Cómo viven y trabajan las protectoras de las raíces indígenas de El Salvador

El náhuat, las semillas nativas, el tule, los libros y los recursos naturales son parte de la vida de estas seis mujeres, que desde su comunidad inciden para que sus raíces permanezcan con el tiempo.

30 de agosto de 2023
Kellys Portillo
Edición: Revista Alharaca

Sixta es la autora del primer diccionario náhuat de El Salvador. Desde hace más de 10 años ha enseñado el idioma náhuat a niñas y niños en el programa infantil Cuna Náhuat, en un complejo educativo de Santo Domingo de Guzmán, Sonsonate. Debido a la pandemia del COVID-19, trasladó sus clases a la modalidad virtual. Actualmente atiende en línea a cuatro grupos con estudiantes de diferentes edades y nacionalidades.  

En enero de 2023, Sixta inició la producción de un diccionario náhuat. La idea surgió con su amigo Héctor, fundador de Timumachtikan Nawat, un proyecto en redes sociales que busca revitalizar la cultura y la lengua náhuat. En esa plataforma, Sixta también ha promocionado sus clases en línea.  

Producir el diccionario fue un proceso difícil, en especial porque la meta era terminarlo en un mes. Sus jornadas de trabajo eran de 13 horas al día, pero asegura que el resultado fue gratificante. En las redes sociales de Timumachtikan Nawat hay una campaña de donación para imprimir 2,000 ejemplares del diccionario, que luego serán repartidos gratuitamente.  

«Que quede como recuerdo para los que quieren aprender», dice Sixta, una de las nahuablantes de más edad, con 81 años, y para quien el náhuat es también una fuente de trabajo.

«Estuvimos pensando una forma de preservar el idioma, y a Héctor se le ocurrió hacer un diccionario. Me alegré porque cuando yo ya no esté y alguien quiera aprender, pues tendrá ese material. Ahí va a quedar mi náhuat, es mi recuerdo como nahuhablante».

Maestra nahuat

Mercedes Rivera, agricultora

Mercedes es una mujer indígena agricultora. Es una de las lideresas de la comunidad Santa Elena, en Salcoatitán, Sonsonate. Trabaja la tierra de manera orgánica en su huerto casero y también conserva la semilla del maíz nativo para consumo propio.  

La falta de tierras ha sido un obstáculo que la ha obligado a buscar alternativas. En 2022, una ONG entregó semillas a la comunidad para que iniciaran sus cultivos. Mercedes, junto a cinco mujeres más, se unieron para hacerse de un espacio e iniciar con la actividad agrícola. Buscaron un terreno y solicitaron un permiso a la Alcaldía de Salcoatitán para trabajarlo.  

De acuerdo con Mercedes, al inicio hubo un acuerdo verbal favorable por parte de las autoridades. Las seis mujeres iniciaron con la limpieza del terreno, pero a los días les negaron el permiso argumentando que ese espacio estaba destinado a obras de construcción y no para cultivo. Se les ofreció otra zona, pero era lejos de su comunidad. 

«Todavía permanecemos en la lucha de encontrar terrenos para sembrar, queremos seguir cultivando nuestra semilla y en condiciones que respeten a la madre tierra. También de transmitir nuestros conocimientos y experiencias con otras mujeres de la comunidad».

Agricultora

Margarita Blanco, defensora del agua 

Desde hace 19 años que Margarita es una de las mujeres que ha estado al frente de la lucha por la defensa del río Sensunapán, en Sonsonate. Este afluente de agua tiene sobre su cauce siete represas hidroeléctricas. Desde 2012, la empresa Sensunapán S.A de C.V ha intentado en diversas ocasiones construir una octava represa, pero las comunidades indígenas han luchado legalmente para evitar este proyecto. Si se realiza, afectaría 4 kilómetros del afluente, destruiría flora y especies nativas, y se desmantelarían 10 sitios sagrados ubicados a lo largo del río.  

Margarita cuenta que su lucha inició cuando cuestionó la extracción desmedida de agua, la forma en la que el río se estaba convirtiendo en un negocio, y los efectos de las actividades sin regulación en las represas. A partir de ese cuestionamiento, asistió a reuniones convocadas por líderes de su comunidad en Sisimitepet, y comenzó a ir a conferencias y a concentraciones frente al Ministerio de Medio Ambiente y al Ministerio de Cultura para exigir medidas de protección para el Sensunapán.  

Margarita es parte de las comunidades que han permanecido en resistencia en contra de las represas que afectan el «río abuelo», como ella suele llamarlo. Pero esto también ha traído intranquilidad a su día a día. Cuenta que, durante estos años de lucha, ha recibido comentarios de otras comunidades que están de acuerdo con el proyecto y que deslegitiman su lucha. «Me han dicho casi de todo, que busque que hacer, que estamos locos y nos tachan de problemáticos, e incluso hemos sido marginados», lamenta. 

«El río Sensunapán es nuestro pulmón, es nuestra vida. Hay que cuidarlo, yo estoy vieja y sigo disfrutando de sus aguas. Pero detrás de nosotros viene otra generación que también tiene derecho a disfrutarlas».  

Defensora del agua

Teodora Juárez, artesana 

Teodora es una artesana indígena en el cantón Sisimitepec, en Nahuizalco, Sonsonate. Desde muy pequeña aprendió a tejer petates, un tapete hecho a base de tule y usado frecuentemente para dormir. Cuando tenía ocho años, apreciaba la forma en que su mamá entrelazaba las cintas de tules teñidas de diferentes colores para formar un petate. Le pidió que le enseñara. Se sentaron en el patio de la casa y tejieron toda la tarde. A partir de ahí, siguió elaborando esta artesanía.  

En un tiempo, durante su adolescencia, también se dedicó a cortar caña, era una rutina diferente y difícil por el tipo de trabajo bajo el sol durante todo el día. Pero Teodora pronto regresó a tejer petates. «Siempre me gustó y no quería olvidarme de este oficio», agrega.  

Artesana

El proceso para elaborar un petate es extenso y lleva meses para obtener la materia prima, desde la siembra del tule hasta el teñido de cada cinta. Elaborarlo toma de dos a cuatro días, dependiendo de la extensión del petate.  

Esta actividad ha sido su fuente de ingresos económicos desde hace muchos años. Pero esta artesanía es desvalorizada por vendedores externos que pretenden comprar el producto a bajo costo para revenderlo duplicando su precio. Teodora enfatiza que estas acciones son injustas. No consideran el valor cultural ni el proceso de producción que conlleva un petate.  

«El petate, además de ser una artesanía, es un legado de nuestras madres y abuelas. Viene de la Madre Tierra y al terminar su vida útil regresa de nuevo a ella, como abono orgánico para nuestros alimentos. También es fresco para dormir, todavía hay que seguir usándolo».   

Ella aspira tener un espacio para vender sus productos. Además de petates, elabora canastas, abanicos, y tapetes de mesa. Su esposo hace sombreros, también de tule. 

Esta nota fue publicada originalmente en Alharaca


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