Drag Kings contra el machismo y los estereotipos de género

Vestirse con ropas de varón fue una de las estrategias que durante años muchas lesbianas y mujeres asumieron para acceder a espacios vedados. Hoy quienes se transforman en Drag Kings representan las corporalidades masculinas para luchar contra la violencia machista en talleres educativos, obras de teatro, marchas y escenas de la vida cotidiana.

7 de abril de 2017

Vestirse con ropas de varón fue una de las estrategias que durante años muchas lesbianas y mujeres asumieron para acceder a espacios vedados. Hoy quienes se transforman en Drag Kings representan las corporalidades masculinas para interpelar los mandatos del patriarcado y luchar contra la violencia machista en talleres educativos, obras de teatro, marchas y escenas de la vida cotidiana. Por Amanda Alma Fotos: Gentileza álbumes personales de las entrevistadas Muchas lesbianas apuestan, fuera de la escena artística, a representar las corporalidades masculinas para criticar los mandatos que impone el patriarcado. Son Drag Kings: artistas performáticas que suelen representar a personajes exageradamente masculinos, o imitar a famosos como Elvis Presley o James Dean. Parodian al macho superestrella y transforman las formas convencionales del sexismo y la misoginia en comedia. Retoman lo que en los años ´50 representaban las Drags Queens, varones caracterizados de mujeres, desde el grotesco y la ironía. Escenas clásicas del cine mostraron a mujeres caracterizadas como hombres. Marlene Dietrich, Barbra Streisand, o incluso Susana Giménez representaron a varones en algunas películas, a fin de mostrar los privilegios masculinos. Un bigote y una pequeña barba artificial, cambiar  la postura y el andar del cuerpo son algunas de las estrategias que adoptan las Drag Kings que transitan las calles en la vida cotidiana. Retoman en clave política técnicas del teatro para subvertir la clasificación tradicional de los cuerpos y desmontar el régimen heterosexual dominante.

“Jugar en el límite con el binarismo de género”

Ana Clara Benabente es docente en provincia de Buenos Aires y en la Ciudad de Buenos Aires. Da clases en el nivel medio, en escuelas privadas de la zona norte y en bachilleratos populares de adultos. Es una de las tantas maestras lesbianas visibles y defiende la educación pública. Hace dos años participó de un taller de Drags donde se caracterizó como varón y salió a la calle. Caminó entre los miedos, los prejuicios y la incomodidad que genera en la sociedad hererosexual el cuerpo no esperado. La experiencia, cuenta, fue “jugar en el límite con el binarismo de género, vivir otros movimientos corporales, otra imagen en el espejo”. Más allá de la “perfección” en la caracterización que Ana Clara logró, dice: “Atravesar lo cotidiano desde otra identidad, aunque sea momentánea, fue a la vez complicado y liberador”. Como resultado del impacto que provocó en su propio cuerpo, decidió replicar junto a un grupo de compañeras, un taller en el aula como herramienta para trabajar contenidos de la ESI, Educación Sexual Integral. La idea: desarmar las reglas de la “normalidad” heterosexual y “poner en jaque los límites identitarios”. A partir de relatos de la vida cotidiana, trabajan con los estereotipos y las características que se asocian a cada género. Con los roles que la sociedad impone a varones y a mujeres para garantizar la reproducción social. Pero la clave del Drag está en que la experiencia pase por el cuerpo, aprender a circular por el espacio. Es un desafío grande. Lo asumen en el marco del desmantelamiento de las políticas públicas de transversalidad, que la ley garantiza para los contenidos educativos en la ESI y que diversos sectores vienen denunciando.

Drag King, expresión artística y política

Vestirse con ropas de varón fue una de las estrategias que muchas lesbianas y mujeres asumieron para acceder a los privilegios masculinos a lo largo de la historia. El ingreso tardío al sistema formal educativo, así como el reconocimiento relativamente reciente del acceso a derechos que antes eran propiedad  de los varones, generó que muchas antepasadas acudieran al “dragueado” para burlar esos impedimentos. Pero el Drag King como expresión artístico/política surgió a fines de los años 80 en Europa y Estados Unidos, y generó múltiples reapropiaciones en el mundo. Hizo propias las formas en que irrumpieron las Drag Queens, artistas varones que se caracterizaban de divas de los años dorados de Hollywood. Puso el foco en los estereotipos de las masculinidades, para dejarlas al desnudo. Si bien la performance estaba apenas aceptada sobre las tablas, el desafío se profundizó cuando comenzaron a irrumpir en las calles y en la vida cotidiana.

Pioneras en escena

Marcela Díaz y Patricia Roncarolo son actrices y participaron del primer taller de Drag Kings en la Ciudad de Buenos Aires que dictó en 2004 Susana Cook, una actriz lesbiana argentina que vive en Estado Unidos desde fines de los 80. Cook transitó el under porteño en el Parakultural y desembarcó en el Bronx, donde se entrelazó a la cultura Drag que despuntaba en ese territorio. Con el cambio de siglo, y de paso por Argentina, convocó a un grupo de lesbianas feministas a vivir la experiencia de transformarse en los machos a quienes criticaban con dureza. Uno de los momentos de aquel taller, apunta Marcela, era aprender a moverse como un varón: “pelvis adelante, piernas abiertas, caminar ocupando espacio”. El impacto de esas clases fue tan fuerte que compusieron dos obras de teatro. Llevaron a escena los estereotipos masculinos en su máxima expresión.

Del playback a la denuncia de violencia machista

Lo más común al principio fue imitar a estrellas de la música, hacer playback. Marlon Brando o Sandro eran objetivos a imitar.  Pero la crítica política se coló a través de sus cuerpos. Marcela y Patricia caracterizaron a los machos del fútbol, la música, las novelas y la política. Sus obras -Estereotipos: Cosa de Machos y Estereotipos II: Propiedad Privada- denunciaron la violencia de género que en esos años previos a #NiUnaMenos, apenas se registraban como crimen pasional o violencia intrafamiliar. Le pusieron el cuerpo a escenas de femicidio y acoso callejero para mostrar: no era algo “natural”, eran expresiones acabadas del machismo. Fueron pioneras en subir al escenario con barba, bigote y traje para reírse del binarismo. Pero al intervenir en la calles, fuera de los códigos del teatro, sintieron el rigor de la mirada “normalizadora”.

Policías del sexo

Los hechos de violencia contra las lesbianas que se vivieron los últimos meses en la ciudad de Buenos Aires, reubican la calle como territorio de disciplinamiento y en disputa. En los arrestos arbitrarios y agresiones, se expresó el odio que desata en algunas personas la visibilidad de cuerpos desafiantes de la normalidad binaria.
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Para la militante lesbiana An Millet, la sociedad heteronormativa consolida una mirada que describe como “policía del sexo”. Con sus 27 años, circula por la calle porteñas desafiando lo esperable para su genitalidad. Asegura: “El dragueo es una forma de deconstruir el sistema heterosexual”. Pero su sentido cambia cuando se trata de un espacio de encuentro entre lesbianas. Ahí “funciona como disparador de cosas que nos pasan a nosotras y además sos testigxs de la construcción del cuerpo ajeno”. An integra el colectivo serigrafistas queers y la Asamblea Lésbica Permanente. Reivindica, junto a tantas de su generación, la posibilidad de “poner en jaque muchas lógicas de la disciplina, las estructuras de organización política y del binarismo de género viviendo el lesbianismo que yo elijo”. Se trata de “una cosmovisión que excede la crítica a la heterosexualidad”. Asegura: “Para cada lógica de la normalidad tenemos herramientas y estrategias que permiten producir otras formas de existencia”. Camina por la calle con su cuerpo inclasificable y recibe represalias, preguntas y cuestionamiento.

Incomodar es la tarea

 Marcela, Patricia, Ana Clara y An transitaron las calles porteñas en diferentes oportunidades y momentos caracterizadas en clave masculina. Las reacciones que percibieron ponen al descubierto la incomodidad que genera el desafío a las normas del género, en el ambiente artístico, la escuela o el quehacer cotidiano. Coinciden en que los cuerpos drageados expresan la variedad y diversidad del ser lesbianas. A la última Marcha del Orgullo, Ana Clara fue visiblemente femme, pero sumó una barba muy  verosímil. Ése gesto descolocó a cada persona que se cruzó en el camino antes de llegar a Plaza de Mayo: “Miraban dos veces para “chequear”, había un descentramiento que lxs descolocaba”.
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Con el incremento de los femicidios, Marcela y Patricia aseguran que las obras que escribieron hace siete años vuelven a tener vigencia. Advierten que para ellas, el cambio de gobierno afecta directamente los sentidos sociales que se venían construyendo de “respeto a la diversidad”. Por eso, dicen: “aún hoy hay mucha resistencia incluso entre lxs artistas a la inclusión de Drag Kings”. An admite que transitar la calle dragueada genera “por un lado reacciones horribles que te descolocan por la violencia que traen consigo”. Pero también “habilita a la pregunta, porque colabora a hacer propuestas ante el mundo, como un manifiesto de lo que cada unx construye de sí mismx.”
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