Así difunden los medios terror en las personas LGTBI+

Bajo una aparente función informativa, los medios lanzan en las coberturas que buscan disciplinar y adoctrinar las vidas LGTBIQ+.

20 de julio de 2022
Rubén Serrano / Pikara Magazine
Ilustración: Sra. Milton

El asesino de Grindr, la viruela del mono, agresiones a personas trans, la paliza grupal que mató a Samuel, tiroteos en bares gays y ataques nazis a espacios LGTBIQ+. Durante los últimos meses estas noticias han ocupado titulares, telediarios y tertulias.

Si bien todas esas piezas exponen los hechos que están sucediendo, también nos dejan claro que, si no nos portamos bien y cruzamos ciertas líneas rojas, el castigo que recibiremos es la más cruda violencia. Desde insultos hasta una agresión física, un virus o la muerte. A simple vista, estos relatos están informando sobre la violencia contra gays, lesbianas, bisexuales, trans, no binarias, intersex, queer; pero, sin embargo, estas narraciones tienen otra función: meter miedo a las personas LGTBIQ+ para disciplinarlas y aleccionarlas.

El relato del terror LGTBIQ+ circula libre y descaradamente por los medios de comunicación. En unas semanas nos han recordado cuáles son esos límites que es mejor no traspasar: follar con desconocidos, follar con quién y con cuántos/cuántas/cuántes queramos, quedar con gente por apps, acudir a ciertos espacios, okupar la calle, pero sin expresarnos o mostrarnos demasiado en ella, que nuestra pluma o falta de cispassing sea evidente, nuestra ropa, hacer algo de “ruido”; en definitiva, que se note que existimos. El “no molestes o esto es lo que te pasará” persigue el claro objetivo de controlar las vidas disidentes de la norma para tenerlas vigiladas y volver a meterlas en el armario. Es decir, quitarnos las libertades que hemos ido consiguiendo en las últimas décadas.

¿Quién ejecuta el relato del terror LGTBIQ+? Principalmente radios, televisiones y prensa digital y en papel. Sin olvidar otros tres factores importantes: las redes sociales, por las que se propaga mezclado con discurso de odio (tan solo hay que darse un paseo por Twitch, YouTube y Twitter); las diferentes formas de violencia ya señaladas; y los políticos y políticas que con sus declaraciones y sus discursos niegan o ponen en cuestión los derechos de las personas disidentes de la norma afectiva, sexual, de género y de expresión.

Nerea Barjola, investigadora y doctora en Feminismos y Género, expuso en su libro Microfísica sexista del poder cómo el caso Alcàsser (el asesinato con violencia sexual de Antonia Gómez, Desireé Hernández y Míriam García en 1992) sirvió a los medios de comunicación para construir un relato de terror sexual con el que disciplinar y corregir la conducta de las mujeres a partir de entonces. Barjola sentó un precedente importante de investigación y análisis que sirve para articular el horror LGTBIQ+.

En los últimos dos meses se han producido dos casos centrados en la comunidad gay que muestran a la perfección cómo funciona esta narración del miedo: el asesino de Grindr y la viruela del mono.

Para hacer el análisis y sacar las conclusiones he tenido en cuentas las noticias publicadas en diarios escritos y digitales (El Mundo, La Vanguardia, El Correo, eldiario.es, El País, La Voz de Galicia, 20 Minutos, Diario de Sevilla, ABC, RTVE.es, El Periódico, Onda Cero, Antena 3, El Salto, La Razón, Cadena Ser, CNN, El Español, Telecinco, Clarín y OK Diario), los reportajes audiovisuales en informativos (Telemadrid, 24H de RTVE y Telecinco) y las tertulias televisivas (Cuatro al Día, En Jake de la ETB, Espejo Público, La Hora de La 1, La Sexta Clave, Imagen Televisión y La Sexta Noche) tanto del día en que se dieron a conocer como de los posteriores.

El asesino de Grindr: vuestras muertes no son tan importantes

A principios de mayo los medios se llenaron de titulares que, bajo la inofensiva apariencia informativa, estaban apuntando a un grupo de población y creando en él una alarma: “El matagays de Bilbao”, “el asesino de gays”, “el perfil del presunto asesino en serie de homosexuales de Bilbao”. Primer mensaje: “Solo os matan a vosotros, los gays”.

El autor de las muertes, en prisión preventiva y al que se le atribuyen cuatro crímenes y dos intentos de homicidio, quedaba con sus víctimas por una aplicación de encuentros. Las televisiones y los digitales no tardaron en mostrar y nombrar la app en cuestión, Grindr, y también otras como Wapo, dejando de ser así espacios de hombres gays y bisexuales a ser espacios públicos de todo el mundo. Segundo mensaje: “Ni en vuestros propios espacios estáis seguros”. Tercer mensaje: “Esto os pasa por follar con desconocidos a través de apps”, culpando consecuentemente a las víctimas y a los hombres gays del horror que les pueda llegar a ocurrir. El “tú te lo has buscado” de toda la vida.

Los medios presentaron al criminal bajo un halo de monstruosidad: era un “asesino en serie”, “sádico”, “cruel” y con una “conducta propia de animales”. Esta deshumanización transmite la idea de que este horror es algo anómalo y excepcional. Que no responde a la realidad diaria que vemos en nuestra sociedad. Además, la gran mayoría de televisiones, diarios y radios remarcaron su nacionalidad de origen para dejar claro que esta violencia no forma parte de “nosotros, los españoles”. Se valieron de la xenofobia para puntualizar que este tipo de agresión viene de fuera.

El perfil que se crea del agresor es crucial para entender la importancia del cuarto mensaje que se lanza a la comunidad gay: “Los asesinatos no son homofobia”. Resulta relevante la hipocresía de los medios de comunicación a la hora de narrar esta noticia. Por un lado, enmarcan en titulares las palabras “el matagais” para conseguir la atención de la sociedad. Pero, por otro lado, en sus textos y en sus tertulias hacen un enrevesado ejercicio para subrayar que detrás de estos crímenes no hay homofobia alguna. Gritan que hay un asesino de homosexuales y, a la vez, radio, teles, prensa y webs nos hacen luz de gas al intentar hacernos creer que el hecho de que todos los muertos sean hombres gays es algo secundario, menor, casual, irrelevante. Se activa por tanto el quinto mensaje: “Van a por ti, homosexual, pero tú muerte no es importante”. Es por ello que los diarios repitieron que “aún está por determinar si existe un móvil de odio hacia las personas homosexuales”. E incluso los informativos llegaron a utilizar voces de autoridad como un criminólogo para anular la homofobia de los asesinatos: “Es un ladrón que quería robar dinero y que para hacerlo administraba drogas”.

La construcción de los asesinatos como algo inusual e insistir en que no son fruto de la homofobia responde a un objetivo claro: desresponsabilizar al sistema heteropatriarcal de la violencia que ejerce contra las personas LGTBIQ+. Para lavarse las manos y que nadie se percate de su responsabilidad en estos crímenes y agresiones, los medios basan su relato en el morbo, al igual que hicieron con Alcàsser. Por ello, tenemos incontables reportajes y piezas de video exponiendo con todo lujo de detalles el modus operandi del asesino, e incluso entrevistando a sus amistades y familiares. Pero no hay ni un artículo y ni una mención en ningún informativo sobre por qué sucede la violencia homófoba.

Viruela del mono: esto les pasa por follar

La estigmatización de la comunidad gay que hicieron los medios de comunicación con la viruela del mono fue tan descarnada y despiadada que hasta la propia ONU tuvo que intervenir. Lo hizo para pararles los pies y recordar que la orientación sexual no es un factor que influya en la transmisión del virus. Leímos y vimos cómo se vinculaba la homosexualidad con esta infección, y, para cuando llegaron las rectificaciones, el primer mensaje ya estaba dado: “Este virus os afecta por maricones”. Hicieron lo mismo que hicieron con el VIH en los 80. Es más, La Razón se atrevió a publicar un artículo titulado ‘El peligroso paralelismo entre la viruela del mono y el sida’ sin ningún tipo de ética y responsabilidad periodística.

Se señaló a los hombres homosexuales como los que causaron la transmisión del virus y, de nuevo, voces de autoridad, en este caso políticos, perpetuaron esta idea. El consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, el popular Enrique Ruiz, una vez ya había sido señalada una sauna gay como un foco de infección. Sentenció que “el perfil de los contagiados son todos hombres y sería preocupante que apareciese una mujer”, y que en distintos países el patrón “es el mismo”. Mientras tanto, desde Vox relacionaron la viruela con homosexuales “drogados”. ¿Hubiese sido el tratamiento diferente si el primer brote se hubiese dado entre personas heterosexuales?

Para informar sobre la viruela del mono, los medios hicieron un retrato de la cara del vicio: de forma simultánea presentaban los últimos datos mientras por la pantalla mostraban imágenes de la sauna gay clausurada, de hombres musculados bailando en bañador y de fiestas con banderas arcoíris.

Se atacaron los espacios gays para lanzar un segundo mensaje subliminal, “estáis sucios”, a la vez que se fiscalizó nuestro deseo sexual para pregonar el aviso final: “La culpa es vuestra por follar cómo folláis, es un castigo por como vivís el sexo, sois unos promiscuos y viciosos”; el llamado “slut-shaming” que explicó la periodista Noemí López Trujillo en Newtral. La meta de esta estrategia es doble. Por un lado, infundir miedo a la hora de tener sexo, misma técnica disciplinaria que los medios utilizaron con el VIH y el sida, y, por otro, responsabilizar de nuevo a la víctima, en este caso, a los hombres homosexuales de un virus.

El terror marica se infundió también a través de fotografías que mostraban las pústulas y las heridas que la viruela provoca en la piel. Esta alarma de lo que te podía pasar fue magnificada con testimonios que relataban todos los síntomas sufridos. El morbo de nuevo hacia acto de presencia. Algunas de estas imágenes que mostraron los diarios eran de cuerpos de hombres y menores negros, implantando en el subconsciente la narrativa racista de que, aparte de homosexuales, esto era “algo de África”. El peligro, como en el asesino de Grindr, viene de fuera.

Palizas y ataques nazis: vamos a por vosotras

Aparte de estos dos casos, en mayor o en menor escala y dependiendo de cómo sea tratada, cada noticia relacionada con alguna agresión LGTBIfóbica emite sus mensajes cargados de terror. El asesinato grupal de Samuel Luiz a gritos de “maricón” en julio de 2021 lanzó a toda la comunidad LGTBIQ+ la idea de que “nos podría pasar a cualquiera de nosotros”, de ahí que uno de los lemas protesta más escuchados sea “Todos somos Samuel”.

Esta identificación y simbiosis con el joven de 24 años sirve de aviso directo: podemos acabar igual que él si el agresor o los agresores consideran que levantamos mucho la voz, que se nos ve demasiado o que les molesta nuestra existencia.

Parte de las agresiones físicas saltan a los medios gracias a las denuncias que hacen las víctimas en las redes sociales y eso produce un doble efecto: por una parte, tienen una gran utilidad para denunciar y mostrar ante el mundo la violencia. Por otra parte, nos sirve de recordatorio de lo que nos podría suceder algún día. Lo mismo sucede con los titulares o las piezas televisivas que, pese a no mostrar el resultado de los golpes, anuncian una “brutal paliza” a dos chicas trans en Valencia, a un chico trans en Toledo, a una joven trans en Barcelona, a una mujer trans en Hospitalet o un ataque “con un ladrillo” a una pareja de lesbianas que se estaban besando en Ciudad de México.

Hay veces que estas agresiones no son contra nuestros cuerpos sino contra nuestros símbolos, como el reciente ataque a una exposición sobre el Orgullo en Valencia. Hay otras veces que esas agresiones tienen por resultado final acabar con nuestras vidas: como el tiroteo por parte de un hombre en un club gay de Oslo o el ataque que un grupo de 31 neonazis quería perpetuar en el Orgullo de una ciudad de Idaho. Una vez más se emite un mensaje claro: “Vamos a por vosotros”.

Límites traspasados

¿Qué es lo que persigue el relato mediático del terror LGTBI+? Aleccionarnos, dominarnos, corregirnos, disciplinarnos y controlar nuestros cuerpos. Si como resultado de todo este bombardeo comunicativo, alguien se plantea que es mejor no jugársela, no llamar la atención en la calle, esconder la pluma, no darse un beso en público, no ponerse ese top, no hablar en voz alta delante de determinadas personas, no pisar ciertos espacios, pensárselo dos veces antes de follar o de hacerse una cuenta en alguna red social entonces en ese preciso momento el relato mediático del terror queer habrá tenido el efecto esperado: reprimir nuestras vidas y las libertades conseguidas. 

El mensaje que queda en el poso de estas agresiones nos dice que no nos pasará nada si somos buenas, si estamos quietas en un rincón, si estamos asimiladas en la cisheteronorma, si pasamos desapercibidas. El terror LGTBIQ+ busca nuestro borrado.

Como siempre, y como viene siendo habitual en la historia de todas las disidencias, está en nuestras manos no dejarnos someter por estos mecanismos correctivos. Nosotros, nosotras, nosotres llevamos una mochila detrás y sabemos lo que es haber sido pisoteadas, calladas y torturadas. Nos ha costado llegar a este punto en el que cada vez nuestra existencia es más habitable y tenemos claro que no nos vamos a volver a armarizar ni a esconder. Tras el tiroteo en Oslo, los organizadores del Orgullo decidieron cancelar la marcha y todos los eventos relacionados con él. Sin embargo, vecinos y vecinas de todas las edades respondieron al miedo y a las amenazas saliendo a la calle. Tenemos más poder del que creemos. El terror y el reaccionarismo no nos van a quitar nuestras vidas.

*Este artículo fue publicado originalmente en Pikara. Para saber más sobre nuestra alianza con este medio, clic acá.

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