Agustín Romero: “Ser joven es buscar constantemente algo que no se sabe qué es”

El autor publicó La Juventud, su segunda novela. De trama intensa, aborda los vínculos amorosos, amistosos y eróticos de un grupo de amigos.

29 de abril de 2022
Verónica Stewart

BUENOS AIRES, Argentina. “Toda casa está llena de fantasmas, dice Esteban”. Agustín Romero lo sabe bien: todo hogar, toda familia, toda amistad está atravesada por cierta oscuridad. Toda juventud, pura pulsión de vida, está definida por cierta pulsión de muerte.

Estos son algunos de los conceptos que el autor explora en su último libro, La Juventud. Después de su primera novela, El paraíso de los solos, Romero vuelve a visitar ciertos escenarios de su infancia – específicamente, Trelew – pero lo hace despojado de la narrativa lírica, “casi barroca”, dirá él, que ostentaba previamente.

En La Juventud, pasa al frente la acción. A través de una trama vertiginosa que sigue a un grupo de amigos en las calles de Buenos Aires, con sus violencias, compañerismos y encuentros sexuales definidos por niveles muy variados de amor y cariño, Romero intenta hacer una radiografía de un momento bisagra en la vida, documentar el proceso de un duelo, fotografiar el gesto de la amistad. Y lo logra.

La Juventud es el segundo libro de Agustín Romero.

– ¿Cómo surgió la idea de La Juventud?

-Trabajé con algunos disparadores reales de mi experiencia – sobre todo en relación a mi viejo – aunque después los distorsiono. Tiene algunos elementos autobiográficos, pero más relacionado a ciertos climas y atmósferas que he vivido; son más emocionales que de hechos. La carta de mi viejo del final es real, tomé la que escribió él. De hecho, también hay unos signos sutiles en relación a la militancia que él hacía en la década del 70. La novela tenía cincuenta páginas más que fueron arrancadas, y ahí se veía un poco más el pasado de ese padre. En un punto, la novela es como una despedida a mi viejo. Me interesaba sobre todo narrar ciertos efectos que viví de ser hijo de alguien que militó en los 70 y las consecuencias muy fuertes que eso tuvo, sobre todo en una cuestión de mucha melancolía. De ahí empieza y después se va abriendo. También quería hablar un poco de la amistad, mostrar que también está llena de celos, de todo. Es un vínculo amoroso muy fuerte.

– ¿Qué une a esos personajes, a ese grupo de amigos?

-Algo del dolor, me parece, y de experiencias bastante fuertes que les tocó vivir en su vida. Ese es su territorio común. Hay uno que es de clase alta, pero tiene ese padre que es bastante perverso, de mucha violencia. En la novela hay distintos tipos de violencia. El Tigre tiene a la madre que se va y no vuelve nunca, y se queda ese padre tan complicado. La relación de Esteban con su padre también tiene sus violencias. Hay algo de las figuras de los padres ahí bastante intensas y fuertes, algo de eso que también los une. Aparte en el pueblo, en el Sur, vas a escuela pública y se mezclan un poco las clases. Acá está más sectorizado.

-Las vidas de los personajes son medio trash, atravesadas por bastante violencia y por una búsqueda de algo que ni ellos saben qué es. ¿Cuánto de eso está atravesado por ser LGBT?

-Creo que está muy atravesado, o al menos en los ámbitos donde yo me muevo existe esa sexualidad más potente que transcurre en lugares más subterráneos. Ahora están más normalizadas algunas cosas y pasó más al frente, pero antes había algo más de misterio. Siento que ahora, al normalizarse, algo de eso se perdió, lo cual está buenísimo igual. Hay algo en los chavales que somos putos de ir al encuentro sexual clandestinamente que creo que trajo consecuencias en el modo de vincularnos también. Hay algo muy de descarte, medio neoliberal, en los vínculos sexoafectivos, sobre todo. De hecho, lo veo en mí también. Siempre me pareció horrible en otra gente, pero me di cuenta de que también estaba dentro mío.

– ¿Qué diferencias hay entre ser parte de la comunidad LGBT en Buenos Aires y en Trelew?

-En la novela hay algo del ritmo que es muy distinto. La parte que es Buenos Aires es mucho más vertiginosa, pero en Trelew se ve una oscuridad tremenda. Es difícil vivir la homosexualidad allá, obviamente. Yo soy de allá, viví allá hasta los 18 años y fue difícil. Sobre todo, porque no podés ni nombrar lo que te pasa, el deseo, la sexualidad y ya te están diciendo en tono acusatorio en la calle “puto, puto”. Es terrible. Imagino que ahora debe ser distinto, pero yo creo que sigue pasando en los pueblos.

-Las familias en la novela son bastante receptivas a la sexualidad de los hijos.

-Sí, el conflicto no pasa por la sexualidad de estos hijos, pasa por otros lados. No me interesaba moralizar acerca de la sexualidad o tomarla como un conflicto. En otro momento sí estaba bien como decisión política poner al frente eso, pero ahora me parece que ya no.

-Ser escritor, publicar un libro y ser abiertamente gay, ¿te parece que ya es activismo?

-Yo creo que hay un gesto político que me parece importante en pronunciarse sin ningún tipo de tapujo en relación a la sexualidad. No creo que eso baste ni en pedo igual. Hay gente que lucha y está más activamente luchando por los derechos. Tengo amigas travestis que están luchando de verdad. Creo que pronunciarse está bueno, es importante. Incluso me parece que está bueno que dentro de la obra que no se moralice, que la sexualidad de los personajes circule con mayor naturalidad, que no sea un conflicto eso. Es lo que me nace y lo que deseo. Pero no alcanza, hay gente que lucha en serio y que de hecho padece mucho más. Mis amigas trans tienen problemas, por ejemplo, con alquilar, incluso con todos los papeles en orden. Ahí te das cuenta de la lucha que falta.

– ¿Qué es para vos la juventud?

-Un poco la pensé en relación a ese padre en los 70, y esto de los efectos de ese momento, de Esteban siendo hijo de eso. Otro poco en relación a una búsqueda insaciable, algo de eso es ser joven; la idea de estar permanentemente buscando algo que no se sabe bien quién es. También surgió a partir de que una vez le pregunté a mi tía, que es como una madre para mí, qué era lo lindo de envejecer y me dijo “haber perdido la urgencia de la juventud”. Algo de ese carácter más urgente, cierta pulsión también mortífera al mismo tiempo.

29 de abril de 2022
Verónica Stewart

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