La pandemia contada desde La Voz Indígena, una radio comunitaria hecha por mujeres

La Voz Indígena transmite desde el norte de Salta (Argentina). Empezó a gestarse en un taller de mujeres y memoria étnica. Lleva 12 años al aire y en pandemia su rol fue crucial.

Por Elena Corvalán desde Tartagal (Salta). Fotos: Mariana Ortega y archivo La Voz Indígena


Felisa Mendoza está por cumplir 72 años y es una de las directoras de La Voz Indígena, la primera radio de pueblos originarios de Argentina. Trasmite desde Tartagal, en el norte de la provincia de Salta, y en el dial es la FM 94,5 mhz. Somos una organización indígena, fundada y dirigida por mujeres originarias”, se presentan sus integrantes. Y aunque en ningún momento de la charla Felisa pronuncie la palabra “feminismo”, su práctica y la de las mujeres que participan en este medio, se enmarca en la lucha por una sociedad libre de opresiones y con derechos para todes. La despliegan en el campo de la comunicación, pero también mucho más allá. En ese horizonte la radio es también un refugio. Frente a la pandemia de coronavirus La Voz Indígena funcionó como un espacio crucial con sus respuestas a la comunidad desde diferentes frentes, aun en medio de las dificultades. 

Felisa, La Voz Indígena

La radio comunitaria se ocupó de la difusión de saberes de su medicina ancestral, pero también de buscar alimentos y acompañar a las comunidades acosadas por el avance empresario sobre sus territorios.  

La Voz Indígena tiene tres directoras. Nancy López es otra de ellas. Comunicadora, niyat (cacica) de la Comunidad O Ka Pukie y destacada luchadora por los derechos de su pueblo.  En 2019 expuso en la ONU los abusos que padecen las comunidades indígenas de la zona. Nancy sí interpela su pasado y presente bajo la lupa del feminismo. Y hubo otras referentas históricas como Lidia Maraz, que ya no están. 

 Nuestro colectivo agrupa a personas de los diferentes pueblos originarios que habitan la zona”. Ellas saben que no importa el pueblo al que pertenezcan: pueden hablar del proceso de autorreconocimiento de los sufrimientos que padecen por ser mujeres.  Y también de la recuperación de la memoria histórica de sus pueblos. Esos son los grandes temas que se tratan en La Voz Indígena: la violencia de género, los derechos de las mujeres, el vínculo con el territorio, la agricultura, el idioma, las disidencias y la población trans.

De cómo la memoria se hizo radio 

La radio empezó sus primeras emisiones el 11 de octubre de 2008, pero había comenzado a tramarse mucho antes. Sus inicios pueden rastrearse en experiencias como el Taller de Memoria Étnica, surgido en 1999 a instancias de la antropóloga Leda Kantor.  

Felisa cuenta que con ella comenzó “a trabajar para conocer los derechos como mujer indígena”. Hace años la antropóloga se radicó en Tartagal y se sumó a los reclamos de los pueblos originarios. Hoy en día es reconocida como una hermana. “Ella visitaba nuestras comunidades y nos invitaba a su casa. Hacíamos los primeros talleres de mujeres de distintas etnias y ahí contábamos nuestros problemas. Y a veces teníamos el mismo problema”. 

Esos aprendizajes en el Taller, al que ellas también llaman de Memoria Histórica y eran reuniones de mujeres para hablar sobre sus derechos, fueron el origen de la radio. Se la pensó como una herramienta para visibilizar la discriminación y el racismo que soportaban, sobre todo en la atención de la salud. Fue un proyecto de mujeres al que después se le fueron sumando varones, sobre todo jóvenes.  

Comunicación contra el racismo y por los derechos

Felisa recuerda que al Taller de Memoria Étnica llegó en 2002 la propuesta de estudiantes de la Universidad Nacional de Salta (UNSa) para dar capacitaciones en comunicación social. Se anotó. Si bien en Tartagal había radios, no podían ir a plantear sus problemas, como la discriminación en el Hospital Juan Domingo Perón, donde las hacían esperar por horas, o los conflictos territoriales que los enfrentan con empresarios de la zona.

En ese taller eran capacitadorxs la docente universitaria Liliana Lizondo y también la comunicadora trans Casandra Sand, integrante, como ellas mismas y Leda Kantor, de la Fundación Aretede, la herramienta que usaron para avanzar en el proyecto de una radio propia. Como parte de ese taller, las comunidades consiguieron que en Radio Nacional Tartagal les cedieran una hora los sábados para hacer un programa. “Nos daban desde las 12 hasta la 1, pero teníamos que entrar y se cumplía la hora y ya teníamos que salir”. 

A veces eran tantos los problemas que no les alcanzaba el tiempo para contarlos. Tenían que esperar una semana para poder salir otra vez. Eran siete las comunidades que participaban y debían turnarse para el programa. “Entonces yo le decía a la Leda ¡cómo quisiera tener nuestra propia radio!”, recuerda María Miranda. 

Leda buscó un lugar para el estudio. “Era chiquitita la radio. Pero ya teníamos lo que es nuestro. Ya salíamos con tranquilidad de que no nos están apurando”. Entonces “cada uno traía el problema de cada comunidad”. Recurrentemente se hablaba de las largas esperas en el Hospital. “Nosotros como mujer indígena somos muy calladas, no exigimos. Llegamos al hospital a veces con nuestros hijos enfermos, o para tener familia, no estamos exigiendo que nos atiendan rápido, a veces somos tan pacientes que esperamos que terminen de atender a los otros pacientes y ya nosotros somos el último”

“Todo eso a mí me molestaba. ¿Por qué? Somos todos seres humanos, también nosotros como mujer tenemos derecho a que nos atiendan. Y por esa razón, tenemos nuestra radio”, cuenta Felisa. 

“Nadie sabía si había desnutrición” en las comunidades, “pero con esta radio, el pueblo ya está un poco enterado”, dice Felisa. Y cree que algo parecido pasó con la mala atención en el hospital.“Antes no se conocía, era como si fuera que todo estuviera bien, hasta ahora sigue (la discriminación) pero ya no tanto como antes. A una como pueblo originario nunca nos atendían como tienen que atender”. 

Radio en pandemia 

El aislamiento preventivo por la Covid-19 impactó en La Voz Indígena. La cuarentena implicó que durante un tiempo cesaran sus transmisiones. Algunxs de sus hacedorxs vivían en comunidades alejadas, en Yariguarenda o el Kilómetro 6 y no tenían medios de transporte para llegar. Ni hablar de transmitir desde sus casas, porque la gran mayoría de las comunidades tienen una precaria conectividad digital. Tampoco hay buena señal de telefonía, es más, las poblaciones asentadas sobre la ruta nacional 86 ni siquiera cuentan con energía eléctrica. 

Y además, emergieron otras prioridades, como indicó el técnico Sebastián Gómez en el Informe Nacional “Efectos socioeconómicos y culturales de la pandemia COVID-19 y del aislamiento social, preventivo y obligatorio en los Pueblos Indígenas del país” publicado en junio de 2020. La organización Aretede “desde que se declaró la pandemia se abocó, fundamentalmente, a conseguir y distribuir alimentos a través de las redes de la economía popular”. 

Desde la radio hicieron llegar mercadería y elementos de higiene. Pero las mujeres cuentan que hubo otro gran problema que afrontar: asistir y acompañar a las comunidades que en plena pandemia debieron enfrentar la presión de finqueros y empresarios por avanzar en sus territorios. Y la organización estuvo, sobre todo, ahí. 

Campaña de prevención en idiomas originarios  

En cuanto pudo retomar sus actividades, en mayo o julio de 2020, la Voz Indígena difundió cuñas en idiomas originarios sobre medidas de prevención del contagio del coronavirus. Y llevó adelante una campaña de comunicación, mediante afiches y audios, de pensamientos y saberes sobre medicina tradicional

“Así se le ha peleado a esta pandemia, con remedios tradicionales”, cuenta María Miranda. María es la hija de Felisa y forma parte de la radio. Dice que en el último año hubo una vuelta a los remedios que ofrece el monte, aún ahora, a pesar de los desmontes. Al uso de eucaliptus, limón, matico, que se hierve y se consume como agua. “El eucalipto era para hacerse vapor, y el limón, para combatir el dolor de garganta y el pecho”.

Felisa recuerda que en el peor momento de la pandemia, en el invierno pasado, la gente “tenía miedo de venirse al hospital porque le internaban y al otro día ya moría”. Y María dice: “Como ir a la carnicería era ya, así que la gente tenía miedo, entonces preguntaba con qué se podía curar”.

Refugio para quienes vienen de lejos 

Cada vez que son invitadas a hablar de la experiencia de la radio comunitaria, las directoras destacan la toma de conciencia de los similares problemas que afrontan las mujeres, sin importar a qué pueblo pertenezcan. También resaltan la solidaridad, que las llevó a que la radio funcione también como lugar de encuentro de lxs habitantes originarixs que desde todo el Chaco salteño van a Tartagal para realizar trámites y para la atención de la salud. 

Tartagal es la ciudad más importante del extremo norte salteño. Su hospital es de mayor complejidad de una extensa zona. Habitantes ubicados a más de 200 kilómetros, con tramos de caminos de tierra a veces muy difíciles de transitar, son derivados a la atención en esta ciudad. Lo cual representa un problema grande para personas de muy escasos recursos económicos, y más grande todavía cuando la costumbre de lxs originarixs del Chaco es que toda la familia acompaña a la persona enferma. Las familias se las arreglan como pueden para llegar a la ciudad, donde muchas veces no tienen parientes ni conocidos, ni plata para pagar un hotel. 

En ese contexto vino a insertarse La Voz Indígena. María Miranda, de la Comunidad 9 de Julio, describió a la radio “como un refugio para la gente que viene de más lejos”, sin familia en la ciudad. A ellxs se les abre la puerta “para que pueda quedarse una noche, hacerse un té. Tenemos una cocinita, hay baño, entonces pasan la noche e igual vienen al hospital. Vienen del Chaco, vienen de Alto La Sierra (ubicada en el límite tripartito con Paraguay y Bolivia, a 226 kilómetros de Tartagal). Y acá hay una piecita donde tenemos aunque sea una cucheta, tenemos colchones, se quedan ahí porque no tienen lugar donde ir a quedarse”.

Lxs integrantxs del equipo de la radio hacen vaquitas, “para comprar pan, azúcar” para ofrecerles. “Así que para nuestro pueblo esto es un refugio donde pueden venir tranquilamente a quedarse sin pagar nada porque vienen de lejos. A veces tienen escasos recursos, ni para comer. Y nosotros acá como miembros de la comisión nos ponemos a hacer algo” para darles una ayuda. “A veces no tienen ni pasajes para volverse a su casa”. 

“Todas tenemos el mismo problema”

María Miranda, La Voz Indígena, Tartagal (Salta, Argentina)

María destaca que esto se pensó viendo que “todas las mujeres de todas las comunidades, todas, tenemos el mismo problema”, viendo la “discriminación” hacia los pueblos originarios. “Se pensó en eso porque se ha visto a mucha gente sufrir en el hospital, se dormían afuera”. María también resalta que la iniciativa fue de mujeres y después se fueron sumando “los muchachos”, hay jóvenes sobre todo que se interesaron. 

Una de esas jóvenes es la comunicadora Edith Martearena, de la Comunidad Tejé, integrante de Aretede y técnica en Desarrollo Comunitario Indígena. “Nosotras también como organización de mujeres venimos haciendo un proceso de acompañamiento en lo que tiene que ver con la organización entre las comunidades en el acceso a la tierra, el territorio”. “Por eso también la radio pasó a ser un punto de encuentro de los referentes”. “Aparte, somos el único medio, por ejemplo, que si vienen a denunciar a un terrateniente. No les vamos a cerrar los micrófonos y sí lo hacen en otros espacios”.

Las mujeres de la radio consideran que “se nos escapa el tema jurídico”, tan necesario para afrontar los procesos penales y demandas civiles que les inician finquerxs con los que disputan las tierras. Por un año, con financiación externa, cuentan con la ayuda de una abogada no indígena, pero ya se termina. Y lamentan no hay abogadxs en las comunidades. En esta zona del NOA solo se dicta Abogacía en la privada Universidad Católica de Salta (Ucasal), y eso es un gran impedimento porque la matrícula la hace inalcanzable. 

Una de las cinco hijas de María Miranda cursó hasta el tercer año en la Católica, pero se le acabó la beca del Instituto Provincial de Pueblos Indígenas de Salta (IPPIS) y tuvo que abandonar. Ahora estudia la Tecnicatura en Desarrollo Indígena que dicta el Instituto Superior Intercultural Campinta Guazú, de Jujuy. Ella quisiera terminar Abogacía, pero no tiene los recursos económicos. Edith se recibió en esa Tecnicatura y dice: “Así como ella hay un montón de chicos que tienen aspiraciones de seguir estudiando pero uno no tiene como mandarlos, como empezar a ayudarlos porque bueno, uno acá vive el día a día”. 

Edith Martearena, comunicadora.

Derecho a hablar 

La Voz Indígena emite de lunes a viernes, de 9 a 18, con “una programación variada, en la mañana mayormente informativo, tres veces a la semana”. Hay programas de distintas comunidades. “En la tarde también tenemos programas en wichí, y también de una fusión de hermanos wichí y tobas, como son una pareja, hacen juntos”, cuenta la comunicadora Edith Martearena. “Y los miércoles y viernes tenemos un programa de una escuela, la Cacique Cambaí. Ellos vienen una horita también a hacer su aporte de estudiar con la radio desde casa. Otras maestras de Kilómetro 6 armaron un pequeño programa y lo pasan al mediodía”. 

María Miranda destaca la iniciativa de Leda Kantor para mover este proyecto: “Ella fue para abrir nuestro pensamiento, que nosotras tenemos derecho como mujer a hablar y decir lo que siente y piensa como mujer. Porque antes se sufría mucha violencia de género donde las mujeres se callaban. No contaban lo que pasaba en la comunidad, quizá por miedo o de vergüenza”. 

“Antes nosotros éramos de la casa. El hombre era el que salía a la calle a buscar para comer y todo eso”. Y cuando Leda fue a la comunidad a hablar con ellas, a cuestionar esos mandatos, “así se comenzaron a juntar las mujeres en todos lados”. 

Las palabras de Leda provocaron un cambio radical en la madre de María, Felisa Mendoza. “Ya mi mamá no paraba en la casa”, cuenta riendo la hija. Eso le trajo conflictos en su matrimonio: “Mi papá era de edad, y le decía mi mamá ‘tengo que ir a la reunión’. Y se iba, dos o tres días, se iba a Buenos Aires, a Catamarca, adonde había reuniones. Ella iba con los problemas que tenemos las comunidades, que sufrimos de desalojos del territorio, que nos vienen quitando nuestra tierra”. 

En aquel momento el más chicx de los cinco hijxs de Felisa tenía cinco años. “Mi esposo a veces me decía que yo dejaba abandonados a mis hijos. Yo le decía ‘voy por aprender más, demasiado a nosotros como pueblos originarios, como mujer, nos discriminan. Yo quiero conocer mis derechos’. Y así, conversando, lo convencía para salir otra vez. “Pero ya cuando iba más días, ya no le gustaba nada, a veces me iba una semana”. Felisa se explica: “Tenía la convicción”. 

Y empezó María a andar también 

Luego Felisa comenzó a invitar a las reuniones a María, que estaba casada. “Y me dice él (su marido), ‘ahora la vas a hacer pelear con tu yerno, a él no le va a gustar que salga ella’”. “Y en ese tiempo empezó María a andar también”

Felisa y María.

Con ocho hijxs, no viajaba tanto como su madre pero comenzó a participar de las reuniones. El esposo a veces la cuestionaba. Ella respondía: “en el futuro a lo mejor uno de mis hijos me va a seguir, tiene que saber nuestros derechos, de mujer, como defenderse, porque vos mismo sabés, en el hospital no nos atienden rápido, nos hacen esperar mucho porque somos de los pueblos originarios. Todos somos iguales, nadie más que el otro”. Y entonces él decía ‘está bien’. 

María siguió a su madre “después de tantos años que ella caminó. Porque hace más de 20 años (camina) y yo debe ser como diez, doce años, yo recién estoy a la par de ella, viendo para poder trabajar y apoyarla”. “Cuesta salir de la casa”, reflexiona. 

Aunque al principio iban muchas mujeres al Taller de Memoria Étnica, María recuerda que varias dejaron. Solo quedaron representantes de los pueblos Guaraní, Toba y Wichí. “Como mujer siempre nos cuesta, digo yo. Quizá las otras mujeres tuvieron también los mismos problemas con sus esposos”, razona. Destaca la persistencia de las mujeres: “si no hubiéramos seguido esto”, no tendrían la radio. 

Reuniones de mujeres, el germen de la radio  

Nancy López contextualiza aquellos primeros encuentros. “Era difícil. En el ‘99 no había cacicas mujeres, representantes mujeres”. Entonces “cuando nosotras decíamos que era reunión de mujeres ya los varones decían, ‘Bueno, no. Pero esto es nuevo para nosotros’. Como que ellos veían que no queríamos hacerles participar a los varones”. 

“¿Por qué de mujeres? Porque ahí al principio nosotros contábamos nuestra vivencia y era muy importante que estén solamente mujeres. Había muchas mujeres que habían sufrido, otras que habían estado en la guerra de Bolivia con Paraguay y tenían historias muy fuertes. Contaban cómo habían sufrido, cómo les tenían encerrada. Algunas habían sido violadas en la guerra”. Como el caso de una mujer que “tenía dos hijas menores, entonces para que no las agarren a las hijas ella se ofrecía, por las hijas. Esas cosas salían de esas reuniones de mujeres”. Se desahogaban. “Sacaban todo el peso que venía llevando, de aquí a 40, 50 años”. En esas reuniones muchas contaron que habían sido violadas por sus propios familiares, “ahí en la casa”. 

“Comenzamos ya a entender que nosotras tenemos derechos como mujer. Nadie puede venir a tocar mi cuerpo si yo no quiero. Nadie puede obligarme”. 

Nancy dice que ella no tuvo experiencias personales de violencia de género, pero “escuchando a muchas mujeres, a veces de edad, cargando todas estas cosas, ahí me dí cuenta que cuando una mujer siempre está calladita, no habla, no se ríe mucho, no juega, no hace bromas, esa mujer viene cargando algo de hace muchos años. Está sufriendo”.

Entonces comenzó su propio activismo tratando de ayudar a mujeres violentadas. Iba a visitarlas. a “preguntarle cómo está. A veces me dicen, ‘estoy bien’, pero cuando le ve al marido que llega, ya cambia. Ya no se ve esa sonrisa, baja la cara” y “aunque me dice que está bien yo conozco que no está bien”. 

Nancy afirma que esas reuniones fueron sanadoras para muchas mujeres. Experiencias “lindas” y a la vez “dolorosas”. “Porque veía a una madre como lloraba, se desahogaba en esas reuniones y han salido libres, ya con ganas de seguir hablando. Y una compañera, ‘bueno, entonces yo puedo salir adelante sola, sin el hombre’, porque el pensamiento era que sin el hombre no podía hacer nada. Así nos enseñan por ahí también, que sin una pareja vos no podés hacer nada porque sos mujer”. 

Nancy dice que ese darse cuenta fue fundamental para muchas. Que una mujer pudiera darse cuenta que “sin su pareja, que era un hombre violento, podía salir adelante. “Entonces uno va logrando muchas cosas, y son buenas las cosas, porque a veces nosotros como mujeres de pueblos originarios somos las que callamos, siempre callamos todo lo que nos pasa, todo lo que sufrimos, lo que llevamos cargando”, en “un silencio total sobre todo”. 

Nancy López, La Voz Indígena

Libros por la memoria y la identidad  

Leda Kantor, dicen, también las animó a recuperar las historias de sus pueblos, para que no se perdieran. “Y así nosotras hemos salido cada una en su comunidad a sacar historias”, cuenta Felisa. Visitaban a lxs ancianxs de cada comunidad y les pedían que contaran sus recuerdos. A veces tenían que ir dos, tres veces, porque por lo general no querían hablar. “No querían contar la historia, era un sufrimiento recordar lo que han pasado en la guerra entre Bolivia y Paraguay. Mucha gente vino a la Argentina en ese tiempo”, explica María.

A las mujeres les quedó en a memoria “una ancianita que ya no está. Lloraba contando esa historia de cuando ella tendría como diez, doce años. Recordar lo que ha pasado en su vida era muy triste”. Esa historia, y las otras, quedaron en los libros que las mujeres confeccionaron y editaron con la intención de hacer memoria para “jóvenes que quieran saber cómo venían viviendo los pueblos originarios en su tiempo”. 

El primero, “Luna, tigres y eclipses”, fue editado en 2003. El segundo libro, “El anuncio de los pájaros”, en 2005. En breve esperan publicar otros tres. El confinamiento por el coronavirus fue uno de los motivos que llevó a las mujeres de la radio  a retomar aquel intercambio del Taller de Memoria Étnica. Ahora trabajan en una serie de libros próximos a publicarse. “Saberes, memorias y relatos que narran las luchas históricas de los pueblos originarios del norte de Salta”, otra dimensión crucial de la tarea que lleva adelante La Voz Indígena. “Somos parte activa de la historia de los pueblos y luchamos por el territorio, el derecho a la comunicación, la memoria étnica, la igualdad de género y, fundamentalmente, por nuestra identidad indígena”.

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