Estoy en tratamiento VIH+, tomé una pastilla para la cefalea y casi no lo cuento

Hace unos días tomé una pastilla para el dolor de cabeza. Yo no sabía que la droga ergotamina mezclada con mi medicación antirretroviral para el VIH resulta una mezcla severamente tóxica.

28 de agosto de 2019

Por Lucas Gutiérrez  Producción fotográfica: Pablo Gómez Samela  Hace unos días tomé una pastilla para el dolor de cabeza. Yo no sabía que la droga ergotamina mezclada con mi medicación antirretroviral para el VIH resulta una mezcla severamente tóxica. Salvado por una Salud Pública argentina en coma, ahora reflexiono sobre lo que pasó. Durante tres semanas tengo que suspender mi medicación antirretroviral y me preocupa lo que pueda pasar con el virus en estos días que no tenga esa pastilla, para controlarlo. Si bien estoy muy bien de defensas, me aterra la idea de perder mi comodín a la hora de encarar vínculos sexoafectivos. ¿Cuál es la pastilla que me salva y cuál la que me mata? Crónica de una muerte evitada. * Siempre me imaginé una muerte épica. Algo del estilo fin de película. Medio como un musical, con drama, escena de pelea desgarradora, banderas LGBT+, un Néstor en el cielo como Mufasa. Qué sé yo… esas cosas. Jamás pensé que por tomarme un Migral para el dolor de cabeza podía llegar a no contarla. Hubiese sido muy ridículo morir así después de tanto agite, después de tanto, faltando tanto. No. La ergotamina es una droga presente en algunos remedios, muchos de ellos para tratar la migraña. Mezclada con algunos de los antirretrovirales que tomo cotidianamente resulta tóxico. “¿Pero tu médico no te lo dijo?”. Y sí, lo más probable es que me lo haya dicho. Pero como no acostumbro tomar estas cosas se me olvidó. No tenemos la costumbre de consultar las interacciones de lo que tomamos. Mala mía. Mala nuestra.

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Y no hablo solo de medicaciones. Cada vez que me drogo (legal y no tan legalmente) no tengo idea lo que mezclo en mi recipiente fisiológico. Debería buscarlo en webs de interacciones, pero no lo hago. ¿Hasta dónde tenemos en cuenta nuestra salud día a día? ¿Cómo comemos? ¿Hacemos ejercicio, descansamos lo suficiente? Spoiler: No. Cuando el viernes el hormigueo en las piernas, los vómitos y el desvanecimiento le ganaron a mi obstinación por no ir al médico caí en “la pública”. Esta salud que aun sin un Ministerio resiste. Y aunque al principio me trataron por cefalea, cuando mi amigo y cómplice VIH+, el activista Matías Muñoz, se enteró de mi combinación de ergotamina y ARV me llevó urgente a la guardia de infectología. ¿Qué hubiese pasado si las cosas no hubiese sido así? ¿Si no hubiese ido a la guardia? No lo sé ni lo quiero averiguar. “Con una pastilla estás bien” Los riesgos de esta combinación pueden llegar a problemas cardíacos hasta amputación de extremidades. Lo averigüé googleando y hablando con médicos. “Para que te quieran dejar internado en un hospital público donde siempre faltan camas, seguro estabas muy complicado”, me dijo una amiga. Y tenía razón. Finalmente no quedé internado pero luego de 7 horas en observación me volví a casa para volver los días del fin de semana para control. “Con una pastilla estás bien”: es la frase de mierda que tenemos que escuchar las personas VIH+ muchas veces. Bueno no. Primero que no siempre está disponible esa pastilla. Desde el año 2016 existen faltantes, recortes y fraccionamiento de medicación, así que la pastilla no siempre está. Después, ¿qué estoy tomando? ¿Qué efectos secundarios tengo con esta medicación? Siempre le digo a la gente que minimiza mi salud a una pastilla que se tome una aspirina todos los días de su vida y en un par de años me cuente cómo están. Cada vez que miro alguna de las tantas películas que hablan sobre VIH y se regodean mostrando la muerte de sus protagonistas agradezco tener estas pastillas para aun estar vivo y así poder avanzar hacia la cura. Pero la pastilla no es mi techo, es lo que necesito para llegar vivo a la cura. La primera medicación que tomé por ser VIH+ potenciaba mi depresión. Pero si yo me suicidaba todos iban a decir “Y bueno, viste cómo era Lucas. Re iba a pasar que se matara”. Claro. Nadie iba a investigar un poco a ver qué le estaba metiendo yo todas las noches a mi cuerpo. Este segundo esquema de medicación antirretroviral me afectó menos anímicamente, pero bueno, ahora ven que por tomar una pastilla para el dolor de cabeza casi no la cuento. Sin duda es mi responsabilidad por no haber estado más atento. Ahora, ¿qué pasa con las medicaciones que tomamos crónicamente? ¿Qué pasa con la comunicación preventiva y del día a día cuando hablamos de situaciones como el VIH? A casi un año de que el gobierno argentino degrade al Ministerio de Salud en secretaría no puedo omitir la responsabilidad del Estado.

¿Un Estado ausente?

Cuando Dicen “un Estado ausente” yo corrijo: jamás está ausente, está presente por omisión, por decisión política. Y las consecuencias siempre las pagamos nosotrxs. Ponerle precio a nuestra salud siempre huele a privatización. Pero como yerba mala nunca muere acá estoy tipeando. Y además de refranes a mí me mantuvieron vivo las médicas que me atendieron en la guardia de infectología del Hospital Fernández de Ciudad de Buenos Aires. Al otro día, el sábado, fui a la guardia para control y una enfermera que te sana con buena onda y los pocos recursos que hay en el sistema de salud, me enseñó a inyectarme a mí mismo los anticoagulantes. Mi fantasía de película ahora me transformaba en una Sarah Connor de “Terminator 2”.. Ejercicios que hacemos quienes le tenemos pánico a las agujas. Ahora durante tres semanas tengo que suspender mi medicación antirretroviral y me preocupa lo que pueda pasar con el virus en estos días que no tenga esa pastilla, para controlarlo. Una persona VIH+ que toma su medicación en tiempo y forma puede alcanzar la indetectabilidad del virus. Esto significa que con seis meses de sostener la indetectabilidad no transmitís el virus en una relación sexual. Es probable que yo pierda la indetectabilidad en estos días. Si bien estoy muy bien de defensas me aterra la idea de perder mi comodín a la hora de encarar vínculos sexoafectivos (la manera elegante de hablar de coger). Tan estigmatizados y castigados estamos los cuerpos positivos que en general nos preocupa más lo que la otredad pueda pensar de nosotros antes que lo que el virus pueda hacerle a nuestra salud. Ahora, con este riesgo de que el virus pueda volver a materializarse, que pueda perder la forma humilde que tiene cuando lo controlo, me hace pensar en una nueva salida del clóset. Un deja vú a mis épocas de “soy VIH+ pero si tenemos prácticas seguras no te lo transmito”. ¿Es tan terrible esto? Ya nos acostumbramos a cogernos sin mucho preámbulo. Pongo en mi perfil de las redes sociales para encuentros sexuales que soy indetectable y no hay necesidad de mucho diálogo. Nosotros dos (o tres o cuatro) que ni sabemos nuestros nombres, menos vamos a interesarnos por una charla sobre nuestra situación serológica. ¿Ser VIH+ pero detectable es convertirse en una identidad positiva de segunda? De nuevo siento cómo la responsabilidad de todo lo que vaya a pasar en nuestros encuentros recae en una sola de las partes. ¿Por qué si vamos a tener sexo vos no vas a tener prácticas seguras? ¿Ser VIH+ pero detectable es convertirse en una identidad positiva de segunda? No. En toda relación sexual consensuada las responsabilidades son compartidas. Y de nuevo me encuentro ante el ejercicio de desenclosetarme como un ser viral. Ni siquiera sé si en estos días sin medicación mi indetectabilidad se verá afectada, pero va pasar mucho hasta que los exámenes de sangre me lo confirmen. Y de nuevo estoy acá, en un pasado habitado con la piel más curtida de cara a los viejos fantasmas. Ni en las vísperas de riesgo cardíaco y hasta amputación de dedos todo se puso tan negativo. Es buen momento para hacer un juego de palabras con que quizás ahora si me vuelva positivo, pero no. “En serio que no hace falta”, me digo. Hace poco más de una semana casi me convierto en carne para evento homenaje y obituarios de redes sociales y perdí el escudo que uso para protegerme del estigma. En una semana me puse a pensar qué pasaba si ese era mi último viernes. En unos pocos días todo lo que soy mutó. Todo lo que sabía y lo que no se puso en evidencia. Todo lo que soy tambalea para leerme desde otros paradigmas.

¿Cuál es la pastilla que me salva y cuál la que me mata?

¿Es mi salud o lo que piensan los demás de mí la urgencia? ¿Cuál es la pastilla que me salva y cuál la que me mata? ¿Estoy vivo si dejo de ser deseado? ¿Para quién mantengo la indetectabilidad? Mientras las pastillas caen como piezas de un Tetris en mi cabeza yo me pregunto si realmente sobreviví a ese Migral. Porque claramente lo que venga ahora no va ser igual a como estaba antes de ese dolor de cabeza. Al final del día todo siempre va ser como una película. Esta vez estoy en Matrix –la 1, la que nos gustó a todxs- y Morpheus sostiene dos pastillas. Y yo, un Neo sudaka le retruco y le digo: “tome la que tome siempre voy a perder. Yo no quiero más pastillas, yo exijo la cura”. Arruino la película, créditos y me quedo en la sala a esperar la escena postcréditos.]]>

28 de agosto de 2019

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