Primeros gestos de destape: Un capítulo de la biografía de Carlos Jáuregui

Se reeditó "Orgullo: Carlos Jáuregui. Una biografía política" de Mabel Bellucci. Compartimos un extracto sobre el contexto de los derechos sexuales al comienzo de la democracia.

La editorial Final Abierto acaba de lanzar una reedición ampliada y corregida del libro Orgullo: Carlos Jáuregui. Una biografía política, de Mabel Bellucci, publicado originalmente por Emecé en 2010. Orgullo va más allá de una simple crónica sobre la vida de Carlos Jáuregui (1957-1996) y de su militancia por la conquista de los derechos de las minorías sexuales de aquellos años. De muchas maneras, este libro funcionó como una caja de herramientas a partir de su primera publicación. Su presentación estaba prevista para la Feria Internacional del Libro, no obstante, el actual aislamiento social obligatorio modificó los planes. De allí que anticipamos un extracto del primer capítulo y sumamos fotografías proporcionadas por el archivo de Marcelo Ferreyra.

                            Con estos signos de cancelación del horror, la llamada primavera democrática empezaba a hacer sus preliminares desde 1983 hasta finales de 1986. Este período también es conocido como el destape, nombre a imagen y semejanza del proceso abierto en España a partir de la muerte del Generalísimo Franco, en 1975, con el Pacto de la Moncloa.

                             La primavera democrática desarropó un paisaje social y cultural gris, enlutado, herencia de botas y de campos de concentración. Durante esos primeros años, el compromiso social con la política fue elocuente: en la televisión, en las radios, en los medios gráficos. Las producciones culturales que asomaron exploraban una identidad propia junto con una complicidad explícita por parte de sus seguidores que se multiplicaban como burbujas. Las agendas culturales y las costumbres comenzaron a abrirse de acuerdo con las nuevas necesidades de una visibilidad por la recuperación de los espacios públicos. Así, se recobró una ilusión que parecía perdida: el goce y la fiesta eran posibles de nuevo. Reaparecieron hoteles alojamientos, ropas atrevidas, cuerpos con ganas de exhibirse, una movida cultural underground, boliches de homosexuales,[1]parejas acurrucadas por las calles. En esos días, las movilizaciones políticas eran moneda corriente: la ronda de los jueves de las Madres en la Plaza de Mayo; las marchas a favor de Nicaragua y Cuba, decenas de actos por la libertad de los presos políticos, manifestaciones feministas y de mujeres. Las universidades estaban alborotadas de militantes estudiantiles y en cada uno de sus bares se armaban asambleas espontáneas.

                           Abierta la caja de Pandora, las temáticas relacionadas a la subordinación de las mujeres fueron impulsadas por agrupaciones feministas en danza, que replicaban los debates y acontecimientos suscitados en otras partes de América Latina, Italia y Francia. A partir de 1984, ingresaron mujeres en medios gráficos, radiales y televisivos; teatro y cine. Se generó un clima propicio de iniciación y visibilidad de acontecimientos singulares para la agenda local vinculados a nuevos estilos artísticos y de vida. La España postfranquista descubrió que después de una gran dictadura era el momento de destapar los temas tabúes: homosexuales, mujeres y marginados[2]. Aparecieron revistas de contestación al modo de la española el Viejo Topo – muchas de ellas con un estilo alternativo y otras, comerciales-. En sus inicios se movieron dentro de un circuito restringido. La llegada de escritores exiliados, la gestación de los movimientos de derechos humanos y culturales que impulsaban la apertura democrática tuvieron allí su tribuna. Fue una etapa conflictiva por la tensión entre lo nuevo y lo viejo.

                               El inicio de los años ochenta significó una mezcla caótica de tendencias y personajes que dialogaban, las más de las veces, por fuera del orden estatal. Veteranos de la cultura alternativa reconocen que la retirada de la dictadura fue el mejor momento de la democracia por esa imperiosa necesidad de probar lo nuevo. Esto significó la incipiente salida al ruedo de una diversidad de sectores sociales, dentro de los cuales se encontraba la movida homosexual. A decir verdad, en sus orígenes tuvo poca tribuna periodística y lo que se recalcaba eran las primeras informaciones sobre el sida. La mayor parte de la prensa levantaba artículos publicados en medios internacionales. A partir del instante en que las revistas Times y Newsweek convirtieron en tapa este tema, hacia 1986, el boom periodístico internacional fue la llamada peste rosa. Por lo tanto, el destape homosexual en la Argentina quedaría teñido por la dicha problemática. De allí, que la prensa veló o reservó las primeras manifestaciones o acciones que llevaron a cabo las agrupaciones homosexuales frente a la enfermedad. En otras palabras, el sida reintrodujo la condena. Su importancia incidió severamente sobre las estrategias políticas para la configuración de un movimiento. Otro dato no menor: aún en esos momentos, la homosexualidad se encontraba en el listado de enfermedades mentales de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Si bien desde 1973 la comunidad científica internacional consideraba que la homosexualidad no era una patología, recién el 17 de mayo de 1990, la OMS la excluyó de la Clasificación de Enfermedades y otros Problemas de Salud. Por su parte, Amnisty International (AI) sostenía que eran presos de conciencia lesbianas y gays detenidos a causa de su orientación sexual. No sorprende entonces que las intervenciones públicas de los referentes homosexuales locales si bien eran pocas debían estar dirigidas al esclarecimiento de su identidad por fuera de la enfermedad. Pese a ese clima adverso y poco propicio para la información, los exiliados que retornaron al país aportaron lo suyo al instalar el debate en torno a la conquista de los derechos sexuales. De alguna manera, todo representaba una invitación a apostar hasta dónde podía llegar el exceso, los límites de lo tolerable.

                                En ese momento, el discurso homosexual se debatía en un delicado equilibrio entre el reclamo de sus demandas y un estado de sospecha presente. De hecho, en la búsqueda de las mayorías por una apertura democrática, las minorías percibían su exclusión. Sin embargo, guardaban la esperanza de ser interpelados por un Estado que se abría al conjunto en torno a la universalidad de derechos. Flavio Rapisardi, referente gay, en su artículo “Las izquierdas y el cuerpo de la revolución. Izquierdas argentinas y movimiento de “minorías sexuales”, editado por la revista Cuadernos Del Sur, nº 36, abordó las expectativas involucradas sobre esta coyuntura bisagra:

Con la apreciable debacle del régimen militar, algunos gays comenzaron a reorganizarse en domicilios privados para reflexionar sobre la experiencia de ser gay. Pocos sabían, salvo excepciones, sobre el Frente de Liberación Homosexual (FLH)[3]. En sus reflexiones se articuló una agenda acorde con la época: se comenzó hablar de derechos, de espacios propios. El discurso socialdemócrata atrajo a la comunidad gay porteña que votó masivamente a Alfonsín. El peronismo asustaba por su postura que no privilegiaba los derechos individuales y reproducía la funesta teoría de la unidad cívico-militar. El triunfo alfonsinista fue vivido como propio. La avenida Santa Fe, espacio de circulación gay, fue una fiesta el día de su triunfo. Los que habían migrado al conurbano se animaron a volver a la Capital a festejar lo que creían que era el inicio de una nueva época, no con banderas rojas y blancas- tal los colores de la bandera de la UCR-, sino con su pavoneo por las calles. Sin embargo, al poco tiempo se darían cuenta de que nada había cambiado: las razias policiales utilizando los edictos y la Ley de Averiguación de Antecedentes se hicieron cada vez más frecuentes”.

Los edictos 2ª F y 2ª H -cuyos textos respectivamente dicen “los que se exhibieren en la vía pública o lugares públicos vestidos o disfrazados con ropa del sexo contrario” y “las personas de uno u otro sexo que públicamente incitaren o se ofrecieren al acto carnal”- fueron soportes cruciales para que la policía, mediante allanamientos, razias y detenciones arbitrarias, pudiese perseguir, detener y reprimir a los homosexuales en sus lugares de encuentro.

                           Durante la postdictadura, la temática de la homosexualidad se integró a una coyuntura atravesada por los organismos de derechos humanos que, por un lado, dispensaban una contención política y, por el otro, servían como espacio canalizador de conflictos. Simultáneamente, había una confrontación con el Estado por el uso de la violencia como factor de intimidación dirigido a la comunidad homosexual. De todas formas, algo no quedaba claro: la intervención del partido gobernante respecto de lo que debía entenderse como lo penalizable. En este terreno, y tal como veremos, el radicalismo a lo largo de su mandato mantuvo posturas ambivalentes entre el accionar concreto de las fuerzas policiales y el discurso de defensa de las libertades individuales. Lo cierto fue que mientras la intelligentzia del gobierno de Alfonsín se esmeraba en anunciar garantías institucionales donde la libertad, la paz, el respeto por los derechos humanos y la democracia serían finalmente el reaseguro de la administración radical, el entonces ministro del Interior, Antonio Tróccoli afirmó que la homosexualidad era “una enfermedad” y que “nosotros pensamos tratarla como tal”. Por último, declaraba que “si la Policía ha actuado es porque existieron exhibiciones o actitudes que comprometen públicamente las reglas del juego de una sociedad que quiere ser preservada de manifestaciones de este tipo. De manera que no hay persecución, por el contrario, hay que tratarla como una enfermedad”. Estas respuestas escandalosas aparecieron en un reportaje que el periodista Enrique Symns le hizo para la revista El Porteño nº 29, en mayo de 1984[4]. Esos dichos dejaban una puerta abierta al accionar del aparato represivo policial que aún gozaba de buena salud. La filosa entrevista se llamó “Tróccoli y lasreglas de juego”. No faltaron preguntas escandalosas para el momento que apuntaban, además de la homosexualidad masculina, a las sexualidades en general, a las drogas y, por cierto, al aborto voluntario.

Todavía persiste la duda de cuáles habrán sido los intereses del funcionario para exponerse a un interrogatorio complicado, por momentos con ribetes imprudentes, sin ninguna retribución a cambio, ni siquiera un plus político. Por lo visto, el ministro tenía más muñeca con los medios gráficos del establishment que con los alternativos. Por lo tanto, sus argumentos no fueron del todo polite. Pese a ello, tampoco esas declaraciones anacrónicas provocaron un efecto cascada. Más aún, nadie salió a replicarle. El respeto por determinados códigos para las buenas costumbres tenía que ver con el funcionamiento de la propia institución. La moralidad era pensada como parte de la función estatal. Para asombro de unos cuantos, la respuesta quedó en manos del psicólogo Arnaldo Rascovsky, que cuestionó los dichos del funcionario con un juicio tan anacrónico como el que intentaba desacreditar. Al respecto, en una nota firmada por Gerardo Yomal, “Denme otra madre y le daré otro mundo”, publicada en la revista El Porteño, nº 32 de julio de 1984, Rascovsky declaraba que “la homosexualidad era un estado”; rematando con la siguiente frase: “Si la sociedad lo ha hecho homosexual, tendrá que soportar su homosexualidad y ver que hará para ayudarlo. Reprimirla es peor, el homosexual reprimido se hace criminal”. De inmediato, se organizó la Comisión Pro-Defensa de las Libertades Cotidianas con el único objetivo de derogar los edictos policiales y la averiguación de antecedentes. No cabía duda alguna que tanto el planteo como su denominación interpelaba de manera directa a Antonio Tróccoli. Las caras visibles de la comisión eran Enrique Symns y el artista plástico, Gumier Maier. Se decía que a esas dos figuras las acompañaban más de 1.153 firmas y sólo se adjuntaba esa cifra voluminosa sin una identificación de los nombres. Tal propuesta salió publicada en un recuadro escrito, casi a la ligera, en el suplemento Cerdos y Peces, que en esa época era una separata de dicha revista, siendo ésta la única aparición pública de la comisión. Evidentemente, para los apasionados lectores del Porteño una convocatoria de ese talante no pasó desapercibida. De hecho, los autores llamaron a tranquilizar las aguas para que no desborde el río con un pedido orientado a todos aquellos “que nos escriben insistimos que para comunicarse con la Comisión deben enviarnos sus datos personales de manera que ellos se comunicarán con ustedes”. Para terminar, el staff del suplemento marginoliento, tal lo definían sus propios mentores, Cerdos y Peces se despedía de la revista para tomar nuevos rumbos.

                           Así, con respuestas plagadas de peligrosos conceptos se pensaba y se castigaba la homosexualidad por parte del Estado y de los discursos científicos y morales. Por todo lo expresado, hubo una cierta ingenuidad en considerar que la transición política avanzaría en una profundización de la democracia que, en cambio, mantuvo graves carencias para poner freno a la represión contra las minorías sexuales.

                          Una de las enseñanzas reveladoras de Michel Foucault fue demostrar que los regímenes políticos necesitan disciplinar. Para que la disciplina se haga carne, lo mejor es empezar por el cuerpo.


[1] “Homosexual” era el concepto más usado en la época. En los noventa se sustituyó por el de “gay”.

[2] Moreno, María. “La generación del ochenta”. En Suplemento Radar, Página 12, Argentina, 23 de diciembre de 2003.

[3] El Frente de Liberación Homosexual fue una federación de grupos homosexuales que activó en Buenos Aires desde 1970 hasta el inicio de la dictadura militar, en 1976. Para mayor información sobre FLH. Ver Bazán, Osvaldo. Historia de la homosexualidad en la Argentina. 2004. Forastelli, Fabricio. “Políticas de la restitución. Identidades y luchas homosexuales en Argentina” Las marcas del género. Configuraciones de la diferencia en la cultura. 1999. Olivera, Guillermo. “Políticas de la representación homosexual en Argentina” Las marcas del género marcas del género. Configuraciones de la diferencia en la cultura. 1999. Rapisardi, Flavio y Modarelli, Alejandro. Fiestas, baños y exilios. Los gays porteños en la última dictadura.2000. Rapisardi, Flavio. “Las izquierdas y el cuerpo de la revolución. Izquierdas argentinas y movimiento de minorías sexuales ”Revista Cuadernos del Sur. 2003. Baigorria, Osvaldo y Ferrer, Christian (comp.). Prosa Plebeya: Ensayos 1980- 1992.1997.

[4] Entre 1981 a 1986 la revista El Porteño (1982-1993) la dirigió Gabriel Levinas. Los columnistas, varones exclusivamente, asumían a la publicación como una tribuna de la vanguardia alternativa con un claro tono denunciante, a diferencia del periodismo clásico que era deficitario en su crítica al régimen militar. Ya con la apertura política   se alineó en encontrar las fisuras del gobierno de Alfonsín. Si se recurre a voces autorizadas para hablar de tal publicación cabe citar a Roxana Patiño en su artículo “Revistas literarias y culturales argentinas de los 80”. Al respecto, ella relata: “Desde El Porteño se construyó un discurso cultural disidente que, cruzado con la sátira y el registro humorístico, pasó tolerado por el régimen. Aprovechó la liberalización producida durante la guerra de Malvinas para lanzar un discurso opositor que luego el gobierno no consiguió hacer retroceder. Dentro del ámbito específicamente cultural, El Porteño cubría la llegada de los escritores exiliados, la gestación de los movimientos de derechos humanos y otros movimientos artísticos que impulsaban la apertura democrática. Así, logró traspasar la transición y fue altamente representativa de este período”. Enrique Symns, escritor y periodista, representó el cultor de esa cuota innovadora en la producción gráfica que dejó una impronta comprometida con un estilo marginal. Su talante directo,despojado de sutilezas y con mucho encanto para escandalizar, lo llevó a lanzar Cerdos & Peces, el primer suplemento de la revista. Luego esa separata cobraría autonomía propia. Symns descubrió de la España post-franquista que luego de una gran dictadura había que lanzarse por fuera de los circuitos culturales de los años setenta. Entonces le propuso a Levinas hacer ese suplemento que fue Cerdos & Peces. No hay lugar a dudas que El Porteño se construyó con un talante similar del Viejo Topo. La palabra de uno de los directores de aquella publicación consagrada de la movida madrileña, Miguel Riera, relata lo siguiente: “Fuimos tres personas las que estuvimos a cargo del Viejo Topo. En 1975 se concibió de una manera ingenua. En aquellos años cualquier joven tenía un proyecto de revista o de editorial bajo el brazo. Había una creatividad extraordinaria. En aquella época, nos propusimos hacer una plataforma de debate para la izquierda que se estaba matando entre ella. Hicimos un modelo de revista que en lo político y cultural era distinta, pero en el formato se parecía un poco a lo que entonces era Rolling Stone, la de Estados Unidos. El ministerio no nos autorizó y al final nos dijeron que podíamos publicar siempre que fuera una revista mensual, además con un precio que ahora no recuerdo pero que era descabellado. Esto nos obligó a hacer una producción con más cuerpo, con un diseño distinto, lo cual fue una novedad extraordinaria ya que terminó siendo la primera revista político-cultural con un diseño innovador y creativo. Así empezó, de una manera un poco tonta; casi se puede decir que la censura nos hizo la revista”. Por último, Willy Vigo, compañero de ruta en esa travesía por Europa que llevó a cabo Jáuregui, recuerda un hecho que fue revelador para orientar la futura militancia del paladín gay en los organismos de derechos humanos: “En un otoño de 1981 en Madrid, Carlos se tropezó con un número del Viejo Topo dedicado por completo a denunciar los horrores cometidos por la dictadura militar en la Argentina. Tengo presente el estremecimiento que le produjo a Carlos leer aquellos testimonios de sobrevivientes, víctimas del terrorismo de Estado”. (Entrevista realizada por la autora en 2008).

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