“Ya no quiero hacer chistes sobre ser lesbiana”: por qué hay que mirar 'Nanette'

Por Ivana Romero  Ya no quiere seguir haciendo comedia. El aire se enrarece cuando Hannah Gadsby dice esto frente a 2700 personas en el Teatro de la Ópera de Sidney. El edificio es un clásico construido en los setenta, con capas de azulejos blancos que parecen abrirse como escamas de un animal prehistórico frente a…

16 de julio de 2018

Por Ivana Romero  Ya no quiere seguir haciendo comedia. El aire se enrarece cuando Hannah Gadsby dice esto frente a 2700 personas en el Teatro de la Ópera de Sidney. El edificio es un clásico construido en los setenta, con capas de azulejos blancos que parecen abrirse como escamas de un animal prehistórico frente a la bahía de Port Jackson. Gadsby no es un clásico: es una comediante hasta hace poco desconocida fuera de Australia, que nació en un pueblo minúsculo de allí en la misma época que la Ópera se inauguraba. Ella se acaba de convertir en boom mundial gracias al stand up Nanette. Filmado en ese teatro icónico, rápidamente se ha transformado en uno de los éxitos más resonantes de Netflix aunque se estrenó hace pocas semanas. En Nanette, Hannah comienza explicando que ha construido su carrera en torno a chistes sobre ser lesbiana (“aunque tampoco me siento lesbiana exactamente; simplemente me siento cansada de que me digan qué debo ser”, aclara). Sin ser muy consciente de lo que iba pasando, se acostumbró a que los chistes fueran humillantes. Y la humillada era ella misma. Entonces agrega: “No quiero esto para mí ni para nadie que se identifique conmigo”. Algo en el aire hace pum. Porque ahora las palabras de Gadsby tienen resonancia planetaria y son miles quienes a lo largo del mundo recomiendan Nanette, como la escritora Roxane Gay, el director de varias películas de Marvel, Jon Favreau y obviamente, gente del mundo de la comedia como Kathy Griffin o Ellen Page. “Lo que ha ocurrido es un poco demasiado”, admitió Hannah en diversas entrevistas publicadas en estos días. Por ejemplo, ella tenía planeado hacer unas pocas presentaciones en Nueva York pero su show estuvo cuatro meses en cartelera. “Sólo quería volver a casa”, agrega esta actriz acostumbrada al perfil bajo. Aquí se pudo ver en otra serie de Netflix, Please like me, con personaje adorable que llevaba su nombre y que tenía sesgos autobiográficos.

Lesbianas invisibilizadas

Sus perros Douglas y Jasper son los primeros en aparecer en la pantalla, delante de un cartelito casi imperceptible, donde se lee “la atención de este bar estará hoy a cargo de Nanette”. El nombre alude a una moza que trató a Gadsby muy mal. “Así que tuve el nombre del show antes que el guión”, dice Hannah. Y fin del asunto. El plano de ella y sus mascotas en el sillón de su casa se corre para que Gadsby sea ovacionada mientras aparece en el escenario con un jacket azul marino (su color preferido), el pelo cortísimo y anteojos de marco oscuro. A lo largo de poco más de una hora, esta comediante construye un show que comienza ligero y chistoso pero que luego asume el riesgo de transitar zonas más profundas y personales. Al principio, Hannah evoca su pueblo de origen en Tasmania, una islita al sureste de Australia. Se tuvo que mudar a Sidney cuando empezó a saber que era “un poquito lesbiana”. Sucede que en Tasmania, entre 1987 y 1997, se había dado un debate donde el 70 por ciento de la población consideraba que ser gay era un crimen. Hasta su mamá pensaba eso. “O sea que todas las personas que me criaron y con las que crecí me habrían considerado criminal”, dice. Sin embargo, nadie mencionaba a las lesbianas, que permanecieron invisibilizadas porque lo que escandalizaba era “la posibilidad del sexo anal”. “Y yo técnicamente soy virgen”, agrega. El público ríe. Gadsby agrega que una “gran referente lésbica” le reprochó que sus últimos shows estuviesen siendo “poco lésbicos”. “Se olvida ella que estoy aquí”, dice señalando su cuerpo.

Los límites del humor

Pero ésa es apenas la punta del iceberg. Hannah recoge el guante y ahonda en los prejuicios comunes; por ejemplo, que las lesbianas no tienen sentido del humor. “Eso dicen los varones”, afirma. Y agrega: “No me gustaría ser varón blanco heterosexual hoy. Aunque ganaría más dinero”. Justamente, el heteropatriarcado atraviesa un momento de profundo cuestionamiento. “Ustedes pusieron las reglas y nos recriminan que no nos reímos. Háganse cargo”, refuta Gadsby. Y es que en su doble condición de mujer y lesbiana, ella no la pasó nada bien. “Si creen que ésas cosas me ocurrieron sólo a mí es porque no hablan con las mujeres de su vida”, advierte.

Ahí se instala la pregunta: ¿hay vuelta atrás después de desafiar de esa manera a su público y a sí misma? Ciertas revistas lo han tomando muy literalmente y pusieron el foco en si Gadsby deja o no la actuación justo en el momento de mayor éxito. En verdad, Hannah parece estar cuestionando los límites de un género que ha decidido transformar. Es poco probable que se vaya justo cuando la fiesta se pone tan entretenida.

Nacida en 1978, es la menor de cinco hermanxs. Desde adolescente, nunca encajó con un canon: está acostumbra a que la confundan con un varón; aunque se dedica al stand up no adora la risa fácil y prefiere el ruido sutil que hace una taza de porcelana al posarse sobre un platito antes que las ruidosas celebraciones del orgullo LGTBI. En su país cobró notoriedad en 2006 cuando ganó el Raw Comedy. Desde entonces ha escrito y puesto en escena unos diez monólogos propios. Además, es licenciada en arte y aprovecha ese conocimiento en su nuevo show para explicar por qué adora a Van Gogh y detesta a Picasso (por misógino, claro).

El año pasado, Nanette se transformó en un éxito en su país y obtuvo, entre otros, el premio a mejor comedia en el Edinburgh Fringe y en el Melbourne International Comedy Festival. Pero este espectáculo trasciende la idea convencional del stand up como una catarata de chistes incorrectos. Gadsby toma algunos desvíos, sí, pero sobre todo, va revelando una historia: la suya. Así recupera una tradición oral de la que el stand up se nutrió pero que muchas veces dejó de lado. En lo que Hannah sepultó bajo una parva de chistes, anida lo traumático. Y sobre eso quiere hablar ahora. El humor sobrevuela todo su monólogo aunque hay momentos donde no tiene ganas de ser graciosa. Incluso la intensidad de su historia resulta incómoda porque lo que revela es un secreto que muchas personas en el mundo también han guardado hasta la aparición de movimientos como #MeToo. Y es ahí donde Nanette se transforma en un impensado manifiesto político sobre la disidencia sexual, sobre el respeto a la condición humana e incluso, sobre el rol que le cabe a una sociedad donde las personas son abusadas con el odio como única excusa.

Acompañada

Al contar lo que le pasó, Hannah asegura que desearía renunciar al enojo aunque la herida sea grande. En ese borde, ya no hay actuación: hay pura verdad. Y ahí donde podría quedarse sola es donde está más acompañada. Son miles los comentarios en Twitter donde sus fans cuentan que ése es el mismo enojo que debieron contener y callar al sufrir violencia sólo por ser mujeres, tortas, putos o trans. En definitiva, por no encajar. Nanette (con ese nombrecito afrancesado, casi naif) tiene una banda de sonido con dos canciones: “Bobby Reid” de la canadiense folk Lucette y “Better son or daughter” (“Mejor hijo o hija”) de Rilo Kiley, una banda de Los Ángeles. Dar batalla contra los prejuicios aunque te sientas horrible, de eso hablan. Y dialogan a la perfección con una artista que tiene una intensidad y una fortaleza flamígeras. Lo bueno es que ahora Gadbsy saltó el margen y se ha convertido en una genial estrella torta que brilla en las pantallas de aquí y de allá. En ese tránsito, logró reinventarse como comediante. Ojalá pueda disfrutarlo mientras toma un tecito en casa, acompañada de sus perros y de quien se le cante. La libertad también es eso.]]>

16 de julio de 2018

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