Mosquito Sancineto: “Según el momento, a veces soy ella y a veces soy él”

Por Paula Bistagnino Ser un niñx y estudiar teatro “en ese tiempo” era ser raro. “Ese tiempo” era a fines de los 70 y principios de los 80, durante la última dictadura militar de la Argentina. “Y yo encima ya era un andrógino. Así que imaginate que si en ese momento ser distinto no era…

26 de enero de 2018

Por Paula Bistagnino Ser un niñx y estudiar teatro “en ese tiempo” era ser raro. “Ese tiempo” era a fines de los 70 y principios de los 80, durante la última dictadura militar de la Argentina. “Y yo encima ya era un andrógino. Así que imaginate que si en ese momento ser distinto no era un problema, nunca lo fue”, dice Fabio “Mosquito” Sancineto, actor y actriz, director y directora, maestro y maestra, referente del teatro de improvisación, artista. “Depende del momento y la circunstancia, a veces soy ella y a veces soy él. “Justo hoy le daba vueltas a eso: siempre me pensé como un ser totalmente queer. Pero no es algo que haya construido sino que fue por mi experiencia teatral: hago a una travesti, pero también puedo hacer a un varón o una mujer cis en un drama con naturalidad”. En sus casi cuatro décadas en el escenario desde que debutó siendo un niño en 1979 dirigido por Inda Ledesma en “El príncipe idiota” (Dostoievski) –ganadora del Premio Molière- hizo: ochenta, noventa, cien puestas teatrales; veinte participaciones en cine y otras diez en televisión; fue nominado al Konex por su trayectoria y a muchos premios más como el María Guerrero y el Florencio Sánchez; fundó y dirige una Compañía de Teatro de Improvisación que enseñó a generaciones –este año festeja 30 con la improvisación-, pero también hizo Copi en el Teatro Cervantes y Discépolo en el Teatro San Martín con Pompeyo Audivert. Y ahora hace “Las destructoras. Una historia de bailanta”, en la que es la travesti de un trío de mujeres cantantes de cumbia que van en una combi durante toda una noche y que se enfrentan porque las tres son amantes del productor.

-¿Cómo fue esa adolescencia y descubrimiento sexual en los 80?

-En mi caso vino de la mano del teatro. Y cuando adolescente ya afloraba esta condición sexual, fue más fácil por esto que te decía de que todos mis compañeros de teatro eran “raros” y casi todos teníamos la misma “problemática”. Igual, al principio no sabía cómo manejarla, obvio, pero ese ambiente fue muy protector. La verdad es que viví mi crecimiento tranquilo y también fue porque tuve una premisa clara siempre: que yo no me iba a engañar a mí mismo. En nada. Con nada.

-No es tan fácil ser un actor/actriz queer y trascender el público LGBT, ¿lo buscaste?

-Creo que es parte de esta cosa de ser rebelde a los encasillamientos. De ir por la libertad en todos los sentidos. No resigné nada de lo que soy para que pasara eso y pasó. Esta cosa de ser y saberme “raro” pero no vivir así. De patearles eso a los otros. Creo que se armó en el recorrdio actoral también. Haber estudiado con Norman Briski fue clave en lo artístico, porque él logró encausar toda esa cosa visceral mía con la yo todavía no sabía muy bien qué hacer. Y después crecí siguiendo a esa vanguardia que eran Alejandro Urdapilleta, Batato Barea, Humberto Tortonese, las “Gambas al ajillo”. Ese fue el camino que yo elegí tomar y del cual estoy muy orgulloso y orgullosa. Hice mucho queer, mucho Ave Porco, pero también te hago a la vieja rica, mala y casquivana de época en el San Martín. Y ahí voy.

-¿A veces llevar ese ser queer, o ese ella/el/elle variable, es más complejo que decir: soy tal?

-Totalmente. A mí el encasillamiento, el tema de los rótulos, no me manifiesta mucha tranquilidad y más bien me desespera. Y yo me siento muy bien así, pero a veces me doy cuenta de que los demás no se sienten cómodos con esto. Ejemplo: un varón cis que se enamora de mí y que necesita que yo sea ese que él desea. Viene mucho desde el otro lado un pedido de definición, que en realidad es un tema del otro. Pasa, pasa mucho, pasa en el colectivo, pero creo que ahora se está abriendo. Ahora nos estamos desencasillando.

-Estuviste en la última edición del Festival x la Diversidad de El Bolsón. ¿Cómo lo viviste?

-Fue fantástico. Yo había estado en el primero, que fue hace diez años, y me encontré con un festival multiplicado en público, con mucha gente de todo el país: jóvenes, muy firmes en su pertenencia, muy seguros de sí mismos, con objetivos y presencias claras. Y con un cariño y un afecto hacia nosotras, las que estábamos arriba del escenario, hacia Susy Shock y Marlene Wayar, las referentes históricas, tan pero tan hermoso. Sentí, creo que sentimos, que no fue en vano tanta lucha.

-¿Cómo conviven en vos arte y política?

-Yo vengo de una familia de militantes, así que siempre fue para mí una condición. Ya nunca fui un militante político pero si descubrí que era acá, que era en el arte y con el arte desde donde yo iba a hacer lo mío. Para mi arte y política van de la mano. Creo que un artista es un elemento necesario en la sociedad para abrir no sólo espíritus sino también cabezas. Es una herramienta de resistencia. Más que nunca después de haber estado en el festival de El Bolsón, creo que el arte en nuestro colectivo tiene ese poder de la resistencia de por sí. Pero además, en este tiempo de neoliberalismo, en el que nos vienen a sacar todo, el arte es también una manera de defendernos frente a estos tipos que nos vienen a robar todo y a destruirnos. “Las destructoras. Una historia de bailanta” está los sábados a las 21 en el teatro-bar “El método Kairós” (El Salvador 4530, Palermo, Ciudad de Buenos Aires)]]>

26 de enero de 2018

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