Por un feminismo con las discas

Las mujeres con diversidad funcional necesitamos articular una lucha que nos visibilice y nos haga construir un sujeto político que goce de la misma legitimidad que el resto.

La figura hegemónica del feminismo suele ser, por estos lares, una mujer principalmente heterosexual blanca que lucha contra la brecha salarial o el techo de cristal, dejando de lado otros aspectos que también son consecuencias de las opresiones que vivimos, como lo son las condiciones materiales de la mayoría. Ese feminismo blanco y burgués desoye a menudo, consciente o inconscientemente, las reivindicaciones de otras personas oprimidas como lo son las racializadas, el colectivo LGTBIQ+, las mujeres con diversidad funcional, entre otras.

Por la parte que me toca, siendo “disca” señalaré las opresiones que nos atraviesan a las mujeres con diversidad funcional y que a veces no son mencionadas por ese feminismo hegemónico. Me gustaría aclarar antes que estas violencias nos atraviesan a las mujeres con un certificado de discapacidad, pero también a las que no lo tienen, pero aún así son atravesadas por distintas dolencias, enfermedades, problemas psicosociales, etc. Los datos de los que se disponen son claros: las mujeres con discapacidad sufrimos una discriminación interseccional, una doble o triple discriminación, más violencia machista que las que no la tienen; en concreto, el 40,4 por ciento de las mujeres con discapacidad ha sufrido algún tipo de violencia por parte de su pareja, según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer 2019.

Los datos sobre violencia y mujeres con alguna discapacidad explican cómo esta variable es un factor trascendente en la violencia contra las mujeres, tanto física, sexual o la violencia de control. “Las mujeres con discapacidad tienen un alto riesgo de experimentar violencia basada en estereotipos sociales y aspectos subjetivos que intentan deshumanizarlas o infantilizarlas, así como excluirlas o aislarlas. La violencia también tiene la consecuencia de contribuir a la aparición de una discapacidad”, apunta el estudio ‘Mujer, discapacidad y violencia de género’, elaborado por la Federación de Mujeres Progresistas.

Todas estas violencias, sin embargo, son muchas veces invisibilizadas o no se tienen lo suficientemente en cuenta. Soledad Arnau, activista feminista y filósofa, explicaba que “las mujeres con diversidad funcional formamos parte de esa amalgama de mujeres excluidas, y por tanto inexistentes, del discurso oficial feminista occidental”. Aunque cada vez estamos más empoderadas, muchas veces aún no se nos tiene en cuenta a la hora de realizar teorías feministas o a la hora de reclamar derechos.

Lugares de militancia inaccesibles

A muchas de nosotras nos cuesta acudir a asambleas o a espacios de decisión, porque estos lugares muchas veces no son accesibles, así como a movilizaciones -no todas pueden permitirse el privilegio o lujo de ser activistas, eso a menudo requiere tiempo y dinero y ayudas-. Por eso que en ocasiones no se nos escucha o no se nos oye, no se nos ve, pero tenemos mucho que decir, porque es la discapacidad una de las mayores opresiones o sobre la que se ejercen gran parte de las violencias machistas, pero también institucionales, como ha ocurrido durante años con las esterilizaciones forzosas en nuestro país.

Para derribar esos muros que nos oprimen y nos impiden ser un sujeto político activo más, contaba la doctora en Derecho de la sociedad global Nadia Domínguez Pascuales que es necesario que “los espacios estén libres de barreras arquitectónicas, que la lengua de signos esté siempre presente, que el material utilizado sea entendido por mujeres con dificultades lectoras, para lo cual se requiere que sea en Lectura Fácil o en sistemas pictográficos de comunicación; asimismo para mujeres con diversidad funcional visual, en cuyo caso debe ser en sistema braille”.

Jerarquías

También es necesario poner fin a esa actitud paternalista realizada desde el feminismo blanco burgués, que perpetúa relaciones de poder y mantiene jerarquías entre unas mujeres y otras, excluyendo a las más vulnerables de los espacios de participación y de negociación de derechos. En ese feminismo burgués se suele silenciar a las mujeres con disca, racializadas, que vienen de las periferias, trans y si se las nombra o representa lo suele hacer solo desde una “postura hegemónica que las define como objeto de explotación y no como agentes activos”, como explica la doctora en Ciencias Sociales y Políticas María del Pilar Cruz Pérez en el artículo ‘Teoría feminista y discapacidad: un complicado encuentro en torno al cuerpo’. Es decir, se habla de nosotras, pero sin nosotras y se tiende a vernos como objetos de protección, repitiendo al final el mensaje capacitista que impera en la sociedad.

Desde un feminismo decolonial y desde los márgenes, necesitamos articular esta lucha que nos visibilice y nos haga construir un sujeto político que goce de la misma legitimidad que el resto. Es necesario que a las discas se nos tenga más en cuenta en el movimiento feminista general, más allá de los espacios afros, trans, de locas, en los que sí se está siendo inclusivas con las distintas diversidades que existen. Necesitamos repensarnos, tejer puentes entre nosotras, encontrar la manera de reivindicarnos, hacernos visibles, empoderarnos y presentarnos como sujeto político, hasta ahora inexistente.

Para que exista un feminismo inclusivo que interpele a todos los feminismos será imprescindible que todos ellos tengan voz propia y solo así estaremos peleando por una igualdad real.

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