Cis/Trans: algunas consideraciones lingüísticas

Por Teresa Maldonado/Pikara Magazine* Ilustración: Sra. Milton  A raíz del artículo sobre la libertad de expresión y el lenguaje del odio publicado en Pikara Magazine el pasado verano he recibido mensajes de amigas de los dos bandos (tengo amigas —y enemigas, me temo— en los dos lados del debate, y, sobre todo, en el medio, que es el…

21 de octubre de 2020

Por Teresa Maldonado/Pikara Magazine*

Ilustración: Sra. Milton

 A raíz del artículo sobre la libertad de expresión y el lenguaje del odio publicado en Pikara Magazine el pasado verano he recibido mensajes de amigas de los dos bandos (tengo amigas —y enemigas, me temo— en los dos lados del debate, y, sobre todo, en el medio, que es el más ancho y donde más gente cabe). Llama la atención que todas las que tienen muy clara su posición en uno u otro extremo consideren siempre que son «las otras», las del otro lado, quienes disponen de más y mejores medios para difundir su mensaje y su punto de vista; que son «las otras” las menos respetuosas, las más violentas en la discusión y las menos rigurosas en el análisis. Por lo que se refiere a los contenidos, una de las cuestiones disputadas es la conveniencia de utilizar la terminología que distingue cis/trans. Lo que sigue es una reflexión sobre esto último.

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Sigo en Twitter a Násara ⚢ نصرة @SahrawiFeminist. Hace unas semanas escribió lo siguiente en su cuenta: “(…) Voy a explicar por qué se nos denomina ‘Cis’. Se nos denomina así porque se supone que nacer mujer y ajustarte al corsé de la feminidad es un privilegio”. A continuación, hilvana un hilo relatando las restricciones, limitaciones, prohibiciones, miedos, tabúes y exclusiones en los que fue educada y socializada durante sus años de infancia y juventud en el campo de refugiados saharaui en el que nació. Y termina concluyendo, entre otras cosas: “Dicho todo esto, no me llames ‘Cis’, no romantices la feminidad que se me ha impuesto desde que tengo uso de conciencia y que tanto daño me ha hecho y me sigue haciendo. No me impidas luchar contra el género porque sé de primera mano sus consecuencias sobre las mujeres”.

En esa misma línea, una de las amigas que me escribió después del artículo sobre la libertad de expresión me decía que las feministas no podemos ser cis porque luchamos contra la imposición del género. Para ella, por lo tanto, como para Nássara @SahrawiFeminist ser cis es aceptar (o no luchar contra) la imposición de género. Dejo para otra ocasión la cuestión de si debemos “abolir” el género como plantea esta amiga y otras muchas feministas o “luchar contra él”, como quiere Násara @SahrawiFeminist, o si se trata más bien de “deshacerlo” (como reclamaba Judith Butler en el título de uno de sus libros), en qué consistiría cada una de esas acciones (abolir, luchar contra, deshacer) y hasta qué punto son cosas divergentes, distintas, complementarias o… ¿incluso lo mismo? (¡anda que estaría bueno!).

¿Pueden las personas cis hablar sobre las identidades trans?

¿Pueden las personas cis hablar sobre las identidades trans? Cuando me refiero a “hablar”, hago referencia a: escribir sobre nosotras, dar clases, seminarios sobre temáticas travesti-trans o “negociar” con politicxs sobre políticas publicas.

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Wikipedia nos informa de lo siguiente: “Cisgénero (abreviado cis) es un neologismo y tecnicismo de origen alemán propio del campo interdisciplinario de los estudios de género, término que es utilizado para hacer referencia a aquellos individuos cuya identidad de género coincide con su fenotipo sexual. Lo opuesto a cisgénero es denominado transgénero. El neologismo fue introducido en 1991 por el psiquiatra y sexólogo alemán Volkmar Sigusch”. Alude después a algunos de los vericuetos por los que podemos introducirnos si consideramos la diferencia que hay entre cisgénero y cisexual, paralela a la que se da entre transexual y transgénero. Pero eso lo dejamos también ahora de lado.

En esta ocasión quiero ir solo a la distinción cis / trans. Es cierto que a algunas no nos gusta mucho lo que entendemos como exceso de referencia a la (a nuestra) condición de cis. Igual tenemos un problema político y de privilegio, no lo descarto. Dentro de esas a las que no nos gusta que se aluda permanentemente a la distinción entre mujeres o personas cis y trans, hay algunas (entre las que ya no me cuento) que llevan especialmente mal ser nombradas (o adjetivadas, luego lo veremos) como cis y apuntan una serie de objeciones, en la línea de las que mencionaba arriba. El hilo de Násara @SahrawiFeminist pone de manifiesto ese malestar o desacuerdo con la utilización reiterada del prefijo cis. En realidad, creo que más que desacuerdo es un malestar que, como todos los malestares, es difícil de acotar y objetivar, pero que se presenta como discrepancia teórica, creo que de forma un poco forzada. Veamos.

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Es sabido que el prefijo cis significa en latín “del lado de acá”, lo contrario de trans, que sería “lo del otro lado”. De ahí que se pueda hablar, por ejemplo, de lo cismundano para referirse a lo que tiene lugar en este mundo, frente a lo transmundano, que sucedería más allá. Pero creo que la razón para usar esa terminología tiene que ver no con los significados de las palabras (con la semántica) sino con sus relaciones estructurales (con la sintaxis). Concretamente, con la distinción que se hace en lingüística entre términos «marcados» y términos «no marcados». Según esa distinción, lo «no marcado» alude a los referentes extralingüísticos más abundantes de un término; sería lo general, la regla que puede (y suele) tener excepciones. Lo «marcado», en cambio, se refiere a lo particular, a lo que no abunda, a la excepción que confirma la regla. Por ejemplo: si en nuestro discurso habitual decimos por un lado “los hombres” y por otro “los hombres negros”, ponemos de manifiesto que el referente extralingüístico del término «no marcado» (hombres) son en realidad los hombres blancos, y que para referirnos a los hombres negros hay que especificarlo, es decir, “marcarlo” en el lenguaje con una adjetivo que puntualice de qué hombres hablamos.

De manera similar, si decimos “mujeres” por un lado y “mujeres trans” por otro, queda patente que las mujeres trans no se incluyen, de hecho, en la categoría mujeres (sin marca). En cambio, cuando hablamos de “mujeres cis” por un lado y de “mujeres trans” por otro, estamos entendiendo y dando a entender que la categoría mujeres (sin marca lingüística) debe incluir a unas y otras, y que si queremos referirnos solo a unas o solo a otras, tenemos que marcar el sustantivo mujer en los dos casos: mujeres cis y mujeres trans. De esta forma mujer trans deja de ser el término marcado y se equipara sintácticamente a mujer cis. Lo cual supone que mujeres —sin marca— incluye (debe incluir) a ambos tipos de mujeres.

Aunque no suele estar explícito, este es el planteamiento de una de las partes en la disputa feminista; la otra parte no lo acepta porque viene a decir que o bien las mujeres trans no son “verdaderas” mujeres, o bien las mujeres trans son eso, mujeres trans, pero no mujeres a secas. No querer utilizar la marca cis implica mantener trans como marca de la excepción o la minoría, lo cual, por otro lado, no deja de responder a la realidad, dado que las mujeres trans son, efectivamente, una minoría dentro de la categoría mujeres (igual que los hombres).

Como puede verse, el concepto de “no marcado” en lingüística es muy similar al de “por defecto” (que se usa en informática y en otros campos). Se manifiesta cuando alguien nos dice, por ejemplo, “vi un hombre a lo lejos” y automáticamente pensamos, sin darnos cuenta, en un hombre blanco, asumiendo implícitamente que si el que vio hubiera sido un hombre negro, seguramente nos habría dicho “vi un hombre negro a lo lejos”. Este automatismo es producto de un sesgo racista similar en su forma al sesgo androcéntrico. Aunque también sucede que lo que por defecto imaginamos sin darnos cuenta al oír un nombre común sin adjetivar (“hombre”) está muy condicionado por el contexto: no es lo mismo si quien emite y/o quien recibe el mensaje (“vi un hombre a lo lejos”) es una persona blanca o es una persona negra; la referencia que nos viene a la cabeza también varía según la frase sea dicha y escuchada en Harlem, o en una aldea de Siberia o en una ciudad centroafricana.

Distinguir habitualmente cis y trans evita que pueda producirse el efecto del salto semántico que las lingüistas feministas han visto y denunciado en el uso del masculino gramatical como genérico. En el caso que nos ocupa, el salto semántico se produciría si se dicen cosas como “las mujeres tienen muchas desventajas en las sociedades patriarcales; de hecho, cuando llegan a la menopausia…”. Si concedemos el beneficio de la duda (algo que siempre hacemos para que el salto semántico tenga lugar) de que la primera alusión a las mujeres incluye a mujeres cis tanto como a mujeres trans, con la mención de la menopausia (por la que solo pasan las mujeres cis) se pone de manifiesto que el referente oculto de mujeres eran solo las cis.

Utilizar el genérico de forma (supuestamente) inclusiva tiene algunos defectos más: invisibiliza a quienes nombran los términos marcados, que son siempre grupos humanos objeto de algún tipo de discriminación o subordinación. El feminismo tuvo que denunciar que el sustantivo «hombre», cuando se pretendía sinónimo de humanidad, funcionaba como término no marcado de un par androcéntrico (hombre-mujer) que invisivilizaba a las mujeres.

Sin embargo, a pesar de todo lo anterior y siendo consciente de que todas esas razones existen, yo no creo que debamos dejar de decir frases como la de arriba sobre la menopausia o que debamos dejar de referirnos a cosas como “la historia de las mujeres” porque sea aparentemente más correcto decir la “la historia de las mujeres cis”. Como he intentado explicar, no dudo de que haya un fundamento teórico para utilizar esa terminología (binaria y dicotómica donde las haya, por cierto). Pero no creo que debamos utilizarla siempre y de forma sistemática. Creo que es más transformador a largo plazo y más justo para con todas las mujeres a corto conseguir modificar el referente extralingüístico de los términos no marcados “mujer” u “hombre” de manera que si se dice algo como “las mujeres durante la menopausia…” sirva con un paréntesis (o, en la comunicación verbal, con una aclaración sobre la marcha) tipo: “Obviamente, en este punto nos estamos refiriendo a las mujeres cis”.

Creo que usar la distinción cis/trans solo puntualmente cuando sea necesario y no sistemáticamente puede colaborar a que el discurso feminista sea entendido por todo el mundo y no solo por las iniciadas. Y creo también que esto último, ser comprendidas por cuantas más personas mejor, es una necesidad urgente del feminismo en estos momentos.

Tengamos en cuenta que en la distinción cis/trans no hay (como sí ocurre en el caso del androcentrismo hombre/mujer) dos sustantivos, sino que hay uno solo, “mujeres”, que luego se adjetiva como cis o como trans. No es una diferencia menor. Ello está relacionado con el hecho de que las mujeres no sean una minoría (aunque muchas veces reciban el tratamiento de tales), sino la mitad de la humanidad. Menos aún son las mujeres un tipo específico de “hombre”. No cabe ampliar los referentes extralingüísticos de “hombre” para que incluya a las mujeres: hay que hablar de personas o de seres humanos. En cambio, con el sustantivo “mujeres”, si venimos insistiendo en que las mujeres somos plurales, diversas y heterogéneas, aceptemos que esa pluralidad enorme de formas de ser mujer incluye a las mujeres trans.

Quiénes son las Terf y por qué las queremos lejos del feminismo

TERF forma una palabra que une las iniciales del inglés Trans Excluyent Radical Feminist (feminista radical trans excluyente).

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Pero lo dicho hasta aquí no constituye la explicación de por qué unas feministas tienden a usar sistemáticamente la dicotomía cis/trans mientras que a otras parece que les produce urticaria. Para entender por qué ocurre así, por qué unas lo usan con fruición y otras lo evitan con obstinación, hay que tener en cuenta las connotaciones de las que se han revestido su utilización y su evitación.

Es evidente que cada corriente feminista tiende a usar un vocabulario y no otro. El tipo de vocabulario que utiliza cada corriente feminista nos da una pista sobre las concepciones que suscribe. Las descripciones del mundo hablan tanto del mundo descrito como de quien hace la descripción. Es algo que no ocurre solo en el feminismo, todo grupo social utiliza un vocabulario que lo identifica como tal. Mediante el uso del lenguaje mostramos a qué tribu pertenecemos (o a qué tribu queremos pertenecer: usar un lenguaje determinado puede ser una forma de hacer méritos para ser admitida en ese grupo). Igual que mostramos nuestra adhesión a un grupo o subgrupo social, por medio del lenguaje también nos diferenciamos del resto. Cuando recurrimos sistemáticamente a la terminología cis/trans proclamamos nuestra adhesión a una determinada corriente, a una determinada subcultura feminista… enfrentada a otra (o a otras). De forma similar, al negamos a utilizar esa (u otra) terminología descalificándola como «neolengua» nos colocamos en una posición feminista muy concreta. Pero no solo eso: además protestamos contra el establecimiento (“imposición” dirán algunas) de unos términos del debate que no aceptamos porque «de qué vamos a discutir» no está desvinculado de «en qué términos vamos a hacerlo» (…¿terrorismo o lucha armada?). Thomas Szasz lo expresó con claridad en El segundo pecado: “En el reino animal la regla es: comed o sed comidos; en el reino humano: definid o sed definidos”, por eso “el primero que toma la palabra impone la realidad al otro”.

No me gusta hablar de «neolengua» porque hacerlo me colocaría ya en un bando en el que ni quiero ni puedo ubicarme, pero no voy a negar que comparto la inquietud de quienes sí utilizan ese concepto de George Orwell. Es decir: tampoco estoy cómoda en el otro bando (y, sobre todo, me incomoda el hecho de que haya bandos en el feminismo). Como he ya he apuntado, creo que es muy preocupante la proliferación en los últimos años en el feminismo de jergas incompresibles, de terminologías crípticas aptas sólo para iniciadas. El feminismo tiene que ser entendido por la mayoría de la gente. Pero todo este asunto del lenguaje feminista es materia para otra reflexión. Por lo que al uso de la distinción cis/trans se refiere, creo que las feministas debemos usarla, pero no convertirla en la marca de adhesión a ningún bando en ninguna guerra entre nosotras; por eso conviene usarla cuando venga a cuento y no de forma sistemática.

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Por otro lado, es una trivialidad constatar que las personas pertenecientes al colectivo trans discrepan en el tratamiento lingüístico (y, por lo tanto, ontológico y político) que debe darse a su condición (igual que discrepamos las cis o cualquier otro grupo humano). Para algunas de ellas es conveniente literalmente substancializar, es decir, tratar como sustantiva (con un nombre o sustantivo) su condición de persona transexual o transgénero, abandonando la condición adjetiva que suele tener el término «trans» en el uso corriente. Podemos hacerlo así o no, pero debemos saber que lo que hagamos en este terreno no está desprovisto de consecuencias y, sobre todo, revela nuestras concepciones sobre la cuestión del sexo/género, central para el feminismo.

Cuando hablamos de mujeres (o de hombres) trans y cis, estamos hablando de un tipo de mujeres (o de hombres); en esa forma lingüística de plantearlo, lo sustantivo (lo que tiene sustancia) es ser mujer y la característica de ser trans es una condición adjetiva, formalmente igual a la condición de cis (cabría decir: solo formalmente igual). Es la postura de quienes dicen de las mujeres trans “son mujeres y punto”. En cambio, si dejamos de utilizar las palabras trans, transexual o transgénero como adjetivos y las utilizamos como nombres, sustantivizamos el hecho de ser trans [1]. Al hablar de «las trans» o de «los trans» estamos concibiendo la cosa de forma diferente [2]. Estamos reconociendo diferencias de mayor entidad entre ser mujer de una y de otra manera, entre ser mujer cis o ser mujer trans. De hecho, estamos adoptando una ontología según la cual en el mundo habría, más bien, mujeres, hombres y trans (mujeres cis, hombres cis y personas trans) [3]. Estaríamos dando un peso ontológico (al que va asociada siempre, insisto, una determinada concepción política) al hecho de ser una u otra cosa (cis o trans), separando más que fusionando conceptualmente mujeres cis y mujeres trans. Estaríamos, de alguna manera, dando por bueno (algunas dirán “reconociendo”) aquello de que las personas trans no son mujeres (u hombres) “y punto”, sino que son una forma muy específica y particular de ser mujeres (u hombres); tanto, que ser mujer cis y ser mujer trans dejan de ser modalidades de lo mismo para pasar a ser concebidas como cosas diferentes: sustancias diferentes a las que corresponden distintos sustantivos.

Esta forma de abordar la cuestión difiere de lo que planteaba más arriba. Según aquella propuesta, más que marcar todo el rato los sustantivos mujer y hombre, especificando sistemáticamente si hablamos de mujeres (u hombres) cis o trans, lo que habría que hacer es redefinir el contenido semántico de “mujer” (u “hombre”) de manera que el referente de esos sustantivos no sean solo las personas cis. No voy a ocultar que personalmente tengo dudas sobre cuál es la manera más adecuada de tratar la cuestión. Habría que tomar en consideración otras cuestiones que se cruzan con lo analizado aquí, y que exceden esta reflexión lingüística, como la del passing [4] de las personas trans. De lo que no tengo ninguna duda es de que tiene que haber lugar en el feminismo para esta discusión. Es una discusión, obviamente, que no puede darse sin la participación de feministas trans (ojo: las feministas trans no son todas transfeministas ni suscriben obligatoriamente alguna versión la teoría queer).

Creo que deberíamos tomar como punto de partida la constatación de que se trata de algo muy complejo que además puede ser también muy delicado. Por eso es necesario evitar linchamientos y rasgados de vestiduras. No podemos ser insensibles (por ejemplo, frente al sufrimiento o la zozobra ajena), pero tampoco mostrar una susceptibilidad hipersensible que censure la discrepancia o repruebe el desconocimiento y cierre la discusión antes de tenerla. Un poquito de empatía, de buena fe y del famoso cuidado deberían ser suficientes para adentrarnos en una cuestión laberíntica donde las haya. Por mi parte, apunto que, frente a transfeminismos y trans o post humanismos varios, el camino a la salida del laberinto se encuentra en la reconstrucción del humanismo, tan maltrecho en los últimos tiempos; lo digo persuadida, claro, de que el feminismo es un humanismo. Y de que los derechos de las mujeres y los derechos trans son, todos, derechos humanos que las feministas tenemos que defender.

*Este artículo fue publicado originalmente en Pikara. Para saber más sobre nuestra alianza con este medio, clic acá.


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[1] Creo que así se puede entender, en parte, lo que plantea Miquel Misé en su libro A la conquista del cuerpo equivocado, editado por Egales.[2] Otras preferirían decir «les trans», con lo que discrepo, aunque no voy a entrar aquí en ello. Lo que sí habría que tratar con más precisión es la cuestión lingüística de la sustantivación de adjetivos. Según la RAE, madre es un sustantivo y lesbiana es un adjetivo. Sin embargo, igual que podemos hacer frases en las que madre es el sujeto (“las madres del grupo se levantaron airadas”), con lesbiana podemos hacer la misma operación (“las lesbianas por las mañanas nos levantamos siempre contentas”). En este último ejemplo, como en cualquier otro que pudiéramos poner con, pongo por caso, “las feministas” (otro adjetivo, según la RAE), lo que ha ocurrido es una elipsis del nombre adjetivado: estaríamos hablando de las mujeres lesbianas (y/o feministas), solo que el sustantivo mujeres estaría elidido. La elipsis del nombre es un proceso sintáctico, mientras que la sustantivación propiamente dicha es un proceso léxico. No deja de tener su interés observar que para la lengua (o para la Academia) madre tiene sustancia por sí misma (y no es un adjetivo, no denota una cualidad o atributo posible del sustantivo mujer), mientras que feminista, lesbiana, transexual o joven son adjetivos, es decir, no tienen entidad propia, son formas en las que cabe ser mujer, aluden a clases, a tipos de mujeres. Dicho de otra forma: “madre” o “mujer” responderían a la pregunta ¿qué soy?, y “feminista”, “lesbiana”, “transexual” o “joven” responderían a ¿cómo soy? o ¿qué tipo de mujer soy?[3] La ontología y la ética son partes de la Filosofía. Igual que la ética estudia el “deber ser”, la ontología se ocupa de “el ser”, de lo que hay. Podemos adoptar distintas ontologías; para decirlo con el gráfico ejemplo del filósofo Ulises Moulines: tan correcto es decir que dentro de un cajón hay tijeras y botones, como decir que hay partículas elementales moviéndose a través de campos electromagnéticos. Celia Amorós ha explicado que toda ontología presupone e implica una teoría política y una ética.[5] El passing en las personas trans alude al hecho de que “se note” o no que sean trans.

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