“Hay que pedirle a la televisión que cuente la diversidad”

Actriz desde hace dos décadas, Marina Castillo Blanco hizo un camino que fue desde el periodismo a la actuación y del teatro off al prime time de la televisión argentina. Nacida en Algarrobo, un pueblo de apenas dos mil habitantes de la provincia de Buenos Aires, fue en ese mismo recorrido en el que descubrió su identidad sexual.

Actriz desde hace dos décadas, Marina Castillo Blanco hizo un camino que fue desde el periodismo a la actuación y del teatro off al prime time de la televisión argentina. Nacida en Algarrobo, un pueblo de apenas dos mil habitantes de la provincia de Buenos Aires, fue en ese mismo recorrido en el que descubrió su orientación sexual e identidad. Por Paula Bistagnino  Como Inés, esa carpintera de un pueblo que escribió e interpreta en su unipersonal Un clavo en el corazón, Marina Castillo Blanco tuvo que romper con mandatos y expectativas sociales para construirse a sí misma. Nacida en Algarrobo, un pueblo cercano a Bahía Blanca que entonces tenía 2 mil habitantes, no fue hasta los 18 años, cuando se mudó a La Plata a estudiar Periodismo que descubrió que su vocación era ser actriz. Y también en ese tránsito se descubrió lesbiana. Formada con Cristina Banegas y Norman y Mariana Briski en Buenos Aires, y con Erik De Bont en España, su recorrido en el teatro tiene el sello del off porteño: hizo más de 10 obras, entre otras Lo sé todo, Cómicas, Las lágrimas que me tragué, Animales y Un clavo en el corazón -las últimas tres, participando no sólo como actriz sino también como dramaturga-. En 2008 empezó a trabajar en televisión con sketches y personajes cómicos en programas de humor y en 2016 alcanzó popularidad con el personaje de Perla, en Educando a Nina. Este año es parte de la tira Fanny La Fan, en Telefé, donde interpreta a Marilyn.

-Tuviste un descubrimiento tardío de la vocación y de la identidad sexual… ¿Tuvieron que ver?

-Claramente tuvo que ver una cosa con la otra. De chica siempre actuaba pero a los 18 o 19 empecé teatro en La Plata y tenía un director con una cabeza muy abierta y muy jugada en su forma de enseñar, en los ejercicios que nos hacía hacer… Eso, para mí que venía de un pueblo fue un descubrimiento. También mis compañeros, que venían de distintos lugares. Esa diversidad, no sólo sexual, hizo que mi cabeza se abriera para entender otras historias, otras maneras de ver, otras formas de vivir. El teatro tuvo mucho que ver con poder decirlo pero también con poder verlo, con darme cuenta, hacerme cargo…

-¿No fue que tuviste que salir del pueblo para poder salir del clóset?

-De alguna manera la salida del pueblo y el teatro fueron parte de eso. Pero no es que yo allá estaba sufriendo… Antes no me había dado cuenta. Vivía en un pueblo en el que la homosexualidad no existía. Quiero decir: no existía en el sentido de que se viera o se hablara. Ni siquiera lo había pensado antes. Y el arte me dio libertad. Esa y mucha otra libertad. Empecé ese proceso en el que descubrí todo junto y fue recién a los 21 o 22 años cuando dije, sentí, supe: soy lesbiana.

-“Un clavo…” cuenta una historia de amor heterosexual pero en la que se cuela una abuela torta. ¿Está siempre presente la identidad a la hora de crear?

-Hay una mirada ahí. Un clavo en el corazón tiene dos temas básicos: uno es la historia de amor y la otra es el mandato familiar y la vocación. Y esta mujer Inés, la carpintera, está muy influenciada por su mamá y su abuela, y la mamá por su mamá y su abuela, y la abuela igual, y así. Y un poco lo que quisimos contar con la abuela gay es que aun cuando todo parece así de cerrado es que siempre hay en la familia alguien que escapa a ese mandato que se intenta imponer, alguien que puede ayudarnos a romper con esas estructuras, o que se animó a hacerlo. Hay un linaje de mujeres fuertes, un papel secundario de los varones, casi ausentes. No es una bajada lineal pero claro que hay una mirada en la que estoy yo, que soy co-autora con Ezequiel Matzkin, el director.

-La temática LGBTI aparece cada vez más, pero siempre desde una construcción estereotipada. ¿No hay otro lugar para la diversidad?

-No hay mucho. No veo mucho lugar donde se cuente el mundo gay de una manera sencilla y sin ponerlos en estereotipos. Hace unos pocos años que se está haciendo y mostrando. Yo vengo trabajando en las series de Underground y creo que ellos abrieron ese camino y lo están haciendo distinto. De hecho, ahora en Fanny La Fan hay una chica trans (Julieta Díaz) y una lesbiana (Verónica Llinás). Y creo que está bueno que se puedan contar historias de amor desde todos los lugares, diversas. Creo que son ellos los que abren más ese juego hoy en la televisión argentina.

-Casi toda la construcción de lo LGTBI en la tele es desde una mirada del varón heterosexual: sea el gay amanerado al que le gusta el color fucsia o las lesbianas para la fantasía de ellos. ¿Tenemos que señalarle eso a la tele y pedirle otra cosa?

-Sí, tenemos que pedirle eso y mucho más: la televisión es tan poderosa, crea tanto imaginario social que no se puede renunciar a que la diversidad llegue con todo ahí. Que se cuenten más historias, todas las historias, y con el mismo protagonismo. Estamos en eso: hasta hace muy poco no había nada de nada y aún se está abriendo y aún hay estereotipos. Todo eso es cierto, pero por eso hay que seguir pidiéndole y también apoyar y celebrar a los productores que se arriesgan a abrir el camino.  

Un clavo en el corazón, todos los sábados de julio a las 21 en La Gloria Espacio Teatral (Yatay 890 / Tel: 1135274420)

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