La Navidad de las travas: una mujerona en la zona roja

Cada año, para Navidad, las travestis deambulamos solas en la zona roja. Vamos buscando no sé qué, quizás algo que nos ayude a olvidar esos días de familia cuando celebrábamos en el norte argentino.

24 de diciembre de 2020

Por Alma Fernández

Cada año, para Navidad, las travestis deambulamos solas en la zona roja. Vamos buscando no sé qué, quizás algo que nos ayude a olvidar esos días de familia cuando celebrábamos en el norte argentino. En Navidad no tenemos nada que festejar y a nadie a quien abrazar.  Cada año para navidad el sida a una se va a llevar.
Cada año para navidad  a las travas nos toca pagar: hace una semana que enterramos a la Jenny y todavía me siento mal. A mí me encanta la navidad. Porque en el día de hoy como  todos los años, mi mamá me da un beso.  Este día mi mamá se olvida que me visto de mujer y, según ella, perdona todas mis locuras.

Desde que nací fui marcada a fuego de hierro con el símbolo de un espiral en la frente. Mi espiral asignado fue el de la miseria (yo no lo elegí). El más cruel de los destinos se ensañó conmigo y mi apellido.  Él me castigo maldiciéndome, arraigando mi cuerpo a una sociedad equivocada. Porque fui engañada.  Barajé mi suerte eligiendo un cuerpo de hombre, para saber y aprender qué se siente ser una mujer-hombre. Para saber en mi piel lo que se siente ser una mujerona (trava-caballo-asno).  Les que no me conocen piensan que tengo una vida fantástica, a lo que respondo: tengo una vida de fantasía. Porque en la fantasía descubrí que yo puedo escapar de mi realidad.

Algunas impaciencias y prejuicios  no permitieron en mis padres la tan ansiada aceptación. Tuve que matar al niño. Yo que siempre fui niña. Como si eso hubiera impedido que yo no acabara dando tumbos en la zona roja. Apostando al cliente o espantada por  buitres, hacinada en una pieza de hotel. Un hotel  que dependiendo de la economía del país y de cuánto le guste a los clientes, voy a poder pagar.

Hoy otra vez me volvieron a echar del hotel familiar donde vivo. Siempre la misma escena. Yo, callada, en silencio escuchando las noticias de la radio a oscuras en la habitación.  Sabiendo que en cualquier momento  me van a golpear la puerta y la palabra mágica será: “Se vencio la quincena. ¿Se queda o se va? 

Quizás algunas de las que me conocen piensen que hago de la pobreza una  bandera. Quizás las que me ponen like en las redes lo hacen para reírse de mí. Capaz piensan que mi vida es un desastre. Ellas lo único que  dicen de mi es que soy un loco o un ente. A lo que yo diré que sí, a veces también eso soy.
Muchas veces las que no me entienden abusaron de mí. Aunque si lo pienso mejor muchas veces el mundo me abusó.

Sufro y me castigo por no tener  un par de zapatos talle 43 para combinar todos los días. También por no haber conocido nunca el amor. Aunque sí albergo la esperanza de que algún día yo sí pueda ser amada. Conozco una a una cada esquina y calle de la ciudad (no sé para qué).  Siento las miradas  de asco de los que se van a trabajar en la mañana y me ven ahí parada. Podría llegar a cualquier punto de cualquier lugar en donde este. Siempre y cuando sea de noche. Todavía hoy no puedo entender cómo las personas pueden vivir de día. Y cómo yo no puedo aprender a hacerlo también.

Muchas veces me ofrecieron un triste amor eterno. A esos yo los denomino con el nombre de amor precoz. Es que cuando llega el día o se termina el turno del telo se acaba el encanto. Trago, chupo, escupo. Gozo y me entrego. Pero nada funciona. Incluso calzar cuatrocientos cuarenta y tres no alcanza.


Me la paso buscando algo por qué vivir o por qué morir.  Algo que me ayude a calmar el dolor. Si yo no soy feliz ¿para qué voy  a vivir? ¿cómo se puede vivir con hambre, apretada por las deudas? Como buscando una justificación corro y apuesto mi suerte cada vez que me subo a un auto. Muchas veces sin pensarlo demasiado no usé forro con desconocidos, solo me deje llevar. Un día mientras hacía un servicio un cliente me dijo que nosotras vivimos hasta los treinta y cinco años.

Desde ese día  solo pienso en eso, en llegar a cumplir los 35 y que se termine el dolor. ¿Cómo voy a saber cuándo cumpla treinta y cinco si no sé leer ni escribir? ¿Cómo voy a morir yo? ¿Y cómo será morirse travesti? Me alcanzara con travestir la muerte. 

Desde que tengo uso de razón, soy una mujerona (trava-caballo-asno)  sin corazón.  Que no pudo jugar con muñecas cuando  niña. Solo dos cosas siempre fueron claras para mí: la pobreza y la desesperación. Pero ya no duele eso, ya no duele porque sé que me voy a morir joven y sola. Y ese día no me va a pesar más nada. Porque ya no tendré un cuerpo que cargar.  Me volveré viento, me volveré noche, me volveré furia. Pero no esta Navidad.

24 de diciembre de 2020

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