y lo no oficial.

—¿Cómo ves la respuesta de los gobiernos nacional y provincial ante los incendios?

—Te sentís bastante solo y abandonado. A mi casa llegó a los tres días el incendio y hasta ese momento no había ni un solo avión volando. No hay durante todo el año el nivel de prevención que debería haber. Tampoco un trabajo con los pinos, que acá es un problema muy grande porque es una exótica que se extiende a través del fuego. Hace mucho tiempo que lo venimos denunciando y no hay una acción concreta al respecto. Este año, además, se desfinanció un 70% el presupuesto del manejo del fuego y, donde debería haber 700 brigadistas, hay 300, que están muy precarizados.

—¿Qué pensás sobre la política de salir buscar culpables dirigida en particular al pueblo mapuche?

—Siento que es una payasada total acusar al pueblo mapuche. Son personas que viven y cuidan el territorio. De hecho este año se les quemó su comunidad. Es desviar la atención de lo que realmente importa. Buscan culpables para no asumir la responsabilidad que tienen ellos mismos en la falta de educación, de mantenimiento de las forestaciones, del tendido eléctrico, la falta de recursos de las brigadas oficiales. 

—¿Qué rol está teniendo la ayuda y el accionar de la comunidad?

—La organización popular que está ocurriendo acá es increíble. La red solidaria es única. Eso es lo que nos sostiene hoy. Es el pueblo ayudando al pueblo. Se está logrando mucha calidad. Cada cuadrilla está empezando a equiparse, a formarse, tener conocimientos del manejo del fuego. Estamos aprendiendo, no nos queda otra. Toda ayuda sirve para seguir combatiendo al fuego y seguir equipándonos. Surgieron muchas nuevas cuadrillas que necesitan equiparse. 

—¿Qué deseás que ocurra con el bosque? ¿Qué imáginás para las próximas generaciones?

—Para ellos es muy importante acompañarlos desde el lugar de la esperanza. Ir a las escuelas, hacer prácticas de educación, seguir los tres pilares de prevención, educación y reforestación. Es impresionante lo que estamos accionando para nuestro futuro y el de otros. Hay que seguir apostando desde ese lugar de luz, de vida.

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