¿Qué nos pasa a las travestis y trans con el amor?

Uno de las primeros y más atormentadores miedos luego de mi transición a los 15 años se resumían en una pregunta: ¿Alguien me amará siendo así?

Por Violeta Alegre

Uno de las primeros y más atormentadores miedos luego de mi transición a los 15 años se resumían en una pregunta: ¿Alguien me amará siendo así? Ni siquiera podía definirme travesti-trans, no tenía idea de esos términos. Ya casi con 16 comenzaba a salir a bailar a las fiestas que organizaban las escuelas de mi barrio, la mayoría en salones a los que iba con alguna otra amiga que por algún motivo también la marginaban: porque era gorda, porque tenía los padres separados, porque la consideraban fea, etc. Yo, mariquita, la protegía a través de mis rarezas: plataformas altas, ropa negra, colores en el pelo, maquillaje.

A finales de  los 90 y en el conurbano bonaerense eso no era nada fácil, era un camino muy solitario donde inclusive las mariquitas gays con quienes me juntaba me ponían el limite: “todo bien con que vengas a mi casa, pero si venís, venite de pibe… por mis viejos viste…”. Algo así como:  todo bien con que seas marica, gay, freak, pero el limite era dejar de ser leído un pibe.  Y yo en ese entonces era una transgresión para el barrio, una abyección. Y, como todo lo abyecto, generaba un punto de fuga, un deseo amenazante.  

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Me hiper enamoraba de todxs menos de mí: de los amigos de mi hermano mayor que venían a casa, de compañeros de la escuela, de la caricia que me daba alguno mientras le hacia una felación, del beso reprimido que me daba algún joven en  un rincón, el mismo que luego me gritaría «puto» cuando estaba en barrita con los amigos y así…

El mundo entero comenzaba a decirme concretamente que el amor en términos de relaciones erótico-afectivas era solo para quienes más se adaptaban al binarismo, a la cis-sexualidad, a la heterosexualidad.

Por ese entonces sentía también que deconstruirme en la masculinidad que me imponían me ubicaba en la feminidad.  Y esa feminidad necesariamente la entendía como un devenir mujer y la mujer tenía un único modo de ser y estar. La mujer no tenía sombra de pelos en la cara, la mujer tenía que estar depilada, tener curvas moderadas, la mujer tenía que acostarse con hombres únicamente, la mujer y todos sus mandatos que son creados a imagen y semejanza por y para un otro, varón cis claro. 

Mi estética me “ayudaba” a pasar por niña-adolescente ya que era muy flaquita, tenía el cabello largo, facciones que son asignadas femeninas, etc. Eso me daban cierta garantía de “éxito” con las masculinidades, algunos me comenzaban a decir: “vos para mi sos una mujer”. Una se sentía logradísima.

A mis 18 años comencé a tener una amistad con Javier, de mi misma edad. A él le llamaba la atención esa femineidad freaky mía; a mí me erotizaba cada movimiento suyo. Era de esos morochos fornidos, un rostro inmaculado. Pasábamos noche enteras en mi habitación escuchando música y charlando. Me arreglaba bastante para el momento del encuentro, usaba unas bases que taparan la sombra de mi bozo justificándola en una posible exigencia heterosexual y binaria por parte de él. Pero a su vez decía abiertamente: “quien me quiera me tiene que querer por lo que soy, más allá de las huellas hormonales”. No obstante el mundo entero me seguía diciendo que esas huellas debían ser eliminadas para pertenecer, inclusive para ser aceptada en algún corazón porque sino… todo bien, pero amigos y clandestinamente. No sé muy bien cómo, sí dónde y cuándo nos enamoramos y comenzamos un “noviazgo” que duro 11 años. ¿Privilegio? Para ese entonces comenzaba a sospechar que sí. Hoy lo podría afirmar. 

«Que alguien se atreva a vivir con nosotras»

A Lohana Berkins le formularon la siguiente pregunta en una entrevista: ¿Qué querrías de la persona que te acompañara en la vida? A lo que Lohana respondió: “Primero, que alguien me amara sinceramente. Y que me amara, nos amara por lo que somos realmente, es un paso que creo que le falta dar a esta sociedad, que no seamos solo consumidas en la prostitución, sino que alguien se atreva a vivir con nosotras. Es muy difícil el amor y es un tema que nosotras tampoco nos hacemos mucho cargo de hablar. Primero a mí me gustaría alguien así, que se enamore y te haga sentir divina”. Escuchar esas palabras, ver su mirada al responderla, fue sin duda uno de los motores para pensar/me/nos desde los vínculos sexo-afectivos en parte de mi activismo. “Todo vinculo es político” y a partir de eso comenzar a incorporar el concepto de “agenda emocional”, ausente en la agenda de derechos y que repercute sin duda en un modo de ser y estar con lxs otrxs, en cómo somos vistas y sentidas por lxs otrxs.

En el caso del amor, podemos hoy decir con certezas y pruebas: “la heterosexualidad ha fracasado”, desde luego no solo reduciéndola a prácticas sexuales, sino ampliando el concepto a un modo de crear lazos, vínculos que organizan a una sociedad en términos erótico-afectivos, económicos, políticos y culturales. Y de esos modos rescato que al menos nosotrxs travestis y trans, los vimos desde afuera, desde el despoder absoluto.

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“Y no hablo de meterlo y sacarlo, y sacarlo y meterlo solamente, hablo de ternura compañero. Usted no sabe cómo cuesta encontrar el amor en estas condiciones usted no sabe…”, leía como intervención Pedro Lemebel en un acto político de la izquierda en septiembre de 1968.

Como también Lohana Berkins diciéndonos: “Las travestis somos el deseo ilícito de la derecha capitalista. ¿Cuándo seremos el deseo lícito de la izquierda revolucionaria?”

Querer y cobrar

Hablando con una amiga trans me decía: “los tipos son un asco nena, yo opté por sacarles dinero nomás ¿qué otra cosa nos pueden brindar a nosotras?” Eso me llevo a profundizar un poco más que la postura que pone a las sujetas en “trabajadoras sexuales” o “en situación de prostitución”. No se trata de intercambio económico solamente compañerxs, en los vínculos que establecemos con clientes o prostituyentes muchas veces hay cariño, caricias, miradas, abrazos, enamoramientos, confesiones, soledades compartidas. Esto no quiere decir de que a una cis mujer no le pueda ocurrir lo mismo pero, a diferencia de nosotras, las manifestaciones afectivas no se dan en el espacio publico.

La figura del “garrón”  -ése al que no se le cobra- muchas veces está vinculada a ello. Y no se le cobra porque nos gusta, porque nos hace un poquito mejor que el resto o inclusive puede despertar alguna ilusión vincular que trascienda de las cuatro paredes.

Nuevas formas de vincularnos

Están también los vínculos que se establecen por fuera del trabajo sexual o la situación de prostitución, ésos que conocemos en una asamblea, que están deconstruyendo sus masculinidades hegemónicas y parecen mucho más empáticos.

Somos las últimas de la fila para ser amadas, siempre las últimas de la fila en casi todo, pero también en ese aprendizaje nos vamos acercando a nuevos modos de vincularnos con otrxs, ya no solo varones cis-heteros, sino también otrxs trans, lesbianas, maricas, en ese sentido estamos mas avivadas que lxs cis-heterosexuales que insisten e insisten en “no abrir”.

 Nosotras no tenemos tampoco tantas experiencias para dar cátedra, pero sí para ver desde afuera cómo reproducen violencias históricas, muertes en nombre de un único modelo de amor (que no es amor). Y no estamos superadas de todo ello, también necesitamos que nos lleven de la mano por el espacio público, que nos besen, nos abracen, nos cuiden y si esa hetero-cis-sexualidad nos sigue negando en algunos espacios, se los regalamos; encontraremos nuevas estrategias de supervivencia al desamor, estamos acostumbradas desde niñas. Y si aparece, nada de San Valentín católico. Queremos Valentía… que eso nos hará más revolucionarixs.  

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