Interseccionalidad y feminismo descolonial: volviendo sobre el tema

¿De qué hablamos cuando hablamos de interseccionalidad? Escribe Yuderkys Espinosa. "El feminismo descolonial y antirracista hoy se vende como pan caliente".

23 de diciembre de 2020

Por Yuderkys Espinosa Miñoso/Ilustración: Señora Milton/Pikara*

«Dominar la interseccionalidad va más allá de citar nombres legendarios cuyas obras no nos hemos dado el tiempo de estudiar en profundidad porque, si lo hiciéramos, quizás no las citaríamos, ya que sus posiciones son muy distintas a las que estamos sosteniendo», escribe Yuderkys Espinosa.

El feminismo descolonial y antirracista hoy se vende como pan caliente a la vuelta de cualquier esquina. Al tiempo que esto nos llena de satisfacción, debo reconocer que una angustia me invade. En la medida en que se amplía el movimiento nos enfrentamos a un problema latente: el riesgo que se corre es el de una pérdida de identidad y radicalidad del gesto, un proceso mediante el cual muchos de los postulados críticos que nos animaron y que nos guiaron en las batallas que libramos contra el feminismo blanco parecen diluirse o perderse con el paso del tiempo. Me pregunto cuánto de este proceso de expansión de una consciencia decolonial termina siendo más nominativo que sustantivo.

Cuando llegué al feminismo vi cómo un puñado de feministas negras se nucleaban hacía 1992 creando una red que las articulara, al tiempo que le reprochaban al feminismo la falta de mujeres negras en sus espacios. Este movimiento de corta data no escaló a mayores una vez que una buena parte de sus líderes principales lograron insertarse en el mainstreim feminista y su mercado laboral, dentro de las instituciones estatales y de la cooperación internacional. Un poco más de una década después, y ya en un nuevo siglo, algunas de las participantes o testigos de aquel 1992 nos vimos obligadas a volver sobre la cuestión y lo hicimos complejizando el análisis y revisando el programa político a seguir. Digo que nos vimos obligadas por las circunstancias, luego de haber persistido en formar parte del movimiento feminista unificado y bajo el lema de la sororidad entre mujeres, terminamos dándonos cuenta de la falsa. De allí surgió un gesto radical que permitió una crítica contundente al feminismo hegemónico y contrahegemónico (de donde algunas de nosotras veníamos) observando sus complicidades con el eurocentrismo, por tanto, con el racismo y la colonialidad. En ese proceso de desprendimiento decidimos involucrarnos activamente en impulsar un movimiento de feministas no blancas capaz de confrontar la comprensión feminista más difundida y su programa de liberación. Este nuevo momento lo hemos dado a conocer como feminismo descolonial o como feminismo antirracista. Pero en el ínterin nuevas nomenclaturas han aparecido o han sido reapropiadas: feminismo negro, afrofeminismo, feminismo interseccional, etc.

Esta última nominación recrea lo que quizás es uno de los aportes más importantes y el más conocido del feminismo negro: la interseccionalidad. Esta perspectiva es aquello que reclamamos como lugar común las feministas racializadas y, cada vez más y de forma inesperada, feministas de toda índole. Con el tiempo, sin embargo, aquellas que la introdujimos en la política feminista latinoamericana, las mismas que nos hemos dedicado a su estudio riguroso, vemos un uso cada vez más extendido del sustantivo “interseccional” para justificar lecturas de la realidad, a mi entender, cada vez más alejadas de las que desde los años 70 del pasado siglo empezaron el proceso de pensamiento gracias al cual Kimberle Crenshaw terminó acuñado el término. Si ya las primeras feministas descoloniales antirracistas de América Latina y El Caribe habíamos observado las ventajas y debilidades de la analítica interseccional, en los últimos años hemos visto cómo estos problemas se recrudecen bajo una recepción, a mi entender, distorsionada, que da continuidad al relato y programa feminista producido inicialmente por el feminismo blanco que hemos pretendido confrontar, pero que ahora aparece disfrazados bajo discursos o autoidentificaciones que proclaman asumir esta perspectiva.

A esto hay que agregar un nuevo problema con el que no contábamos, el feminismo negro o el afrofeminismo contemporáneo al nombrarse desde una identidad arrastra consigo el problema de la política de identidad. Sucintamente esto refiere a la falsa creencia de que hay una unidad entre experiencia, política y deseo. Aunque efectivamente la interseccionalidad solo habría de surgir de cuerpos racializados esto no aplica en viceversa: no todos los cuerpos racializados tendrían que desarrollar esta perspectiva de forma “natural”. Algunas de nosotras hemos dedicado años a estudiarla, aplicarla, aprender de la experiencia observando sus desarrollos y sus límites. Dominar la interseccionalidad va más allá de citar nombres legendarios cuyas obras no nos hemos dado el tiempo de estudiar a profundidad porque, si lo hiciéramos, quizás no las citaríamos ya que sus posiciones son muy distintas a las que estamos sosteniendo.

Estamos en un momento en donde mujeres y personas no normativas de género y sexualidad blancas, así como compañeres racializades o de origen subalterno, hablan indistintamente de interseccionalidad y hasta pretenden enseñar de qué se trata al mismo tiempo que una ve con pesar cómo dejan intacto el análisis y la política feminista a la que esta vino a oponerse. La interseccionalidad no es una identidad, no cae del cielo, no se hereda, no es una condición natural perteneciente a algún grupo. Esta idea de que un sujeto por su sola condición porta o representa naturalmente un proyecto político es un grave error que deberíamos evitar. La interseccionalidad tampoco es investigar o trabajar con población indígenas, afro o popular; en realidad esto se ha hecho siempre. Si al decir interseccionalidad el discurso feminista queda intacto, si el argumento, el análisis, el tratamiento apenas es aplicar las máximas convicciones y verdades feministas (blancas) a la comprensión del mundo de las de abajo y redoblar la apuesta señalando que allí todo se recrudece, estamos comprendiendo muy mal la tarea.

La interseccionalidad por el contrario nos encamina hacia una nueva forma de interpretación que abandona el punto de vista feminista conocido y centrado en género por uno más comprensivo. La falla de los principales sistemas críticos de interpretación del orden social -marxismo, feminismo, teoría crítica de la raza- consiste en que cada uno pretende dar una interpretación a partir de lo que asume como el eje de dominación fundamental. Cuando se parte de esta suposición se construye una falsa unidad de la cosa definida por este eje o categoría, al tiempo que una falsa idea de autonomía de la categoría. Pero hay una inseparabilidad de la dominación y de la experiencia de dominación que excede al método categorial que intenta explicarla.

Pero, ojo, como nos advierte María Lugones, la interseccionalidad no resuelve el problema, solo lo muestra. La interseccionalidad puede dar la falsa impresión de que más allá de la intersección estos conjuntos existen y funcionan independientemente. La realidad es que el conjunto “género”, por ejemplo, es una producción históricamente pensada para y experimentada por las mujeres blancas y todo lo que de allí se desprende está pensando desde ellas. Por lo tanto, todas las verdades, las posturas, las estrategias elaboradas desde la categoría de género, NO SIRVEN para pensar las condiciones de nuestra dominación como racializadas. Es por esto mismo que hacer interseccionalidad no es tomar esas interpretaciones y replicarlas para las mujeres negras, señalando que “además del racismo nos afecta el orden de género”. Afirmar esto es no comprender que el género siempre está condicionado por la colonialidad y la estructuración racial del mundo.

Para que se entienda de lo que hablo quiero poner un ejemplo. Una gran mayoría de las feministas que hoy dicen que tienen una mirada interseccional o antirracista (incluyendo feministas negras), así como una parte de la academia y de las instituciones, efectivamente ha incorporado una sensibilidad ante el racismo. Esto no ha significado, sin embargo, el abandono del punto de vista feminista blanco cuando se trata de los problemas que la teoría y el programa feminista han definido como propios. Entonces te encuentras con feministas que se escandalizan ante el asesinato de George Floyd o ante que el Estado chileno deje morir al Machi Celestino en huelga de hambre por una condena injusta. Es la misma gente que se horroriza porque las cárceles están llenas de villeros, varones negros e indígenas, migrantes de países pobres del sur en el norte global y personas racializadas en general. Digamos que, ante estos problemas evidentemente provenientes de la analítica crítica del racismo, parece haber un consenso de indignación generalizada dentro de nuestros movimientos feministas y de izquierda.

Ahora bien, resulta altamente contradictorio que esta misma gente es la que va a centrar sus exigencias de justicia para las mujeres a partir de una condena ejemplar (por la vía judicial o por el escrache y la proscripción social) a aquellos que han cometido algún tipo de falta contra «las mujeres», desde la falta más pequeña hasta la más cruel y despiadada como el homicidio. La justicia feminista pedirá más cárceles, mayor control policial y penas más altas contra violadores, maltratadores, asesinos, traficantes, etc. Cuando se trata de delitos menores el nivel de ensañamiento no será menor, aunque se tramite a través del escarnio y la persecución pública. Para la justicia feminista todos los varones son igualmente sospechosos no importa su origen racial-étnico, su condición social, su procedencia. Si ya se ha aceptado que las mujeres no son una, esto parece no afectar el tratamiento de los varones de la especie. Todos recibirán el mismo tratamiento… al menos en teoría. Porque, debemos recordar las caras más visibles y representativa de estos machos, maltratadores, violadores, asesinos, narcos… en su gran mayoría son varones racializados.

Sin embargo, más allá de un sistema judicial injusto y racista que condena a los pobres y excarcela a los poderosos, más allá de las condenas a inocentes solo por la portación de cara, estos varones están allí porque han cometido algún delito, no porque sean unos santos. Esto lo tendremos muy presente cuando se trate de condenarlos y pedir justicia porque han tocado a una mujer, pero parece que lo olvidamos o decidimos darle otro tratamiento cuando nos indignamos porque las cárceles están llenas de varones negros e indígenas. Mientras en un caso somos implacables en pedir su cabeza, en otro caso nos indignamos por un sistema que los condena sistemáticamente a ser la escoria social. Parecería como si no se trata del mismo sujeto, pero no, al final se trata del mismo sujeto racializado que en un caso produce empatía por ser una víctima de un orden social que lo condena y en otro caso solo merece nuestro ensañamiento, repudio y condena; si antes nos horrorizábamos por la actuación policial ahora somos los verdugos que anunciamos su muerte, gritando al Estado y a la policía que actúe.

¿Cómo explicar esto? Esto es justo lo que la interseccionalidad nos advierte. Se trata de que respondemos de acuerdo a la definición del problema y al tratamiento del mismo desarrollado desde cada uno de estos conjuntos analíticos producidos a partir de una categoría central. Cada problema ha sido definido desde un sistema de interpretación y desde allí se define el tipo de respuesta, actitud o solución al mismo. Cuando se tratan problemas clásicos de la lucha antirracista aplicaremos el tratamiento que se desprende de este programa de interpretación y acción, cuando se trata de “mujeres” aplicaremos el análisis y el programa político del feminismo… ¡blanco!

Entonces pongámonos claros: o estamos de acuerdo en que los maten o encarcelen a todos o comencemos a pensar seriamente los procesos constitutivos de esta masculinidad violenta que, por supuesto, excede el análisis de género, porque no se trata solo de que si le dan pelotas y pistolas desde chicos, se trata de unas condiciones histórico estructurales que van configurando esa subjetividad.

El reto que nos plantea la interseccionalidad implica el abandono progresivo de la mirada categorial y sumativa, por una más alquimista en donde el orden de género siempre está racializado y mediado geopolíticamente; una donde estos tratamientos se funden, produciendo uno nuevo, alejado de las formulaciones a las que nos tiene acostumbradas ya el feminismo. Ello nos permite avanzar hacia una políticay de forma muy distinta de acuerdo al lugar que ocupamos comunitariamente dentro de la matriz de dominación y, concomitantemente, la manera en que actuamos para enfrentarla No deberíamos olvidar esto en el análisis ni en la definición de estrategias para frenar los problemas a los que nos enfrentamos desde un punto de vista no dominante y desde aquellos más afectados por la colonialidad.

*Este artículo fue publicado originalmente en Pikara. Para saber más sobre nuestra alianza con este medio, clic acá.

23 de diciembre de 2020

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